Número 32, mayo 2002

Siempre corriendo, siempre con prisas, con esa sensación de no llegar a tiempo a no se sabe qué cita en no se sabé que lugar. La vida en la Gran Vía es como un escaparate en chiquitito de la vida en cualquier parte. Donde hay de todo y a cualquier precio. Para todos los gustos. Es un lugar de paso, donde se queda para comer, cenar, ir al cine o de compras. Y sólo unos pocos tienen la suerte de poder echar el ancla para todo el día.

Tiene ese carácter impersonal de bar de aeropuerto, donde los camareros no hablan con los clientes, porque los clientes están de paso hacia otra ciudad y otros bares donde poder hablar.

La Gran Vía nunca duerme, tan solo cambia de luz. Enciende y apaga los neones de sus cines, esconde sus comercios y los vuelve a descubrir hasta el infinito, pero nunca duerme. Nació con alma cosmopolita y en vertical. Tan vertical, que nadie mira más allá del color de los semáforos.

Aquel enorme decorado de película de lujo, se fue levantando lentamente. Todos querían ser ciudadanos de la Gran Vía.

El 32, nació en Francia en plena Belle Epoque, y llegó una mañana hasta la estación de Atocha en forma de planos, en tren de madera y enrollados en un tubo de cartón, con la ilusión de convertirse en los primeros grandes almacenes de España. Ya estaba dispuesto el mejor solar de la zona, para levantar los Almacenes Madrid-París, a la sombra de la gigantesca torre de Telefónica.

Cuatro plantas para comprar y vender lo último en moda e ilusiones venidas desde cualquier parte del mundo. Soportales que desahogarían los paseos de los madrileños, que habían elegido la Gran Vía como un nuevo lugar donde ver y dejarse ver. Un gran patio central, con cúpula acristalada al estilo de las Galeries Lafayette de París, que Hector Guimard levantó en 1906. Todo eso le esperaba a Madrid, venido desde Francia, cuando el joven arquitecto Teodoro Anasagasti, se encargó de adaptar el proyecto.

Hoy también todos quieren ser ciudadanos de la Gran Vía. Oficinas y gentes corriendo por pasillos enmoquetados, de la fotocopiadora al fax, del ordenador a la maquina de café. El patio central es tan sólo el recuerdo de lo que pudo llegar a ser. Un enorme ruedo con aspecto de edificio futurista, rodeado de miradores de cristal y vigas de hierro, con la luz entrando por un techo transparente, para crear la ilusión de estar conectado al exterior. Las ventanas exteriores a la calle de verdad, están reservadas únicamente para los despachos de los jefes, o de los amigos de los jefes.

Aún así, el edificio ha sabido soportar con dignidad el paso de los años y las operaciones de estética sufridas por culpa de las modas, desde que se terminara en 1920.

Las cuatro plantas le hacían parecer demasiado pequeño a lado del coloso de las telecomunicaciones de la Red de San Luis. Fue entonces cuando Anasagasti se vio obligado por el Ayuntamiento a doblar su altura añadiéndole cinco pisos más, intentando conservar el estilo inicial, con líneas verticales que desembocaran en un nuevo Fénix sobre una cúpula gris oscuro.

El poco éxito del negocio, unido al fuerte desembolso que suponían las obras, hizo que los dueños vendieran los almacenes a sus propios empleados, que poco después los transformaron en la Sociedad Española de Precios Unitarios. SEPU, fue vanguardia en disponer de gran variedad de artículos a precios asequibles. Una, dos o tres pesetas. Desaparecieron los sopórtales para vender el espacio a nuevas tiendas que evitaran la catástrofe y se abrió el cine, que hizo desaparecer el patio central, cerrándolo a la altura del tercer piso. En 1934, la Sociedad Española de Radiodifusión, lo que entonces se llamaba Radio Madrid, ocupó las nuevas plantas. Fue el comienzo de la cadena SER, que poco a poco desplazó a SEPU hasta convertirlo en un pequeño rincón testimonial de lo que fue aquel edificio que llegó desde París.

Anasagasti se especializó en levantar cines y teatros, como el Pavón, el Real Cinema o el Monumental. Gran Vía 32, se especializó en radio, televisión y prensa. Vio nacer a los 40 principales, a Canal + y a Canal Satélite Digital. Y por su puerta pasan cada día actores, cantantes, artistas y políticos que son entrevistados en la octava y desayunan en una pequeña cafetería que mira al norte bajo la cúpula del Fénix. Por su puerta, también cruzan unos cuantos afortunados, que cada mañana no están de paso, y viven, sufren y trabajan como ciudadanos de la Gran Vía. Que es desde siempre, lo que el 32 quiso ser. Yo, fui uno de ellos.