Número 32, mayo 2002


LE PEN, LA PENA DE UNA POSIBILIDAD

El caso Le Pen en Francia, considerado como seísmo político en toda regla por parte de los medios de comunicación, no ha sido un paso en falso de los votantes galos, una equivocación a bulto de una panda de exaltados. Ni mucho menos. El resultado de la primera vuelta de las presidenciales ha sido una expresión (¿cívica?) de la ciudadanía francesa que supone un globo sonda que anuncia una desconfianza patente hacia el sistema democrático en su conjunto. Y esto es muy peligroso. Los grandes cambios en la historia política suceden justamente por el cansancio en la construcción del edificio de la cosa pública. Es verdad que Europa no está haciendo lo suficiente, o prácticamente nada, para erradicar el conflicto palestino-israelí; también es cierto que desde las presuntas democracias modélicas han existido terrorismos de estado, connivencias y apoyos a las dictaduras (véase la cuerda floja en la que se pasea Henry Kissinger por la Operación Cóndor); también es verdad que Europa se mueve en un amplio círculo de desconfianzas de Estados, pero esto no puede deslegitimar de raíz un sistema político que se basa en el ejercicio del Derecho, la búsqueda del bien común y la defensa de valores universales de aplicación exigible a cada constitución.

Uno podría preguntarse, "sí, pero el procedimiento de la primera vuelta ha sido absolutamente... democrático, ¡la libertad de voto es sagrada!". Pues habrá que ver. Tenía razón el columnista Darío Valcárcel cuando comentaba recientemente que hay papeletas honorables y otras nauseabundas, "hay votos respetables y votos repugnantes, aunque se contabilicen igual". Es cierto, Hitler salió elegido de las urnas, ¡el pueblo lo votó! Los alemanes llegaron a estar tan habituados al hediondo tufo nacionalsocialista que cuando se decidió la construcción del campo de concentración de Dachau, los conciudadanos se alegraron al advertir las posibilidades de expansión productiva y de inversiones en la zona. Una sociedad no puede ser pluralista y tolerante si no cuenta con principios y valores morales que los distintos grupos sociales, vengan de donde vengan, entiendan como irrenunciables, por mucho que las urnas digan lo contrario. Porque "sin pretensión de universalidad en valores y principios morales - dice Adela Cortina en el espléndido libro Alianza y Contrato -, ¿cómo dilucidar si es moralmente aceptable investigar con embriones, clonar seres humanos, permitir que los maridos maltraten a las mujeres e hijos, dar por buena la discriminación por razón de recursos, de raza o sexo, exigir un desarrollo sostenible, tener en cuenta las generaciones futuras?". Las comunidades políticas, por maduras, jamás pueden renunciar al punto de vista de la universalidad que emana del ser humano. Como se cuenta de Albert Einstein quien, al preguntarle un policía por su raza al pasar una frontera, contestó: "humana, por supuesto".

La sombra de Le Pen en Francia, y la de algunos otros en Italia, Austria, Países Bajos... indica la fácil solución de la involución democrática. En Venezuela, la revuelta golpista que terminó en agua de borrajas estaba dirigida por líderes democráticos, por una junta de empresarios, miembros de partidos políticos de la oposición y de la Iglesia, que no aceptaban el derrotero dictatorial que a Chávez se le veía en la manga, con ese deje discriminatorio de derechos humanos. Sin embargo, el peso de la sinrazón volvió al palacio presidencial y la mayoría... ¡tan contenta! De ahí que tengamos siempre que advertirnos los unos a los otros de la facilidad a la hora de los golpes de timón. Como el asunto de la presencia de inmigrantes en los países de Europa. Las políticas tienen que proponer soluciones de integración y rechazo de todo multiculturalismo, que termina minando la confianza de la convivencia.

Y deberíamos empezar por una considerable desconfianza en nosotros mismos, los votantes, porque somos capaces de lo mejor y de lo peor. No hay nada más que ver En la habitación (In the bedroom) para caer en la cuenta de que lo más indigno del hombre (en la película, la posibilidad del crimen por parte de los miembros de una familia anodina) nos anda siempre rondando. El nazismo no es una columna de humo rancia que proviene del paleolítico y la tolerancia cero hacia el que no es de mi tierra no es asunto de exaltados.