Número 33, octubre 2002

Queridos amigos de Calibán, os escribo para hablaros del impacto que tuvo sobre mí la celebración del aniversario del 11 de septiembre. Somos muchos los jóvenes que necesitamos no ser fieles discípulos de las directrices que nos marcan los medios de comunicación social, llenos de mensajes gubernamentales o partidarios de distintas empresas, sino que necesitamos tener un espíritu crítico, libre, con los datos suficientes para analizar sin apasionamientos las causas de las catástrofes, las guerras, etc.

En sí, la celebración del 11 de septiembre me pareciócorrecta, es decir, me esperaba discursos sin fin de patriotismo o patrioterismo sin límite. Sin embargo, los actos fueron dirigidos directamente a las víctimas, a los hombres y mujeres que perdieron la vida en las Torres Gemelas. Hasta ahí muy bien. Sin embargo, las proclamas de Bush, y especialmente sus escritos aparecidos en el New York Times a propósito de la necesidad de librarse por todos los medios de ese Mal con mayúsculas que es el terrorismo fanático, me parecen terribles, porque no se hace justicia a la causa última de esta nueva clase de terrorismo. Todas sus alocuciones no han sido más que soflamas para enardecer a las masas en la búsqueda de corazones partidarios de la guerra contra Sadam Hussein. Con la violencia en el cerebro y con los medios de comunicación a su alcance no hay nada más sencillo que hacernos creer a todos que no hay más remedio que entender que la paz no es el remedio, y eso es mentira.

Después de los atentados, Bush sólo citó frases bíblicas para utilizarlas a su antojo y hablar de los antiguos enemigos de Israel como los objetos de la ira de un pueblo libre que quiere la paz. El presidente de los EE.UU. mastica a Dios como a un chicle. Yo creo que es el momento de crear iniciativas de paz que sólo pasan por el fin de las injusticias que Occidente ha realizado en países como Irak, Irán, Afganistán o Pakistán, que los ha utilizado según su conveniencia, desconsiderando el daño que esa actitud ha podido ocasionar en el pueblo, en la mentalidad de la gente. Sólo he escuchado en Juan Pablo II una voz que se ha orientado en este sentido, diciendo que el reclutamiento de terroristas se logra más fácilmente en áreas en las que los derechos humanos son violados y en los que la injusticia forma parte de la vida cotidiana. Eso no quiere decir que haya que justificar los atentados terroristas, ni mucho menos. Todos lo pasamos mal cuando oímos de labios de Robert de Niro el nombre de las víctimas del 11 de septiembre, porque se cometió una barbarie tan inhumana que exige el poder de una justicia razonable. Pero tampoco podemos lavarnos las manos y no ir a la raíz de los problemas y creerse que nosotros, Occidente, estamos ajenos a las causas de este nuevo terrorismo. Terrorismo que no es fruto de que Corea del Norte, Irak, Afganistán (el Eje del Mal) esté gobernada por un régimen de nihilistas sino porque las injusticias que padecen son tan hondas y el desinterés hacia ellos tan evidente que no es de extrañar que un puñado de locos se hayan vuelto más locos.

Blanca María Ordizia