Número 31, abril 2002

El pianista del gueto de Varsovia, documento de una gran casualidad

Ha tenido que pasar medio siglo para que en Europa se haya publicado el diario del pianista polaco Wladyslaw Szpilman donde se recogen las notas y los apuntes de lo que fue el gueto de la capital polaca. El pianista del gueto de Varsovia ha sido un best-seller en toda Europa y fue considerado uno de los mejores libros de 1999 en EEUU. Es una pena que en España haya pasado inadvertido a pesar de la cuidada edición de la editorial Turpial Amaranto. Probablemente en este inicio de milenio se toma conciencia de la necesidad de un nuevo comienzo para la cansada Europa, así como el deseo de mirar hacia atrás para no volver a cometer los mismos errores. Esta obra junto con Vida y destino de Vassili Grossman y Un día en la vida de Iván Denisovich de Alexander Solzhenitsyn son libros fundamentales para quien haya vivido en el siglo XX e inicie su andadura por el XXI. No se trata de una recomendación libresca más con ciertos tonos terribles de todas aquellas cosas que querríamos olvidar, el genocidio nazi, el stalinismo... y que casi no nos atrevemos a mirar porque a cualquier europeo le producen mucho más que vergüenza, un dolor profundo. La recuperación de estos libros y su recomendación nace de la convicción de que las fuerzas que mueven la historia son las mismas que mueven el corazón del hombre. Y estos tres libros muestran por un lado la monstruosidad del mal de la que es capaz el hombre que no acepta al otro, llámese este otro, judío, aristócrata o cristiano, pero por otro el permanente anhelo de libertad que constituye a la criatura humana, como se dice en El pianista ... "Aquí hay por todas partes miedo y terror declarados, empleo de la fuerza, detenciones. Todos los días se apresa a gente para fusilarla. La vida de un ser humano, por no hablar de su libertad personal, carece de importancia. Pero el amor a la libertad es innato a todos los seres humanos y a todas las naciones y no se puede reprimir por mucho tiempo. La historia nos enseña que la tiranía nunca ha perdurado".

Las tres obras muestran el deseo irrenunciable, inextinguible e infinito de libertad. Es la libertad de Victor Strum en Vida y destino que pone en peligro su prestigio, su carrera, su vida por afirmar la verdad que ha descubierto, ante la alegría de la novedad de su descubrimiento ningún miedo se interpone. O es el deseo de Iván por descubrir su valor en el amor por las cuatro cosas insignificantes, casi despreciables, que le quedan y en las que se ve su estima por el mundo y el respeto conmovido por sí mismo, por su propia vida (un trozo de pan o un retal son sus tesoros). Y es también la libertad de un gesto aparentemente pequeño, en el océano de mal que se describe, como el que relata El pianista del gueto de Varsovia. Un gesto que permite salvar una vida, entre un millón. Un gesto que es indicio de lo que decía Kafka: "la lógica de la ley es indestructible pero no resiste ante un hombre libre".

El pianista del gueto de Varsovia es un texto que consta de tres documentos distintos. En primer lugar se reproduce el diario de Szpilman, a través de sus páginas descubrimos el día a día de la construcción del gueto y los intentos de supervivencia del protagonista y su familia. El tono es el de una fría descripción de sucesos. El segundo texto reproduce extractos de un segundo diario, el del capitán Wilm Hosenfeld, parte de enero de 1942 y termina en agosto de 1944, Hosenfeld pertenece al ejército alemán y más que describir la invasión de Polonia y la construcción del gueto, nos va dando los juicios críticos sobre el totalitarismo nazi y la responsabilidad connivente de todo su pueblo. La unidad entre estos dos personajes cuyos diarios se reproducen sólo la sabremos al final. E incluso llegaremos a tener más noticias a través de la nota explicativa de Wolf Biermann en lo que llama epílogo.

Las monstruosidades y barbaridades que se cuentan en la primera parte, es decir, en el diario del pianista, son probablemente soportables sólo por la sobriedad de quien cuenta y por el asombro de este narrador y protagonista respecto a lo que le va sucediendo. No se nos dan detalles, todo lo contrario, el narrador que relata desde dentro lo que sucedió en Varsovia durante estos años, parece buscar denodadamente un tono discreto, frío ante horrores difíciles de imaginar. Además, como lectores, hallamos el descanso de encontrar que la historia personal de quien cuenta está, de una manera casi increíble, entreverada por una serie de casualidades que lo libran de la muerte en sucesivas ocasiones; la primera vez se libra durante una redada nocturna:

"Me volví de nuevo hacia la pared. La situación no había cambiado. Nuestro padre lloraba, Henryk trataba de calmarlo y los policías seguían apuntándonos con sus armas. No podíamos verlos porque estaban detrás del muro de luz blanca (...) Uno de los policías se colocó delante de mí, me agarró por el cuello del abrigo y me zarandeó en un arrebato de mal genio (...) -¡Marchaos!"

Más casual aún parece la segunda ocasión, cuando el músico polaco se dirige hacia uno de los trenes de la muerte, cuenta lo siguiente:

"Estábamos hacia la mitad del tren cuando, de repente, oí a alguien gritar:

-¡Aquí, Szpilman! ¡Aquí! Una mano me agarró por el cuello y tiró de mí hacia atrás, fuera del cordón de policía.

¿Quién se atrevía a hacer algo así? No quería que me separaran de mi familia. ¡Quería estar con ellos!

Lo que veía ahora eran apretadas hileras de policías de espaldas. Me lancé contra ellas, pero no se abrieron. Entre las cabezas de los policías pude ver a nuestra madre y a Regina que, ayudadas por Halina y Henrik, se encaramaban a los vagones, mientras nuestro padre me buscaba con los ojos.

-¡Papá!-grité.

Me vio y dio unos pasos en dirección a mí. Pero entonces vaciló y se detuvo. Estaba pálido y le temblaban los labios. Esbozó una dolorida sonrisa de impotencia, levantó la mano y me dijo adiós con ella, como si yo estuviera colocado en el lado de la vida y él me saludara ya desde la tumba".

No son las únicas ocasiones, a partir de este momento, en que salva la vida y, al mismo tiempo, pierde a uno de su familia. Se pueden contar más de una docena de casualidades por las que se libra de la muerte. Por la protección de un albañil polaco, porque casi al azar consigue un número de trabajador judío al servicio de los alemanes, porque se tuerce un tobillo, gracias a la borrachera de uno de los oficiales alemanes en la víspera de año nuevo, incluso cuando está agotado de huir, decide quedarse en un refugio poco seguro, de esta manera casi aguardando la muerte segura, vuelve a salvarse... Llegará a tomarse un veneno para evitar la agonía de ser quemado vivo y tampoco en esta ocasión lo logrará: "No estaba muerto. Después de todo, las tabletas no habían sido lo bastante fuertes (...) Mi primera reacción emocional no fue de decepción por no haber muerto, sino de alegría por seguir vivo. Una codicia ilimitada, bestial, por vivir a toda costa".

Pues bien, todas estas casualidades desembocarán en la final que se convierte en la gran casualidad, el capitán Hosenfeld ayuda a permanecer escondido a Szpilman en el canalón de una casa, además de proporcionarle ropa de abrigo y comida para resistir el final. Cuando tras este gesto sale de su escondite, lleno de tristeza escribe: "Me paré a descansar un poco para recuperar el aliento. Miré hacia el norte de la ciudad, donde había estado el gueto, donde habían sido asesinados medio millón de judíos: no quedaba nada de él. Los alemanes habían aplanado hasta los muros de los edificios destruidos por el fuego. Al día siguiente debía comenzar mi nueva vida. ¿Cómo iba a hacerlo si detrás de mí no había nada excepto muerte? ¿Qué energía vital podría extraer de la muerte?". Son estas algunas de las pocas reflexiones del pianista.

Sin lugar a dudas esta misma pregunta se transparenta en el segundo documento. El capitán Hosenfeld, desde las primeras frases de su diario y con extraordinaria lucidez, reflexiona por el infierno en la tierra que está creando el nazismo y se atreve a ensayar una hipótesis: la espiral de mal procede de una sociedad construida sin Dios y constata dos consecuencias que nacen de esta raíz: la primera el odio a lo diferente - a los judíos - y la segunda el intento por aniquilar la libertad. Pero lo más sorprendente es que no se queda fuera de este juicio sino que comprende que las fuerzas que mueven la historia son las mismas que mueven el corazón del hombre: "El mal y la brutalidad están al acecho en el corazón humano. Si se les permite desarrollarse libremente, prosperan y echan terribles retoños, ideas como las que son necesarias para asesinar así a los judíos y los polacos (...) Qué cobardes somos: pensamos que estamos por encima de todo esto pero dejamos que ocurra". Pero la conciencia y la mentalidad crítica no se queda en pensamiento, sus palabras se hacen gesto, salvar a un judío, podría decirse que parece poca cosa en comparación con los casi tres millones de polacos que mataron los nazis en aquellos años según los cómputos más recientes. Ciertamente se debería haber evitado esta masacre pero la vida de Szpilman es el signo de una gran casualidad, esa gran casualidad que siempre necesita manos para actuar en la historia, sin esas manos la historia queda siempre a merced o bien del cinismo desesperado o de la utopía violenta. Y es además la constatación de que esta gran casualidad necesitó de la libertad de un hombre.

FE DE ERRATAS: El autor del artículo del número pasado sobre Victor Hugo es Roberto de la Cruz, no Guadalupe Arbona.


Las fuerzas que mueven la historia son las mismas que mueven el corazón del hombre

"6 de julio de 1943

¿Por qué permite Dios esta terrible guerra con sus espantosos sacrificios humanos? Pensemos en los aterradores ataques aéreos, el tremendo miedo de la población civil, el inhumano trabajo de los prisioneros en los campos de concentración, el asesinato de cientos de miles de judíos por los alemanes. ¿Es culpa de Dios? ¿Por qué no interviene, por qué permite que ocurra todo esto? Podemos plantear tales preguntas pero no obtendremos respuesta. Estamos dispuestos a culpar a otros, pero no a nosotros mismos. Dios permite que se haga presente el mal porque la humanidad se ha sumado a él, y ahora estamos comenzando la carga de nuestro propio mal y nuestras imperfecciones. Cuando los nazis llegaron al poder no hicimos nada para detenerlos, traicionamos nuestros ideales. Los ideales de la libertad personal, democrática y religiosa.

Los trabajadores estuvieron de acuerdo con los nazis, la Iglesia se limitó a observar, las clases medias fueron demasiado cobardes para actuar y lo mismo ocurrió con los intelectuales. Permitimos que se abolieran los sindicatos, se reprimieran las confesiones religiosas, no hubiera libertad de expresión en la prensa ni en la radio. Por último, dejamos que nos llevaran a la guerra. Nos avinimos a que Alemania careciera de representantes democráticos y nos conformamos con unos fantoches que en realidad no tienen ni voz ni voto, y ahora todos hemos de asumir las consecuencias"

Del Diario del capitán alemán Wilm Hosenfeld