NO ES LA PRIMERA VEZ QUE se intenta sentar a Dios en el banquillo de los acusados. La nueva teodicea comparte con la antigua el cargo que se le hace al sospechoso: la maldad del mundo desmiente o la bondad o la omnipotencia de Dios. Glucksmann no obstante acierta al marcar la novedad de este nuevo proceso. Ahora Dios no es llamado a comparecer por los intelectuales, toda Europa se levanta como fiscal en este caso. Las pruebas son dos guerras mundiales y sobre todo la multitud de víctimas de los holocaustos y genocidios de todo tipo. Sobra decir que no es fácil emitir un veredicto de tan complejo estado de cosas. Por aquí es por donde hace aguas este ensayo. Si se ha hecho comparecer a Dios -y el autor lo ha hecho- la sentencia no puede ignorar su existencia y proponer construir la civilización asumiendo el riesgo de vivir con un Dios ausente. Hay que superar el shock que producen las frases impactantes y seguir avanzando en medio de todas las contradicciones hasta que la verdad estalle como la aurora. Dios ha muerto, pero si no ha resucitado vana es nuestra fe.