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Vivir bajo el yugo del totalitarismo engendra un miedo que ni la persona que lo sufre puede situar en su interior, ni siquiera consigue explicárselo; se manipula de tal modo el pensamiento y la sensibilidad que un día uno llega a despreciarse por traidor, que es lo máximo en sinceridad que puedes conseguir en la escala de los valores humanos. Ya desde la adolescencia empecé a entender el fenómeno, y el terror y la inseguridad invadieron mi espíritu. Teníamos dos familias; la real no valía gran cosa ante la prepotente familia estatal que podía hacer de nosotros y de nuestros padres lo que le diera la gana, incluso fusilarlos delante del circo romano de ciertos intelectuales europeos. El presente era el paraíso y la ignominia más grande es pretender que lo sigue siendo. Se vivía y se vive el sueño transmutado en pesadilla, el sacrificio que nos conduciría y conducirá según Castro a la perfección de la eternidad, al mundo mejor donde todos seríamos hombres nuevos, o sea héroes impolutos. Los años ridículos, cuatro décadas castristas, empiezan ya a ser insoportables por sinuosos y terroristas. Zoe Valdés, |