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LE PEN, LA PENA DE UNA POSIBILIDAD
Uno podría preguntarse, "sí, pero el procedimiento de la primera vuelta ha sido absolutamente... democrático, ¡la libertad de voto es sagrada!". Pues habrá que ver. Tenía razón el columnista Darío Valcárcel cuando comentaba recientemente que hay papeletas honorables y otras nauseabundas, "hay votos respetables y votos repugnantes, aunque se contabilicen igual". Es cierto, Hitler salió elegido de las urnas, ¡el pueblo lo votó! Los alemanes llegaron a estar tan habituados al hediondo tufo nacionalsocialista que cuando se decidió la construcción del campo de concentración de Dachau, los conciudadanos se alegraron al advertir las posibilidades de expansión productiva y de inversiones en la zona. Una sociedad no puede ser pluralista y tolerante si no cuenta con principios y valores morales que los distintos grupos sociales, vengan de donde vengan, entiendan como irrenunciables, por mucho que las urnas digan lo contrario. Porque "sin pretensión de universalidad en valores y principios morales - dice Adela Cortina en el espléndido libro Alianza y Contrato -, ¿cómo dilucidar si es moralmente aceptable investigar con embriones, clonar seres humanos, permitir que los maridos maltraten a las mujeres e hijos, dar por buena la discriminación por razón de recursos, de raza o sexo, exigir un desarrollo sostenible, tener en cuenta las generaciones futuras?". Las comunidades políticas, por maduras, jamás pueden renunciar al punto de vista de la universalidad que emana del ser humano. Como se cuenta de Albert Einstein quien, al preguntarle un policía por su raza al pasar una frontera, contestó: "humana, por supuesto". La sombra de Le Pen en Francia, y la de algunos otros en Italia, Austria, Países Bajos... indica la fácil solución de la involución democrática. En Venezuela, la revuelta golpista que terminó en agua de borrajas estaba dirigida por líderes democráticos, por una junta de empresarios, miembros de partidos políticos de la oposición y de la Iglesia, que no aceptaban el derrotero dictatorial que a Chávez se le veía en la manga, con ese deje discriminatorio de derechos humanos. Sin embargo, el peso de la sinrazón volvió al palacio presidencial y la mayoría... ¡tan contenta! De ahí que tengamos siempre que advertirnos los unos a los otros de la facilidad a la hora de los golpes de timón. Como el asunto de la presencia de inmigrantes en los países de Europa. Las políticas tienen que proponer soluciones de integración y rechazo de todo multiculturalismo, que termina minando la confianza de la convivencia. Y deberíamos empezar por una considerable desconfianza en nosotros mismos, los votantes, porque somos capaces de lo mejor y de lo peor. No hay nada más que ver En la habitación (In the bedroom) para caer en la cuenta de que lo más indigno del hombre (en la película, la posibilidad del crimen por parte de los miembros de una familia anodina) nos anda siempre rondando. El nazismo no es una columna de humo rancia que proviene del paleolítico y la tolerancia cero hacia el que no es de mi tierra no es asunto de exaltados. |