Número 31, abril 2002

Rafael de los Ríos
Editorial Rialp

    TENEMOS ENTRE MANOS la biografía del fundador de la logoterapia, Víctor Frankl. Rafael de los Ríos ha puesto voz al creador de la psicología abierta a la trascendencia (la tercera escuela de Viena tras Freud y Adler), en una obrita que no excede de las 150 páginas y que se lee en una noche de calorcillo primaveral. Si para Freud la motivación primaria del ser humano era el instinto del placer y para Adler el instinto del poder, Frankl apunta como piedra angular del ser humano la voluntad de encontrar un sentido para la vida. Y no se encerró en su habitación para desarrollar su teoría, entre paredes repletas de cuadros de época, sino que padeció la sinrazón nazi en el campo de concentración de Auschwitz y allí, entre tanto desconsuelo y brotes de desesperanza, fue donde puso carne a su logoterapia.

    El gran reto que proponía a sus compañeros de barracón era que le contaran la razón para no lanzarse contra el alambre electrificado del campo. Las respuestas eran prácticamente unánimes: sus mujeres. Por primera vez en su vida, Frankl comprendía esa verdad que tanto proclamaban a los cuatro vientos los poetas y cantantes, que la salvación de la persona está en el amor, y que incluso el amor trasciende a la persona física del ser amado, porque muchos de los compañeros de campo no tenían la más mínima seguridad de que sus mujeres estuvieran con vida. Y ahí es donde el psiquiatra judío hablaba de la inalterabilidad de la fuerza del amor. En palabras del Cantar de los Cantares: "ponme como sello sobre tu corazón... pues fuerte es el amor como la muerte".

    Frankl, frente a Freud, constataba que no sólo hay en el hombre un inconsciente instintivo, sino también un inconsciente espiritual, que no sólo hay una sexualidad inconsciente, sino también una religiosidad inconsciente. Porque muchas veces no sólo se reprimen los instintos, también se reprime a Dios. "Como psiquiatra - comenta en La presencia ignorada de Dios - pienso que en todas las personas existe un cierto sentido religioso, aunque soterrado o reprimido en el inconsciente. Esta presencia de Dios en el inconsciente es la que se debe sacar al exterior de la conciencia para encontrar un sentido a la vida". La mejor definición que tuvo de Dios fue la que hizo con 14 años cuando dijo que era el interlocutor de nuestros diálogos más íntimos. Eso significa que cuando uno piensa en su soledad, y en la máxima sinceridad consigo mismo, se lo está diciendo a Dios. "Esta definición de Dios - dice en su Autobiografía - burla la definición entre personas ateas y personas con fe: porque la diferencia entre ellas surge únicamente después, cuando los que no tienen fe insisten en que sus soliloquios son sólo diálogos consigo mismos, mientras que quienes tienen fe interpretan los suyos como auténticos diálogos con Alguien distinto de ellos mismos".

Alejandro Llano
Editorial Ariel

    ¡Qué peligrosos son los libros deautoyuda! Muchos son la patraña de las patrañas, y le dejan a uno con una desorientación mayor que la que tenía al proponerse leer el libro. Con La vida lograda tenemos la suerte de contar con un profesor de Antropología y Filosofía que ha hecho un trabajo serio y exhaustivo. Uno de los vértices de la obra radica en la propuesta de una vida virtuosa, que dicho así suena a pamplina, pero es el punto neurálgico de una propuesta verdaderamente sólida que no se escabulla en relativismos y soluciones de paso. Con el ejercicio de la virtud caben las certezas y no las preferencias arbitrarias de cada uno. "Es la huida del viernes por la noche - comenta el autor en su libro - en la que el placer, la dispersión, la apariencia y el simulacro hurtan el cuerpo a todo lo que pueda suponer un choque con la realidad (...), pero la virtud es el crecimiento en el ser que acontece cuando, en mi actuación, amo la verdad y actúo en consecuencia. La virtud es la ganancia en libertad que obtengo cuando ordeno toda mi vida hacia la verdad. La virtud es el rastro que deja en mí la tensión hacia la verdad como ganancia antropológica, es decir, como mi perfección en cuanto persona". Sin embargo, el mismo autor es consciente de que la práctica de las virtudes no es el fin último de la propia vida, ni tampoco un simple medio, pero posee las características de un proceso de perfeccionamiento que dura toda la vida hacia la meta, que es el pleno amor.