Número 33, octubre 2002

Premio Príncipe de Asturias 2002, Arthur Miller. Reconocimiento merecido para un gran escritor y pensador. Honor para la dramaturgia, que no deja de ser la hermana pobre dentro de la literatura. Los aficionados a la lectura en general resultan ser pocos según dicen las estadísticas, pero los aficionados a la lectura teatral parecen competir en minoría con los espectadores de escenario.

Sin embargo, si se tiene la suerte de leer o de ver representada una obra de Miller, uno siente que no sólo aquello debe ser bueno para el espíritu (con esa sensación placentera cuando se saborea una obra maestra, al igual que el gaznate diferencia entre el buen y el mal vino) sino que además uno percibe que comprende un poco más ciertas situaciones que aparecen en nuestro hoy y ahora.

Nació en Nueva York en 1915. Hijo de inmigrantes europeos, conoce de cerca el problema de la inmigración. Lo vive con la herencia que dejan las historias que han vivido nuestros progenitores. Historias que casi son como vividas en nuestra propia piel, porque en el fondo somos el resultado más o menos directo de ellas. Arthur Miller nace como fruto de la tierra prometida de Estados Unidos cuando la gente llegaba a la Isla de Ellis procedente de toda Europa y entraban en el Gran Sueño Americano. Sin embargo, aquel paraíso se hundió con la depresión del 29 y sufrió las consecuencias. La inseguridad ciudadana, la miseria y la ruina en el paraíso.

Cuando comienza a escribir, muestra una realidad dura en la que se fija en el ser humano, víctima de ese sistema social al que inevitablemente pertenecemos. Evidentemente, para él se trata del sistema americano, capitalista. Un sistema que basa todo en ídolos y valores materiales, los cuales cuando fallan no han dejado un hueco para nada más, y el ser humano no sólo se nutre de dinero. Un sistema que vende la felicidad del individuo a modo de libertad y del que se deshace cuando éste ya no sirve.

Linda.- "Hoy he hecho el último pago de la casa. El último amor mío... No debíamos nada. Éramos libres. Éramos libres. Libres..."

Estas son las palabras de Linda, la mujer de Willy Loman, el viajante de La muerte de un viajante. Es lo que le declara en el entierro de su marido sobre la tumba reciente ¿A quién se le ocurre morirse justo cuando habías cumplido con la deuda? Quizás te mueras porque ya no quepas en ese sistema cuando tu existencia se ha basado en privación, en sacrificio y tú te has extinguido poco a poco, dejando paso a las letras, al trabajo, a los apuros y a las angustias.

Como dijo Miller cuando le preguntaron por el éxito de La muerte..., "porque todos conocen a Willy Loman". ¿O no?

La herencia personal se convierte en otro elemento determinante en los personajes de Miller. No la herencia material sino la herencia de nuestra propia historia, la que comenzó a ser vivida mucho antes de que naciéramos, la que vivieron nuestros abuelos, nuestros padres. Nuestros deseos poco claros pero frustrados como en El precio, donde siempre encontramos un culpable al que endosarle nuestra cruz. En muchas ocasiones la víctima en la que nos convertimos poco a poco se fragua desde uno mismo porque no se tiene el suficiente coraje de plantar cara a la vida. Quizás no sea algo tan elevado, simplemente seamos incapaces hacerlo y aceptarlo ya nos duele. Porque Miller cree en la responsabilidad del individuo. Estructuramos el mundo a nuestra imagen y semejanza y la vida no nos da para nada más, por lo que se prefiere la miseria conocida con sus humillaciones y debilidades. El papel de víctima con excusas nos sienta, en la mayoría de los casos, perfectamente. No nos sobra alma para ver más allá de todos los pesos que nos colocamos sobre los ya heredados: la hipoteca, una relación, etc. Al mirar hacia atrás uno percibe que su existencia es producto insignificante de la casualidad más absurda pero que si ésta hubiera sido diferente, ¿habría supuesto algún cambio significativo? Si en vez de viajante, la casualidad nos hubiera depositado en un banco, o en una tienda... ¿en qué medida existirían diferencias? Para uno quizás, para el mundo ninguna.

Andrea Dodórico, escenógrafo y conocedor del teatro de Miller dice que el dramaturgo neoyorkino realiza un análisis objetivo de lo que le rodea. No busca la esperanza porque no la ve. No elucubra con posibles soluciones, describe el mundo que conoce. Y considera que una gran parte de las personas son víctimas y culpables de un sistema, el que sea.

Ver el interior del pensamiento de Miller supone una dosis de realidad sin alarde de pasión, deseo ni esperanza una realidad en la que todos participamos sin más por el hecho de existir. La única esperanza del individuo radica en contemplar, conocer la historia y rebelarse ante ella porque cada uno es libre y responsable de sus actos. Quizás por eso se representa en cualquier rincón del mundo y el mundo reclama sus historias.

Paloma Merino