Número 31, abril 2002

Adela Cortina
Editorial Trotta

LLEGA UN MOMENTO EN LA HISTORIA de la política que uno puede echar un vistazo atrás y juzgar con cierto acierto el curso de los acontecimientos civiles. Si Tocqueville se quedaba de piedra en 1830 cuando se paseaba por las ciudades norteamericanas y veía que los americanos eran los especialistas del arte asociativo, vamos, que había asociaciones intelectuales y morales hasta debajo de las piedras, ahora se encontraría con la amarga sorpresa de que el nivel de asociacionismo en Norteamérica, y por ende también en nuestro continente, ha descendido hasta extremos desproporcionados. Los ejemplos más fútiles son siempre los más adecuados. En EEUU han disminuido en los últimos años las ligas de bolos en un 40%, y se ha incrementado el número de jugadores de bolos. Es decir, nos encontramos a nivel social, enfangados en un individualismo que nace de la falta de propuestas que surjan de esas comunidades de comunidades que son las familias, las comunidades vecinales, las comunidades religiosas, las asociaciones profesionales y laborales, etc.

El libro de Adela Cortina es una lúcida introspección por los manglares de la política y una apuesta clara por la necesidad de la preservación del capital social. En su libro nos propone una estricta delimitación entre los contratos políticos, contratos que nacen muchos de ellos a partir de la desconfianza entre las partes, del desinterés a la hora de llevar a cabo lo que se promete, etc. (no hay más que ver las mínimas consecuencias que tienen las cumbres tipo Monterrey) y las alianzas, que aluden... a otra cosa: al reconocimiento mutuo, a la plena disposición, a la fidelidad, etc. La labor arqueológica de la Cortina para hablarnos del contrato llega hasta el Leviatán (1651) de Hobbes, en el que se nos dice que la comunidad política no se forma de manera natural sino artificialmente, a través de un contrato motivado por el temor a que los hombres, que son rapaces por naturaleza, se pasen en su depredación mutua. En cambio, para hablarnos de la alianza se remonta hasta el libro del Génesis, en cuyo relato se nos muestra que en el principio fue el reconocimiento mutuo entre el hombre y la mujer, partes que toman conciencia de la identidad humana. Por eso, la catedrática de la Universidad de Valencia apuesta por una política de alianzas entre los grandes de la política. "El primero de los presupuestos - comenta - para que un pacto tenga sentido es el de reconocer como un deber moral que hay que cumplir los pactos. Y este deber no es propio del derecho positivo, sino un presupuesto moral o religioso del derecho positivo". De ahí que sea urgente el reconocimiento de las raíces cristianas de nuestro continente y su puesta por escrito en la Constitución europea ya que, sin sus principios y consecuencias, la política queda a merced de intereses.

Dora Rivas