Número 33, octubre 2002

Nos separan ciento treinta años de su primera publicación. El Mío Cid y Don Quijote de la Mancha se releyeron, se interpretaron y meditaron, se glosaron y reescribieron en España cuando en el año 98, y todavía en el 27, costaba entender el rumbo de la vida de un pueblo, y se tenía la cabal intuición de que había que refundar, regenerar, recomenzar una nación. La experiencia personal, la inadecuación a un desorden existente, fue el incuestionable punto de partida de aquellos hombres. Ellos vivieron esa urgencia, y la viven hoy los argentinos. El gaucho Martín Fierro pone a prueba esta experiencia de falta del bien, no la niega ni olvida, va detrás del ideal, se manifiesta carente de él y sigue decididamente en su búsqueda y afirmación.

Fueron los mismos gauchos los que dieron al poema el éxito editorial (en diez años tuvo once ediciones, con un total de 58.000 ejemplares, además de haber sido publicado en varios periódicos de Argentina). Es una obra en la que el hombre del pueblo se reconoce, sufre, se identifica, éste es el sentido más claro de su cuestionada popularidad. Miguel Hernández era un hacendado culto, periodista, que literaturizó la figura y el habla de los gauchos, los desheredados, los perseguidos, los maulas, condenados a vivir huyendo de la autoridad. Crea un personaje en el que conviven el mentado malevaje de aquellos hombres casi nómadas y su profundo conocimiento del campo y de la naturaleza humana, la picardía y vagancia que los hizo famosos con el coraje y la nobleza de quien tiene una tierra y una gente que defender.

Miguel Hernández, como decía Borges, nos deja una obra en la que campea la sabiduría de un hombre que ha sufrido el abandono, el exilio, la persecución, y no se ha rendido a ellos. El destinatario es ese ser humano que no se resigna.