Número 33, octubre 2002


Jaime L. Ortega Alamino
Ediciones Palabra

    Si es que todavía no nos cabe en la cabeza que existan constituciones como la cubana, que dice en su artículo 39: "es libre la creación artística siempre que su contenido no sea contrario a la revolución. Dentro de la revolución todo, fuera de la revolución nada". Vaya. Pues menuda alegría la del creador que no puede explorar fuera del abrevadero del régimen, es como si le hubieran dicho a Tolkien que lo suyo tenía que haber sido una planificación repensada de la revolución del 59. Por eso, las voces disonantes contra el régimen de Castro hay que valorarlas no en lo que tienen de disputa, de confrontación (porque el disenso por el disenso es estéril) sino por su valor de disidencia inteligente, aquella que aporta un capital de argumentos suficiente como para mostrar la verdad de las cosas desde un principio de construcción nacional. Vamos, que para acabar con Fidel no hay que promover un magnicidio sino desarrollar ese capital genuinamente humano de derechos inalienables, de cultura del pueblo y religiosidad que duerme bajo las arenas de las playas cubanas. Y aquí es donde la Iglesia católica se está dejando literalmente la piel, en ese itinerario de construcción interior, tan apenas advertido como imprescindible para garantizar un futuro diferente. En una de las revistas católicas, la famosísima Vitral, se dice, "una de las trampas en que casi todos hemos caído históricamente es sucumbir y secundar aquella falsa disyuntiva que nos priva del derecho de ser como somos: o te adaptas al régimen o te vas del país. Este binomio es falso y excluye la riqueza del pluralismo, la igualdad de derechos y el ejercicio de la propia ciudadanía". Quizá por eso, la Iglesia de Cuba esté siguiendo los pasos de otro país que sufrió el yugo de una dictadura irracional, la Polonia comunista, en la que el entonces arzobispo de Cracovia, Karol Woytila, no provocó una revolución sangrienta contra la injusticia dominante sino una revolución interior desde la consolidación de esas piedras angulares de trascendencia y libertad inscritos en el corazón del hombre. En las páginas del libro que ofrecemos (una recopilación de textos pastorales del cardenal arzobispo de La Habana), encontramos piezas vertebradoras de la Cuba que Cuba necesita.

Sándor Márai
Editorial Salamandra

    Ya nos conocemos al húngaro Márai porque sus obras se venden como churros (y pensar que hasta hace nada, hasta la caída del muro del Berlín, era un escritor muerto y bien muerto, enterrado por el silencio que le impuso el régimen comunista y el certificado de non grato al corpus de su obra). Divorcio en Buda se lee en una tarde, en una tarde en la que uno no ande de acá para allá con escaparates, baretos, exámenes y otros divertimentos. Es breve y tiene el espesor del mejor Tolstoi. Es la historia de un amor y la historia de un dolor que sólo se resuelve al final de la obra. Es como Los muertos, ese cuento magistral de Joyce que forma parte de Dublineses, en el que el diálogo final del matrimonio es tan hondo y revelador que rompe con la superficialidad de esas conversaciones de complicidad burguesa que habían mantenido horas antes en una casa llena de invitados. Pues así Márai en ese diálogo último. En Divorcio en Buda hay diamantes que brillan intensamente, como esa relación honda del matrimonio protagonista, que fueron capaces de reservar su sexualidad hasta el matrimonio no por disposición social o cultural sino por la consideración emocionada de un encuentro tan verdadero que les exigía una total disposición vital. Aparece en la obra un cura que no busca a Dios a dentelladas, exigiéndole respuestas, soluciones de ¡ya!, etc., sino que es consciente de que con Él no tiene por qué defenderse sino prepararse para cuando quiera visitarlo. Y cuando el dolor aparece por la puerta, se muestra Márai corrosivo, despiadado, "¿qué nos espera ahora?, ponernos en camino en medio de la oscuridad, en el mundo gris, vacío y frío... y vivir así muchos años. Comer, dormir, hacer el amor..., sí, ¿por qué no? Como hasta ahora. Uno no se da cuenta. No quiere darse cuenta, no se atreve a ver que la vida, de pronto, carece de sentido, de contenido... ¿Dónde puedo refugiarme? ¿En la vida? ¿Y qué es la vida?". Joyita.