Ya sea cuando celebramos el día del libro o porque algún literato de la terna de los que aparecen en el púlpito mediático así lo recomienda o porque los maestros vuelven a hablar de la irremediable profundidad de su lectura, El Quijote es un viento de media tarde que hace su aparición cuando le viene en gana. Decía Dostoievski que el libro de Cervantes podría bastar para justificar ante los ojos de Dios la odisea de la humanidad. En una reciente aportación de Claudio Magris para el diario ABC, el autor de Microcosmos decía que El Quijote es un libro en el que lo sublime y lo infinito, lo sacro y lo profano, la confianza en el hombre y su irrisión, la fe y el caos coinciden como la cara y la cruz de una moneda. En otro momento de su artículo, Magris dice que la vida del Quijote es confiada, el hidalgo abre trochas en los parajes de la Castilla más polvorienta y amarilla con una mirada serena, llena de confianza en la realidad. Y compara esta actitud con la pavorosa de los hombres de nuestro tiempo que sólo vemos en lo que nos rodea un sinfín problemático que nos llena de congoja, de ahí que nos lluevan las depresiones o nos quedemos en una postura de renuncia ante las cuestiones de hondo calado. Unamuno, en su Vida de Don Quijote y Sancho comenta que es la cobardía moral la que tiene presas a las almas en nuestra patria, "y los hombres reculan ante un probable fracaso y tiemblan de haber caído en ridículo, verbenean que es una lástima las mentiras y escasean que da pena las visiones".
En cambio el hidalgo de la Mancha no tiene miedo, se ofrece a la incertidumbre del vivir, porque sabe que a pesar de los palos que le llegan siempre hay oportunidad para esa gracia que viene encubierta con el manto del azar. Por eso, al Quijote no le paran ni los leones de don Diego de Miranda, "¿leoncitos a mí?, ¿a mí leoncitos, y a tales horas?". Y se hace valedor de esa frase indeleble que en sus labios suena a látigo de conformistas: "Vale más buena esperanza que ruin posesión". Por eso, su locura es siempre realista y vidente, mucho más allá de la miopía del que sólo ve la fachada de las cosas.