Número 33, octubre 2002

MILLÁS, Juan José,
Dos mujeres en Praga
Espasa-Narrativa, Madrid, 2002

Cuentan los griegos en la Iliada cómo vencieron a los troyanos, otros contaron que Aníbal al frente de los cartagineses puso en una difícil tesitura a Roma, en España se supo que el Cid venció a los moros en Valencia, y hace poco también se contó cómo Frodo desafió a Mordor y a los jinetes negros en El señor de los anillos... y, sin embargo, hoy ocurre algo que nunca había pasado, en la Europa de principios del XXI hay no poca literatura cuya enemiga es la realidad, la hostilidad ya no posee un rostro, el adversario ya no es un ejército, ni siquiera un temor, una ideología o un obstáculo... sino que se escribe para luchar contra la realidad. Ahora bien, se debe aclarar una posible objeción, se podría decir que la literatura siempre crea mundos irreales y es cierto, pero no es eso a lo que me refiero, sino a esa literatura que tiene como tema la negación de lo real.

Ejemplo de ello es uno de los libros más vendidos de este año. Seguro que a ninguno de los lectores le extraña el título de la última novela de Juan José Millás, Dos mujeres en Praga. La novela lleva desde abril de este año entre las listas de los más vendidos, ha obtenido el Premio Primavera de 2002 y ha sido una de las propuestas de lectura de verano más insistentes. Además el autor tampoco es desconocido, su presencia es frecuente en los medios del grupo de comunicación Prisa - ya sea con sus artículos en el de contraportada del diario El País, o con sus relatos en el suplemento literario Babelia o con sus colaboraciones en la Cadena Ser-.

Dos mujeres en Praga es una novela de enredo. El enredo tejido por una complicada red de fábulas mentirosas y que procede de un punto de partida común: el miedo y la rabia por un origen desconocido. Todos los personajes urden historias para ocultar la inseguridad de no saber de quién son hijos. Además las historias, verdaderas o inventadas, se van insertando unas dentro de otras, el lector va de una historia a otra sin llegar nunca a saber si lo que se narra, las historias encadenadas y los personajes fueron o son verdad dentro de la verdad propia de la ficción.

Para ello, Millás ha construido una trama en la que todos los personajes son fabuladores. Dos escritores: el periodista y narrador de la historia y Álvaro Abril, un escritor agotado. Además, las dos mujeres que dan título a la novela, es decir, que habitan en este espacio imaginario llamado Praga, no son escritoras pero sí fantasean sobre sus vidas y sobre la de aquellos que las rodean: Luz Acaso (o Fina, a escondidas) es una enigmática viuda que ensarta historias y peripecias como en una malla y la hermosa María José que, aburrida, se construye una leyenda de sí misma para defenderse de la realidad. Cada uno de los personajes que hacen esta novela están marcados por la incertidumbre de su origen y pergeñan, como paliativo, sus construcciones imaginarias. Ficciones que se superponen, se ocultan, hallan puntos de intersección o incluso se contradicen... se trata de un juego tenso de fábulas en el que el origen se ha perdido.

Así, el tema que estructura el texto es la extrañeza en las relaciones y, especialmente, el desconcierto respecto a la relación fundamental: la paternidad. Las criaturas de Millás ignoran su identidad, se creen bastardos, se descubren adoptados o consideran sus existencias huérfanas y comienzan desde su confusión a enhebrar mentiras que oculten sus vidas rotas. Tanto la niebla en la que viven como el esfuerzo por construir su historia los liga en una malla de relaciones. Una red espesa y compleja, a la vez que arbitraria y caprichosa. Veamos más despacio algunos de sus hilos.

Millás ha dejado en manos de un narrador vicario el trabajo de escudriñar los hilos de la tela. Se trata de un periodista que considera su escritura como la búsqueda del hilo central de una confusa red: "Yo, entretanto, trabajaba en un reportaje sobre la adopción. Tengo la flaqueza de atribuir a la casualidad una intención oculta. Quizá el mundo se sostiene sobre una red invisible de casualidades. Si un fragmento de esa red queda al descubierto ante tus ojos, cómo evitar la tentación de tirar del hilo. Cuando estábamos juntos, mi mujer me acusaba de tener un temperamento religioso. No me importa llamarlo así, puesto que la red de la que hablo religa o une lo disperso y le otorga un sentido". Este carácter religioso de la escritura intenta responder a una carencia: la de sentir el paso estéril del tiempo. El personaje que cuenta la historia llora y no tanto por la irremediable cadencia del tiempo sino porque éste se agote en un mezquino fluir. "Se puso a llorar de cara a la ventana. No era un llanto espectacular. La chica ni siquiera lo advirtió. Lloraba, pues como un condenado a muerte después de haber agotado todos los recursos administrativos y todas las reservas de fortaleza emocional, lloraba con idéntica resignación con la que se producen algunos acontecimientos atmosféricos (...) Se lloraba por una cosa y por su contraria, por el frío o por el calor, por la escasez o por la abundancia, pero sobre todo se lloraba por el tiempo, por el paso del tiempo que reducía todo no a su ceniza, lo que habría implicado alguna clase de grandeza, sino a una forma de existencia miserable, ruin, menesterosa".

El narrador realiza un ejercicio titánico, el de intentar superponer una fábula a la realidad que sólo encuentra ruin y menesterosa. Y por titánico, imposible como el mismo narrador reconoce al final: "Me da un poco de vergüenza esta expresión, verdad fundamental, pero para qué vamos a engañarnos, creo que no he buscado otra cosa en la vida que una verdad fundamental. Lo que no había previsto, conscientemente al menos, es que Fina (o Luz Acaso) utilizara mis confidencias para tejer una trama, en la que Álvaro y yo quedaríamos enredados también como dos cordeles dentro de un bolsillo". Es como si la fabulación ignota fuese anterior a la historia.

El protagonista de la novela, Álvaro Abril, es un escritor que obtuvo éxito con la publicación de El parque, pero en el presente de la narración se encuentra agotado y sin ideas, imparte clases en un taller literario, está convencido de que no ha encontrado su territorio y no sabe a dónde pertenece, no sabe de quién es hijo. El argumento de la novela de Álvaro Abril expone el drama de un grupo de adolescentes que se refugian en un espacio conocido, y cuando uno de ellos decide romper las barreras de un espacio que esclaviza no encuentra más que la nada: "Contaba la historia de un grupo de muchachos que se reunían a beber cerveza y a fumar porros en un parque cercano a su instituto. El grupo les protegía del mundo al precio de no dejarles crecer. La novela relataba las tensiones que se establecen entre el grupo y el protagonista - un chico de dieciocho años llamado Álvaro: igual que el autor - cuando éste decide convertirse en un individuo. Hay un momento espléndido, en el que el adolescente se contempla a sí mismo y a los otros y se dice : "yo no soy de aquí" sin que por ello sepa a dónde pertenece (...) es al mirarse en ese grupo cuando el protagonista de la novela decide huir, aunque no ve otra dirección que la de ninguna parte, pues no es hijo de nada ni de nadie". En cierto modo la historia de Abril coincide con la de su protagonista. A estas intersecciones entre los diferentes niveles de ficción se suman las de la carta - ¿o es un cuento? - de Abril a su madre ("Entonces me pregunté qué clase de carta escribiría y a cuál de todas mis madres: ¿a la imaginaria?, ¿a la real?, ¿a la soñada?, ¿a la muerta?, ¿a la viva?") pero además de no saber si el destinatario es real o no, en la epístola se juega con briznas de verosimilitud sobre una relación truncada con su madre.

El proceso de lectura de esta novela es también comparable al juego de las cajas chinas cuya apertura enciende la curiosidad y el deseo; se van abriendo ante la vista escudriñadora hasta llegar a la más pequeña, la que debería devolvernos el tesoro precioso, pero al llegar a ella sólo encontramos la nada. Por eso la novela Dos mujeres en Praga, como el conjunto de las cajas chinas, revela el más terrible y doloroso de los juegos, es decir, la negación de la realidad, pero al negar la realidad, niega también la verdad de la ficción.

Así, la novela se va convirtiendo en una serie de cajas chinas, de relatos dentro de la narración que, partiendo de la confusión, engendran más confusión. Primero el periodista que realiza un reportaje sobre la adopción, que además es narrador de una historia sobre la búsqueda del origen, y sufre por no saber si es adoptado, después Álvaro Abril. A su vez los dos se sienten insertos en otra red, la tejida por Luz Acaso - cuyo nombre naturalmente es simbólico -. Este personaje femenino asiste a las clases de A. Abril para aprender a construir un personaje. De hecho Luz Acaso ha hecho un personaje de sí misma, además de urdir una red: "...Al recordar que Álvaro Abril daba clases en Talleres Literarios sobre la construcción del personaje, pensé que Luz Acaso había l

evantado magistralmente el suyo: como Penélope, deshacía por las noches la identidad que tejía durante el día. De este modo, siempre era la misma y siempre era distinta. Así nos hacemos también las personas reales: en una contradicción permanente con nuestros deseos. Damos la vida por lo irreal y desatendemos lo real. Amé a quienes no tuve y desamé a quien quise, decía Vicente Aleixandre, creo, uno de los pocos poetas que he leído con provecho" ).

Pero Luz Acaso no se conforma con hacer un personaje de sí misma, intentará enlazar a los personajes entorno en un espacio imaginario: Praga, naturalmente, no hace referencia a la ciudad europea sino a una casa de Madrid: "Luz acaso vivía en María Moliner, una calle estrecha, de casas antiguas (...) Aún siendo oscura, la casa resplandecía con un fulgor misterioso, semejante al que producen las luciérnagas en las médulas de la noche". Allí construirá un refugio para seres que huyen de la realidad y se inventan ficciones alternativas. De hecho, la segunda mujer de Praga es María José que vive fingiendo ser tuerta, una manía que se convierte en modus vivendi para oponerse a todo y a todos; además intenta vivir como los zurdos porque así se opone a toda norma: "Me fascináis los zurdos, de verdad porque tenéis que aprender a vivir en un mundo hecho por diestros, en un mundo al revés en cierto modo. Vuestra vida es una obra de arte, sobre todo si pensamos que desde que os levantáis hasta que os acostáis no hacéis otra cosa que enfrentaros a la norma, al patrón, al canon".

Al final de la novela este recurrente esfuerzo por inventarse la realidad se convierte en la espiral trágica de la novela de Millás; a medida que uno se interna en su texto intentando descubrir su "verdad fundamental" - como el narrador - se enreda en la multitud de historias a las que atender. Las fábulas se deforman como en un complejo juego de espejos donde la imagen primigenea se ha perdido. El proceso de lectura de esta novela es también comparable al juego de las cajas chinas cuya apertura enciende la curiosidad y el deseo; se van abriendo ante la vista escudriñadora hasta llegar a la más pequeña, la que debería devolvernos el tesoro precioso, pero al llegar a ella sólo encontramos la nada. Por eso la novela Dos mujeres en Praga, como el conjunto de las cajas chinas, revela el más terrible y doloroso de los juegos, es decir, la negación de la realidad, pero al negar la realidad, niega también la verdad de la ficción. O es que es satisfactorio el final de cada una de los hilos de la red: cabe preguntarse si se responde al deseo de Álvaro - esa ardiente aspiración de saber a quién pertenece - con ese espacio imaginario, un piso en Madrid al que llaman Praga; si María José puede acallar su afán de novedad tapándose un ojo; y si el narrador halla respuesta a su ansia de sentido en este enjambre de vidas deshechas. Las respuestas tienen un carácter funambulesco y, desde luego, son poco proporcionadas a las necesidades.

Texto: Guadalupe Arbona Abascal