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El pianista del gueto de Varsovia, documento de una gran casualidad
Las tres obras muestran el deseo irrenunciable, inextinguible e infinito de libertad. Es la libertad de Victor Strum en Vida y destino que pone en peligro su prestigio, su carrera, su vida por afirmar la verdad que ha descubierto, ante la alegría de la novedad de su descubrimiento ningún miedo se interpone. O es el deseo de Iván por descubrir su valor en el amor por las cuatro cosas insignificantes, casi despreciables, que le quedan y en las que se ve su estima por el mundo y el respeto conmovido por sí mismo, por su propia vida (un trozo de pan o un retal son sus tesoros). Y es también la libertad de un gesto aparentemente pequeño, en el océano de mal que se describe, como el que relata El pianista del gueto de Varsovia. Un gesto que permite salvar una vida, entre un millón. Un gesto que es indicio de lo que decía Kafka: "la lógica de la ley es indestructible pero no resiste ante un hombre libre".
Las monstruosidades y barbaridades que se cuentan en la primera parte, es decir, en el diario del pianista, son probablemente soportables sólo por la sobriedad de quien cuenta y por el asombro de este narrador y protagonista respecto a lo que le va sucediendo. No se nos dan detalles, todo lo contrario, el narrador que relata desde dentro lo que sucedió en Varsovia durante estos años, parece buscar denodadamente un tono discreto, frío ante horrores difíciles de imaginar. Además, como lectores, hallamos el descanso de encontrar que la historia personal de quien cuenta está, de una manera casi increíble, entreverada por una serie de casualidades que lo libran de la muerte en sucesivas ocasiones; la primera vez se libra durante una redada nocturna: "Me volví de nuevo hacia la pared. La situación no había cambiado. Nuestro padre lloraba, Henryk trataba de calmarlo y los policías seguían apuntándonos con sus armas. No podíamos verlos porque estaban detrás del muro de luz blanca (...) Uno de los policías se colocó delante de mí, me agarró por el cuello del abrigo y me zarandeó en un arrebato de mal genio (...) -¡Marchaos!" Más casual aún parece la segunda ocasión, cuando el músico polaco se dirige hacia uno de los trenes de la muerte, cuenta lo siguiente: "Estábamos hacia la mitad del tren cuando, de repente, oí a alguien gritar: -¡Aquí, Szpilman! ¡Aquí! Una mano me agarró por el cuello y tiró de mí hacia atrás, fuera del cordón de policía. ¿Quién se atrevía a hacer algo así? No quería que me separaran de mi familia. ¡Quería estar con ellos! Lo que veía ahora eran apretadas hileras de policías de espaldas. Me lancé contra ellas, pero no se abrieron. Entre las cabezas de los policías pude ver a nuestra madre y a Regina que, ayudadas por Halina y Henrik, se encaramaban a los vagones, mientras nuestro padre me buscaba con los ojos. -¡Papá!-grité. Me vio y dio unos pasos en dirección a mí. Pero entonces vaciló y se detuvo. Estaba pálido y le temblaban los labios. Esbozó una dolorida sonrisa de impotencia, levantó la mano y me dijo adiós con ella, como si yo estuviera colocado en el lado de la vida y él me saludara ya desde la tumba". No son las únicas ocasiones, a partir de este momento, en que salva la vida y, al mismo tiempo, pierde a uno de su familia. Se pueden contar más de una docena de casualidades por las que se libra de la muerte. Por la protección de un albañil polaco, porque casi al azar consigue un número de trabajador judío al servicio de los alemanes, porque se tuerce un tobillo, gracias a la borrachera de uno de los oficiales alemanes en la víspera de año nuevo, incluso cuando está agotado de huir, decide quedarse en un refugio poco seguro, de esta manera casi aguardando la muerte segura, vuelve a salvarse... Llegará a tomarse un veneno para evitar la agonía de ser quemado vivo y tampoco en esta ocasión lo logrará: "No estaba muerto. Después de todo, las tabletas no habían sido lo bastante fuertes (...) Mi primera reacción emocional no fue de decepción por no haber muerto, sino de alegría por seguir vivo. Una codicia ilimitada, bestial, por vivir a toda costa".
Sin lugar a dudas esta misma pregunta se transparenta en el segundo documento. El capitán Hosenfeld, desde las primeras frases de su diario y con extraordinaria lucidez, reflexiona por el infierno en la tierra que está creando el nazismo y se atreve a ensayar una hipótesis: la espiral de mal procede de una sociedad construida sin Dios y constata dos consecuencias que nacen de esta raíz: la primera el odio a lo diferente - a los judíos - y la segunda el intento por aniquilar la libertad. Pero lo más sorprendente es que no se queda fuera de este juicio sino que comprende que las fuerzas que mueven la historia son las mismas que mueven el corazón del hombre: "El mal y la brutalidad están al acecho en el corazón humano. Si se les permite desarrollarse libremente, prosperan y echan terribles retoños, ideas como las que son necesarias para asesinar así a los judíos y los polacos (...) Qué cobardes somos: pensamos que estamos por encima de todo esto pero dejamos que ocurra". Pero la conciencia y la mentalidad crítica no se queda en pensamiento, sus palabras se hacen gesto, salvar a un judío, podría decirse que parece poca cosa en comparación con los casi tres millones de polacos que mataron los nazis en aquellos años según los cómputos más recientes. Ciertamente se debería haber evitado esta masacre pero la vida de Szpilman es el signo de una gran casualidad, esa gran casualidad que siempre necesita manos para actuar en la historia, sin esas manos la historia queda siempre a merced o bien del cinismo desesperado o de la utopía violenta. Y es además la constatación de que esta gran casualidad necesitó de la libertad de un hombre. FE DE ERRATAS: El autor del artículo del número pasado sobre Victor Hugo es Roberto de la Cruz, no Guadalupe Arbona. |
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Las fuerzas que mueven la historia son las mismas que mueven el corazón del hombre "6 de julio de 1943 ¿Por qué permite Dios esta terrible guerra con sus espantosos sacrificios humanos? Pensemos en los aterradores ataques aéreos, el tremendo miedo de la población civil, el inhumano trabajo de los prisioneros en los campos de concentración, el asesinato de cientos de miles de judíos por los alemanes. ¿Es culpa de Dios? ¿Por qué no interviene, por qué permite que ocurra todo esto? Podemos plantear tales preguntas pero no obtendremos respuesta. Estamos dispuestos a culpar a otros, pero no a nosotros mismos. Dios permite que se haga presente el mal porque la humanidad se ha sumado a él, y ahora estamos comenzando la carga de nuestro propio mal y nuestras imperfecciones. Cuando los nazis llegaron al poder no hicimos nada para detenerlos, traicionamos nuestros ideales. Los ideales de la libertad personal, democrática y religiosa. Los trabajadores estuvieron de acuerdo con los nazis, la Iglesia se limitó a observar, las clases medias fueron demasiado cobardes para actuar y lo mismo ocurrió con los intelectuales. Permitimos que se abolieran los sindicatos, se reprimieran las confesiones religiosas, no hubiera libertad de expresión en la prensa ni en la radio. Por último, dejamos que nos llevaran a la guerra. Nos avinimos a que Alemania careciera de representantes democráticos y nos conformamos con unos fantoches que en realidad no tienen ni voz ni voto, y ahora todos hemos de asumir las consecuencias" Del Diario del capitán alemán Wilm Hosenfeld |