Número 32, mayo 2002

Pero, ¿qué ha pasado, Fernando? Y mira que la factura es perfecta. ¿Qué ha pasado? Seguimos entrando en las salas con la ilusión de pasar un buen rato, compramos nuestras palomitas, nos sentamos con la esperanza de pasar por alto que últimamente el cine español no da una. ¡Y nos la vuelven a colar! Eso no lo esperábamos de ti, Fernando. No es que el señor Trueba sea de mis directores favoritos, pero a estas alturas uno ya se agarra a un clavo ardiendo. Y claro, se quema.

Los personajes aparecen y desaparecen sin la menor explicación, el ritmo brilla por su ausencia y los actores pasan por allí como si fueran las estrellas invitadas de un capitulo de Falcon Crest. Me siento engañado, pero sobre todo triste. No se puede contar en dos horas, lo que necesita tres. Pero parece ser que los espectadores somos bobos, y picamos una y otra vez. Sólo falta que los amiguetes le den un puñadito de Goyas el año que viene y entonces me tengo que morder la lengua.

El embrujo de Shanghai, es una película, con todos mis respetos, mala, sencillamente mala. Y eso da todavía más rabia cuando lees los créditos y ves que está lo mejor de cada casa. Es entonces cuando sientes esa sensación de tomadura de pelo que no te abandona durante un buen rato. Parece como si hicieran películas por hacerlas, sin el menor respeto hacia el espectador. Da lo mismo, Vía Digital y Antena 3 ya se buscarán la vida para exprimir hasta la última gota del jugo que dan estas cositas. Y a por otra más. Si además de hacer pocas películas, las hacemos así, apaga y vámonos.

Hay que reconocer que el cartel engaña a un ciego, es de lo mejor que ha pasado por las marquesinas de los autobuses en mucho tiempo. Con una Ariadna Gil, tan guapa que no parece ella, y un color semi-blanco-negro-rojo que anticipa la espléndida fotografía de la parte en que Antonio Resines se pasea por unos decorados dignos del parque de la Warner, con cara de tipo duro y un abrigo de cuero y un sombrero de ala ancha al estilo de los malos de En busca del arca perdida. Nadie pide que todas las películas sean buenas, pero sí que sean honestas, con los que las hacen y con los que las vemos. Los experimentos, con gaseosa, don Fernando. Que por muy bonita que estén la fotografía, los decorados, el cartel y Fernando Fernán-Gómez, la película es infumable y aburre hasta la extenuación, clavándonos en nuestra butaca durante dos largas horas.

Usted sabe hacerlo mejor, con todos mis respetos.

José Cabanach