Número 32, mayo 2002

Al hablar de Efectos especiales rápidamente se piensa en el Cine. Cuando los hermanos Lumière inventaron la máquina genial (capaz de mostrar imágenes en movimiento y de contar historias), la necesidad de conseguir "efectos" que ayudaran a la comprensión fue imprescindible. El ser humano no iba a renunciar a visualizar escenas fantásticas, a ver proyectados todos sus sueños. Monstruos, acciones descabelladas, ¡la propia luna observándonos desde el cielo!...Todo cabía en la pantalla y había que conseguirlo como fuera. El sonido que no se consiguió hasta años después, puede considerarse uno de los grandes logros de los efectos especiales: sonidos atronadores que sobrecogen al espectador, la música que acompaña las escenas subrayando y exaltando los sentimientos, ¡y la voz de los actores! Los histriónicos gestos de las estrellas iban a resultar caricaturescos al poder escuchar sus palabras.

En sus primeros inicios, lo que sabían los de este nuevo oficio, los cineastas, provenía del teatro y evidentemente no era poco, ya que el arte escénico estaba sobre la faz de la Tierra desde que el hombre había sido hombre. Cuando acudimos a una representación vamos expectantes sobre cómo resolverán las escenas complicadas o cómo podrá tal actriz joven representar a una anciana. Es el mundo de Los efectos especiales

En el ditirambo, coros griegos en los que unas cincuenta personas cantaban los versos de los autores más famosos, lo más importante era el sentido del texto siempre cargado de religiosidad, para agasajar al dios Dionisio. Estos rituales se parecían más a nuestras procesiones de Semana Santa que al teatro en sí. Sin embargo, la evolución hacia la famosa tragedia griega hacen que sea el claro precursor. Los lugares donde se desarrollaban las escenas debían estar en la imaginación del espectador y ser evocados por el texto. Con Esquilo surgen los bastidores donde se dibujaba el paisaje, el castillo, el pueblo o la fortaleza. Éstos giraban sobre sí mismos, lo que permitía mostrar hasta más de una localización. No conformes con esto, decidieron que los actores que representaban a los dioses debían volar durante las escenas. Desde este instante, la historia es imparable y los efectos especiales se generan uno detrás de otro.

Como acabamos de ver, fueron los griegos los que comenzaron con bastidores giratorios. Este elemento se mantuvo así durante siglos sin que aparecieran grandes avances. En la época del Imperio Romano, se perfeccionó la arquitectura de los lugares de representación aunque más que los teatros los beneficiados fueron los circos. En ellos consiguieron representar batallas navales con agua y todo, por supuesto, y tener en escena a un número impresionante de actores. Pero el puro teatro, la representación de textos, fue más modesta que los juegos.

En la Edad Media, primero se representó en los templos, lo cual no facilitaba la función, pero cuando el teatro sale de las iglesias la imaginación de la supuesta época oscura de la historia, corre por las plazas de todas las ciudades. En las calles se montan escenarios yuxtapuestos donde se van representando escenas. Así se conseguía una magnitud visual espectacular. Estos espacios se llamaban mansiones, con ellos se aumentaba la posibilidad de mostrar, de crear y de fascinar. Los misterios religiosos presentaban verdaderos efectos especiales. El público asistía a la representación del Infierno sobrecogiendo a cualquiera con un Lucifer capaz de sobreelevarse o de volar sobre un dragón. Después, aparecieron las trampillas que subían y bajaban robándonos o trayéndonos personajes a escenas. La ingeniería, las máquinas hidráulicas, han ido haciendo el resto. Se han logrado  los efectos más realistas, como el hundimiento en escena del Titanic (Broadway 1998) o el movimiento de la cubierta de un barco en San Juan de Max Aub (María Guerrero) gracias a plataformas móviles.

Con las luces se consiguen los efectos más espectaculares de ambientación. Los griegos empezaron a utilizar antorchas para simular tormentas con relámpagos. Antes de la electricidad, las representaciones se tenían que hacer con luz natural en espacios abiertos (teatros griegos, ambulantes medievales) o emplear cirios y velas. El sol se hacía con un filtro de papel tras el que ardían varias candelas. Con las lámparas de gas en el siglo XIX se consiguió aumentar y disminuir la luz, lo que suponía un gran efecto sobre el público. Posteriormente, las estáticas pero románticas candilejas iluminaban al actor y su escena desde la boca del escenario. En la actualidad, son muchos los montajes donde la luz es prácticamente el único recurso escénico. Desde todos los ángulos, con filtros de colores, a través de cristaleras... un sinfín de posibilidades que consiguen recrear lugares y aumentar la intensidad de la iluminación.

Los efectos especiales sobre el actor fueron los primeros en aparecer. En Grecia se tapan la cara con máscaras, algo inconcebible en el teatro posterior donde la mirada y el gesto del actor son sus mejores valores. Los griegos lograban caracterizar así el aspecto más destacado del personaje como sucedía siglos después en la Comedia del Arte italiana o en la actualidad en muchas representaciones del teatro alternativo.

Lograr que los jovencitos parecieran doncellas en la Edad Media, cuando la mujer no podía actuar, o que un actor joven ganara diez años o cien kilos en escena ha sido todo un reto de maquillaje y vestuario.

Actualmente, el maquillaje, la peluquería, el vestuario hace verdaderos milagros, gracias a la labor de muchos profesionales.

Paloma Merino



Rómpete una pierna

Los musicales que podemos disfrutar en los últimos años en Madrid son el mejor ejemplo de efectos especiales en teatro. La transformación de la Bestia en Príncipe fue diseñada por el equipo del mago David Cooperfield. Al fin y al cabo, el teatro y el cine son la gran ilusión.