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11-S, UN AÑO DESPUES
César Vidal
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Hace un año, el mismo 11 de septiembre, me encontraba remontando el Nilo en territorio egipcio. Recuerdo perfectamente la confusión de la gente que narraba lo acontecido, las interpretaciones disparatadas del hecho - se atribuía a Israel porque "los árabes no somos capaces de
hacer algo así" - y la
insistencia en que todo era "un castigo de Allah" que "Estados Unidos se tenía
bien merecido". A un año de distancia, creo que no está de más hacer un breve balance sobre la manera en que el 11-S ha cambiado nuestras vidas. En primer lugar, debe señalarse que, de una vez por todas, el mundo parece darse cuenta de manera global de lo que significa el terrorismo. Sólo los muy cerriles, los muy malvados o los muy estúpidos pueden pretender a estas alturas que los terroristas - sean palestinos, vascos o irlandeses - son luchadores por la libertad en lugar de asesinos sanguinarios. En ese sentido, el cerco sobre organizaciones como ETA o Yihad islámica se ha ido estrechando y tal paso sólo puede ser considerado positivamente. En segundo lugar, el 11-S nos ha obligado a reconsiderar el papel del islam en el mundo de una manera realista. Llevados por una visión un tanto idealista, habíamos c reído que determinadas creencias no tenían necesariamente por qué ser incompatibles con la democracia o las libertades. La realidad - desgraciadamente - es muy distinta y quizá como muchos conocimientos resulta dolorosa pero no por ello deja de ser necesaria. En tercer lugar - y este es un aspecto que a diferencia de los otros seguramente no será compartido por muchos analistas - el 11-S nos ha recordado el enorme valor de lo trascendente en la vida humana. Con una claridad pocas veces igualada, el 11-S nos recuerda que la vida es efímera y que ese carácter pasajero exige un análisis, un acercamiento y un comportamiento que incluye en su radio de visión la muerte y el más allá. Por otro lado, los asesinos de las Torres Gemelas actuaron movidos, entre otras razones, por consideraciones espirituales. A ellas no cabe oponer únicamente razones políticas, sociales y económicas por muy sólidas que sean. Son imperativas también las razones del Evangelio que habla de cambio de vida, de perdón, de reconciliación con Dios y con el prójimo, y de amor. Sin ellas, cualquier respuesta no pasará de ser tristemente cojitranca.
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