Número 32, mayo 2002

NUESTROS HERMANOS PERSEGUIDOS

Si hay algo que me inquieta profundamente en los medios de comunicación son los silencios, especialmente los silencios sobre cuestiones que no comprendo cómo se pueden pasar por altos.Hace apenas unas horas me encontraba paseando por la ciudad de Nazaret, en Galilea. Esta población era árabe y, a la vez, mayoritariamente cristiana hace tan sólo una década. Ahora reina en ella una dictadura islámica que no pueden evitar ni siquiera las autoridades israelíes. En un deseo innegable de estrangular el acceso a la basílica de la Anunciación, los musulmanes han tomado un terreno cercano en el que desean edificar una mezquita. De nada sirve que el gobierno israelí les haya ofrecido otro terreno más que idóneo a escasa distancia. Desean ése porque de esa manera su labor de zapa sobre los cristianos será mejor.  Así, cada viernes, se congregan como si de una mezquita se tratara y allí escuchan - he sido testigo ocular de ello - la predicación incendiaria del ulema. Los comercios árabes, en su aplastante mayoría, permanecen cerrados.  Si algún cristiano lo abre corre un riesgo más que cierto de que le destrocen el establecimiento. Por supuesto, los medios de comunicación están tan ocupados en defender al terrorismo palestino frente al ejército israelí que no puede reparar en estas menudencias. Sin embargo, no es un caso único. En Arabia Saudí, los inmigrantes - no digamos ya los nacionales - tienen prohibido poseer una biblia o celebrar la Navidad incluso en privado. En Pakistán, como en el resto de los países islámicos, la conversión al cristianismo está penada con la muerte aplicándose la ley de la blasfemia para ejecutar a niños. En Egipto, el país más occidentalizado de Oriente Medio, los cristianos muertos en atentados a manos de musulmanes superan con mucho a los turistas asesinados por grupos terroristas. En Sudán, los cristianos son objeto de verdaderas cacerías que han de llevarlos a los mercados de esclavos de África y el mundo árabe. Son sólo algunos ejemplos de docenas que, trágicamente, podrían mencionarse. Sin embargo, a pesar de su gravedad, a pesar de que conciernen a gente que es perseguida y martirizada por su fe, a pesar de que van referidos a nuestros hermanos, no tengo noticia de que sean conocidos por la mayoría de la opinión pública - cristianos incluidos - ni de que se adopten medidas para paliar esa inmensa masa de dolor. En realidad, debemos reconocer que nos sentimos poco o nada receptivos a la idea de que ser cristiano pueda implicar sufrimiento y, por otra parte, puestos a buscar causas humanitarias dejamos que sea el mundo exterior el que nos marque la agenda en lugar de ser nosotros los que la diseñamos y logramos que los demás dirijan su vista hacia casos como éstos.  Lamentable porque la sangre y las lágrimas de nuestros hermanos clama no en los medios de comunicación pero sí ante los oídos de Dios recordando que nosotros, deseosos de escuchar otras cosas, nos hemos vuelto sordos a su sufrimiento.

César Vidal