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Parece, más bien, que hoy gran parte de nuestra realidad tiende al desorden, a la descolocación. Vemos en muchas ocasiones que lo más llamativo, lo que más impacto causa, es lo más atrevido, lo más osado, lo que supuestamente rompe moldes con un pasado que se considera caduco, trasnochado. La norma es que no haya norma, la regla es que no existan reglas. Algunos comportamientos se fundamentan sobre la idea de que no se puede exigir un control sobre las actitudes, que no se debe imponer restricción alguna a la soberana libertad de los individuos. Se suele aducir que la expresión máxima de la autonomía del ser humano consiste en no admitir criterios o referentes objetivos sobre los que contrastar las acciones, lo cual no deja de constituir un cierto dogmatismo de signo distinto al que se pretende combatir. Si se analiza esta situación con algo de detalle, aflora en ella un componente de caos, un cierto aire de desequilibrio entre fines y medios, con los que se trastoca el orden y la colocación que nacen del mero sentido común. En el fondo, se trasluce una sensación de vacío personal, de ausencia de proyecto vital, perfilando un déficit de valores a los que agarrarse cuando la nave se ve envuelta en tiempos de tormenta, bajo el amparo de una radical autonomía de la voluntad personal.
Muchos, además, aprovechando circunstancias muy recientes, se atreven a lanzar mensajes contra las creencias religiosas, afirmando que una sociedad como la actual tiene que construirse únicamente con valores laicos, dejando a la intimidad de las conciencias la experiencia de la fe. Y lo cierto es que, a veces, los creyentes dan ocasión para que se construya tal tipo de discurso. Los cristianos, que viven en un aquí y un ahora concretos su dimensión histórica y temporal, tampoco están libres de esa tentación de invertir el orden natural de las cosas. El ambiente desordenado de nuestra sociedad trata de infiltrarse por los resquicios que ofrece la fragilidad de la condición humana del cristiano y abrirse paso en el interior de la propia iglesia. Pero los cristianos saben que la tentación es una oportunidad para la resistencia activa, una ocasión para hacer presente la gracia que salva e impide el hundimiento de la persona. Sólo hay que reconocer, con humildad, que cada uno, por sí mismo, nada puede si no confía en Aquel que tiene palabras de vida eterna. Por eso, conviene reivindicar, a pesar de la contingencia personal, la esencia de santidad de la Iglesia y su papel de luz y guía que ilumina la condición humana, situando a cada hombre ante su verdad como criatura y su relación con el Creador. La Iglesia está llamada a clarificar toda la actuación del hombre que vive en sociedad y a testimoniar, con coherencia, que la construcción de la ciudad terrena es un medio para alcanzar el inmenso regalo de la ciudad eterna. Y debe hacerlo con orden y colocación, con el impulso que apuntaba Cicerón: "es, pues, preciso, guardar un orden en todas nuestras acciones; que todo en nuestra vida, nuestros actos como nuestros discursos, muestren la proporción y el concierto debidos". Esta medida del actuar, del quehacer de la Iglesia, viene establecida por la dimensión de la vocación y la llamada de cada uno.
Fieles todos ellos a su estado, actuando con orden y colocación, sabiendo que, como asegura Cicerón, "el lugar propio de la acción es su oportunidad en el tiempo, y el tiempo oportuno para la acción es lo que los griegos llaman eukairía, y nosotros, ocasión". Sin extrañas mezcolanzas, actuando como piedras vivas, cada uno según su posición, con un referente objetivo, personal, transcendente, Cristo, paradigma sobre el que censurar, con corrección y amplia caridad, lo que haya que censurar, y para alabar aquello que merezca ser alabado. Pablo Domínguez |