Número 33, octubre 2002

Me suena a tongo y me sabe a camelo. Tanto cine iberoamericano que de repente se estrena en salas comerciales, que gana algún que otro Oscar, y que goza de las prebendas de las coproducciones, es algo como poco, sospechoso. No acabo de creerme que a estas alturas de la película los sudamericanos hayan aprendido a hacer cine, así como por arte de magia. No será que ya sabían hacer cine desde hace tiempo y que a nadie le interesaba que esto se supiera, sobre todo para no quedar en el ridículo más espantoso.

No es verdad que donde comen dos comen tres, y menos cuatro, cuando se trata de cine. La tarta es grande y jugosa, pero los norteamericanos no quieren que nadie meta la cucharilla, a ver si alguien va a trincar la guinda aunque sea por equivocación. Ahora parece que Iberoamérica es el nuevo invitado a un banquete donde Europa ya comía lo que el anfitrión no quería, así la Dama ya tiene Vagabundo con quien compartir espaguetis en la puerta trasera.

Que no nos engañe el espejismo de ver lo que nos dejan ver. Es un viejo truco, la mano es más rápida que la vista, a eso se le llama ilusionismo, no ilusión. ¿Cómo es posible tener libertad si no tenemos la posibilidad de elegir? Si estrenan una peliculita allí y otra acá eso no significa que sea todo lo que se produce. De acuerdo que es mucho más de lo que teníamos hace unos años, pero no es suficiente. El problema iberoamericano es muy similar al europeo, y por mucho que nos esforcemos en mejorar nuestra raquítica industria cinematográfica, la distribución del producto es el Talón de Aquiles, y el mejor lugar para que el gigante tire a matar con disimulo y sin arriesgar. Si no se ve no existe, así de fácil es la cosa. Con un poco de suerte todos se conforman con sobrevivir, mientras los otros viven tan ricamente.

Toda forma de arte tiene como objetivo final ser contemplada por un público, si este no existe, el arte pierde su razón de ser, y se desvanece en el olvido, y abandona la esencia para la que fue creado. Nuestro mejor apoyo en este caso no son las coproducciones, los falsos homenajes, y menos aún el secuestro de los talentos del otro lado del Atlántico, que vienen a España con la ilusión de hacer el trabajo que allí se les hace imposible. Así no se construye, se destruye. La solución pasa por abrir nuevas ventanas, por dejar un hueco en el mercado y potenciar el cine del otro lado de Río Grande sin querer sacar tajada de forma obscena, y dando una oportunidad, aunque sólo sea una, de permitir que se vea el cine que no hacen los de siempre.

La solución parece sencilla, pero no lo es tanto cuando las grandes multinacionales acaparan la gran parte de las salas cinematográficas en Europa. El cuidado y calculado calendario de estrenos de producciones norteamericanas deja poco margen para todo lo que no sea anglosajón, y que no se soluciona con las cuotas de pantalla impuestas desde el Ministerio y que esconden la trampa de arropar únicamente al cine europeo, dejando fuera al resto. Algunos dirán que esto del cine es una industria y que como en toda industria sobreviven los más fuertes, pero el comercio se basa en la ley de la oferta y la demanda, y sí sólo existe un proveedor de producto, a eso se le llama monopolio, y corremos el riesgo de acabar comiendo palomitas delante de lo que al vendedor le dé la gana. Para el cine sudamericano, y por añadidura al europeo, la batalla está prácticamente perdida si los espectadores no reclamamos calidad y variedad. El cliente habla cada vez que compra una entrada en taquilla, negarnos a comprar lo que nos imponen puede ser un buen comienzo para salir ganando, para que el cine no lo sigan haciendo contables, directores de marketing, publicistas y expertos en todo menos en cine. Para que el séptimo arte lo hagan artistas, aunque vengan del otro lado de Río Grande.

José Cabanach