Número 32, mayo 2002

JOSÉ TOMÁS, O EL SUSPENSE

Oti Rodríguez Marchante

Santo Tomás, para muchos... Tomás, eres uno más, para unos pocos... José Tomás es, en todo caso, el único representante del tomismo en este siglo XXI, un movimiento tan taurino como filosófico y que consiste, precisamente, en no moverse: el eterno quieto-parao del modelo ante el caballete lo ha sublimado él ante el torazo. El toreo de José Tomás tiene, al decir de sus más peregrinos seguidores (peregrinos, en el sentido de que le acuden a la plaza como a un santuario, casi con bordón y esclavina), un perfume que ya no existe salvo en alguna línea de Bergamín, en alguna brisa del abril andaluz o en alguna esquina del cine suspenso de David Fincher: Dulzor, paz, polvo y peligro, una mezcla que desgraciadamente no cabe en las copas de cóctel.

A falta de mejor metralla, hace unos años se corrió el grave peligro de que fuera el futbolista espiritual quien motivara a nuestros intelectuales (Butragueño, Raúl, Pardeza, Guardiola, Valdano...), pero afortunadamente llegó José Tomás con su silencio místico y su sencillo burlar a la muerte, como si lo que le ofreciera al toro no fuera el cuerpo sino el alma inaprensible, para poner las cosas en su sitio: al toro lo cita el torero, y al torero lo cita el filósofo... (Siempre se cuenta aquello de Ortega y Gasset cuando le confesó a Belmonte su admiración, y éste, persona llana pero directa, le preguntó: "y usted, ¿a qué se dedica?"... "Yo, a la filosofía", dijo Ortega. "Ya ve, hay gente pa'to", sentenció Belmonte). Y a propósito de esto y lo otro, se ha editado un libro con el elocuente título de Reflexiones sobre José Tomás, en el que tipos inesperados ofrecen su versión del asunto. Nombres como el de Albert Boadella o Joaquín Sabina o Vicente Amigo, personajes insospechados como la escritora Nuria Amat, el filósofo Víctor Gómez Pin o el escritor, músico y torerista Salvador Boix... En fin, una visión cubista del tomismo, que coincide en algo muy profundo con el vangoghismo: la oreja no es un fin, sino una consecución trágica de la esencia de su arte. Ni el aplauso. Ni los pitos. Ni la incomprensión o el éxito... El único fin es atrapar el instante sublime, ése que durante sus faenas siempre está acodado en tablas y esperando para saltar al ruedo. Si José Tomás no lo ve por allí, dispuesto a saltar, se ensimisma y le ocurre lo que aquella tarde en Madrid cuando se le llevaron vivo el quinto de la tarde mientras él estaba con la vista perdida: de haber sido pintor, se hubiera cortado una oreja.