Número 33, octubre 2002


CUARTO Y MITAD DE HISTORIA FRENTE A LEYENDAS NEGRAS

Hace nada se quejaba Fernando García de Cortázar de la falta de conocimiento de nuestra historia y de la mediocridad de nuestro sistema educativo. Por ejemplo, creemos que Quevedo fue un espadachín que recita versos en los libros de Pérez-Reverte y Sancho III de Navarra el rey del Estado vasco de comienzos del siglo XI. Ni más ni menos. Nos hemos tomado poco en serio nuestra historia y por eso tenemos a España más invertebrada y cojitranca que nunca. Hemos querido dedicar en este número de Calibán un monográfico al continente americano para recuperar con cada pueblo ese pasado de mestizaje, encuentro, comunicación, legado de fe e intercambio cultural sin precedentes. Y hacía falta esta nueva mirada profunda a América por un triple motivo: primero, por el mero ejercicio del rigor histórico, más allá de esa absurda leyenda negra sobre el Descubrimiento que, por rivalidad, forjaron esos países europeos que no querían aceptar un mundo dividido por la Lusitania y la Hispania; segundo, por conocer su espesor cultural actual y las posibilidades de desarrollo; y tercero, por hacernos una llamada de advertencia sobre el futuro de nuestro propio continente, caer en la cuenta de que la construcción europea pasa por conocer a fondo nuestras raíces y que nos cuesta acceder a ellas quizá porque estamos empachados de bienestar, como nos dice Miguel de la Quadra-Salcedo en la entrevista de las páginas centrales. Un empacho que nos impide advertir que el futuro no sólo se construye con reformas que dinamicen una economía casi en recesión para reducir la inflación y conseguir un déficit cero sino con esos principios de moralidad y espiritualidad que han sido las huellas dactilares de Europa, identidad que ya Alexander Solyenitzin echaba de menos cuando se vino para Occidente al salir del gulag soviético.

Es un tópico decir que el historiador es un profeta que tiene la cabeza vuelta del revés, es decir, que para conocer lo que se nos avecina es consustancial mancharnos las manos con el barro de la historia y quitar con pincel la arenilla que cubre las ánforas del pasado. Por ejemplo, parece que hemos nacido con esa idea peregrina de que los evangelizadores de América esquilmaron aquel paraíso terrenal con su depredación y que la reina Católica fue ajena a la dignidad de los indios y sólo se saciaba con alimentar a España de poder omnímodo. Así reza la leyenda negra, pero nada de esto nos dice la historia. Cuando Isabel inventa la encomienda funda una institución pensada para la civilización, protección y evangelización de los indios, todo un proceso de educación y promoción humana. Como bien comenta el historiador Jean Dumont, "Isabel había descubierto al hombre y al alma en los indios al mismo tiempo que Colón descubría las nuevas tierras". En las primeras leyes sobre el nuevo continente se dice expresamente: "los indios son personas libres y como a tales debe tratárseles, como ha ordenado la reina Isabel". Y con este espíritu surgen las primeras leyes, las de Burgos y Valladolid. En estas últimas, el rey Fernando abrirá la posibilidad de una libertad india plena, fuera de las encomiendas y se regulará por vez primera el trabajo de la mujer, no obligando a las indias casadas a trabajar en las minas con sus maridos (recordemos que la primera ley que en Francia reguló el tema del trabajo de las mujeres y los niños tiene fecha del 22 de marzo de 1841). Llega a ser para España tan importante el respeto hacia el indio que el mismísimo Carlos V ordena la suspensión de las conquistas para que se decidiera en debate público si éstas eran justas. Y así se montó aquel primer gran debate que se llamó la controversia de Valladolid entre el doctor Ginés de Sepúlveda y el antiguo obispo de Chiapas, Bartolomé de Las Casas.

He aquí unas ligeras pinceladas a una historia que necesita encontrar su ubicación originaria. El "asunto-descubrimiento" se asemeja a unos chiquillos que hubieran untado con pintura el rostro de una escultura dejándola irreconocible, y sólo una limpieza en condiciones pudiera devolverle su esplendor original. Por eso, hemos querido marcharnos a América, no a la de los burguers, sino a esa otra que lleva nuestros apellidos y nuestro potencial de hermandad.