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MILLÁS, Juan José, |
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Ejemplo de ello es uno de los libros más vendidos de este año. Seguro que a ninguno de los lectores le extraña el título de la última novela de Juan José Millás, Dos mujeres en Praga. La novela lleva desde abril de este año entre las listas de los más vendidos, ha obtenido el Premio Primavera de 2002 y ha sido una de las propuestas de lectura de verano más insistentes. Además el autor tampoco es desconocido, su presencia es frecuente en los medios del grupo de comunicación Prisa - ya sea con sus artículos en el de contraportada del diario El País, o con sus relatos en el suplemento literario Babelia o con sus colaboraciones en la Cadena Ser-. Dos mujeres en Praga es una novela de enredo. El enredo tejido por una complicada red de fábulas mentirosas y que procede de un punto de partida común: el miedo y la rabia por un origen desconocido. Todos los personajes urden historias para ocultar la inseguridad de no saber de quién son hijos. Además las historias, verdaderas o inventadas, se van insertando unas dentro de otras, el lector va de una historia a otra sin llegar nunca a saber si lo que se narra, las historias encadenadas y los personajes fueron o son verdad dentro de la verdad propia de la ficción. Para ello, Millás ha construido una trama en la que todos los personajes son fabuladores. Dos escritores: el periodista y narrador de la historia y Álvaro Abril, un escritor agotado. Además, las dos mujeres que dan título a la novela, es decir, que habitan en este espacio imaginario llamado Praga, no son escritoras pero sí fantasean sobre sus vidas y sobre la de aquellos que las rodean: Luz Acaso (o Fina, a escondidas) es una enigmática viuda que ensarta historias y peripecias como en una malla y la hermosa María José que, aburrida, se construye una leyenda de sí misma para defenderse de la realidad. Cada uno de los personajes que hacen esta novela están marcados por la incertidumbre de su origen y pergeñan, como paliativo, sus construcciones imaginarias. Ficciones que se superponen, se ocultan, hallan puntos de intersección o incluso se contradicen... se trata de un juego tenso de fábulas en el que el origen se ha perdido. Así, el tema que estructura el texto es la extrañeza en las relaciones y, especialmente, el desconcierto respecto a la relación fundamental: la paternidad. Las criaturas de Millás ignoran su identidad, se creen bastardos, se descubren adoptados o consideran sus existencias huérfanas y comienzan desde su confusión a enhebrar mentiras que oculten sus vidas rotas. Tanto la niebla en la que viven como el esfuerzo por construir su historia los liga en una malla de relaciones. Una red espesa y compleja, a la vez que arbitraria y caprichosa. Veamos más despacio algunos de sus hilos. Millás ha dejado en manos de un narrador vicario el trabajo de escudriñar los hilos de la tela. Se trata de un periodista que considera su escritura como la búsqueda del hilo central de una confusa red: "Yo, entretanto, trabajaba en un reportaje sobre la adopción. Tengo la flaqueza de atribuir a la casualidad una intención oculta. Quizá el mundo se sostiene sobre una red invisible de casualidades. Si un fragmento de esa red queda al descubierto ante tus ojos, cómo evitar la tentación de tirar del hilo. Cuando estábamos juntos, mi mujer me acusaba de tener un temperamento religioso. No me importa llamarlo así, puesto que la red de la que hablo religa o une lo disperso y le otorga un sentido". Este carácter religioso de la escritura intenta responder a una carencia: la de sentir el paso estéril del tiempo. El personaje que cuenta la historia llora y no tanto por la irremediable cadencia del tiempo sino porque éste se agote en un mezquino fluir. "Se puso a llorar de cara a la ventana. No era un llanto espectacular. La chica ni siquiera lo advirtió. Lloraba, pues como un condenado a muerte después de haber agotado todos los recursos administrativos y todas las reservas de fortaleza emocional, lloraba con idéntica resignación con la que se producen algunos acontecimientos atmosféricos (...) Se lloraba por una cosa y por su contraria, por el frío o por el calor, por la escasez o por la abundancia, pero sobre todo se lloraba por el tiempo, por el paso del tiempo que reducía todo no a su ceniza, lo que habría implicado alguna clase de grandeza, sino a una forma de existencia miserable, ruin, menesterosa". El narrador realiza un ejercicio titánico, el de intentar superponer una fábula a la realidad que sólo encuentra ruin y menesterosa. Y por titánico, imposible como el mismo narrador reconoce al final: "Me da un poco de vergüenza esta expresión, verdad fundamental, pero para qué vamos a engañarnos, creo que no he buscado otra cosa en la vida que una verdad fundamental. Lo que no había previsto, conscientemente al menos, es que Fina (o Luz Acaso) utilizara mis confidencias para tejer una trama, en la que Álvaro y yo quedaríamos enredados también como dos cordeles dentro de un bolsillo". Es como si la fabulación ignota fuese anterior a la historia. El protagonista de la novela, Álvaro Abril, es un escritor que obtuvo éxito con la publicación de El parque, pero en el presente de la narración se encuentra agotado y sin ideas, imparte clases en un taller literario, está convencido de que no ha encontrado su territorio y no sabe a dónde pertenece, no sabe de quién es hijo. El argumento de la novela de Álvaro Abril expone el drama de un grupo de adolescentes que se refugian en un espacio conocido, y cuando uno de ellos decide romper las barreras de un espacio que esclaviza no encuentra más que la nada: "Contaba la historia de un grupo de muchachos que se reunían a beber cerveza y a fumar p
Así, la novela se va convirtiendo en una serie de cajas chinas, de relatos dentro de la narración que, partiendo de la confusión, engendran más confusión. Primero el periodista que realiza un reportaje sobre la adopción, que además es narrador de una historia sobre la búsqueda del origen, y sufre por no saber si es adoptado, después Álvaro Abril. A su vez los dos se sienten insertos en otra red, la tejida por Luz Acaso - cuyo nombre naturalmente es simbólico -. Este personaje femenino asiste a las clases de A. Abril para aprender a construir un personaje. De hecho Luz Acaso ha hecho un personaje de sí misma, además de urdir una red: "...Al recordar que Álvaro Abril daba clases en Talleres Literarios sobre la construcción del personaje, pensé que Luz Acaso había l evantado magistralmente el suyo: como Penélope, deshacía por las noches la identidad que tejía durante el día. De este modo, siempre era la misma y siempre era distinta. Así nos hacemos también las personas reales: en una contradicción permanente con nuestros deseos. Damos la vida por lo irreal y desatendemos lo real. Amé a quienes no tuve y desamé a quien quise, decía Vicente Aleixandre, creo, uno de los pocos poetas que he leído con provecho" ). Pero Luz Acaso no se conforma con hacer un personaje de sí misma, intentará enlazar a los personajes entorno en un espacio imaginario: Praga, naturalmente, no hace referencia a la ciudad europea sino a una casa de Madrid: "Luz acaso vivía en María Moliner, una calle estrecha, de casas antiguas (...) Aún siendo oscura, la casa resplandecía con un fulgor misterioso, semejante al que producen las luciérnagas en las médulas de la noche". Allí construirá un refugio para seres que huyen de la realidad y se inventan ficciones alternativas. De hecho, la segunda mujer de Praga es María José que vive fingiendo ser tuerta, una manía que se convierte en modus vivendi para oponerse a todo y a todos; además intenta vivir como los zurdos porque así se opone a toda norma: "Me fascináis los zurdos, de verdad porque tenéis que aprender a vivir en un mundo hecho por diestros, en un mundo al revés en cierto modo. Vuestra vida es una obra de arte, sobre todo si pensamos que desde que os levantáis hasta que os acostáis no hacéis otra cosa que enfrentaros a la norma, al patrón, al canon".
Texto: Guadalupe Arbona Abascal |