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Querido compañero: Ahora que han pasado tantos años, que han pasado tantas gentes. Ahora, cuando llego al final, es cuando me siento más solo que nunca. Dicen que he dicho que el que sirve a una revolución es como el que ara en el mar, pero yo ya no lo recuerdo. No recuerdo nada de revoluciones, batallas, victorias o derrotas, tan sólo la recuerdo a ella. Tu no llegaste a conocerla, casi nadie llegó a conocerla porque apenas si vivió diez meses a mi lado, mis únicos diez meses. Pero sí me entenderás cuando te digo que era la más bella de todas las mujeres, tan bella como sólo pueden serlo las mujeres de Madrid. Tú también has vivido en Madrid y sabes de qué te hablo.
Me cansé de tanta corte madrileña, de tanta sonrisa falsa y regresé a Venezuela para vivir tranquilo y en paz, pero enterré a Teresa en Caracas, y volví a Madrid con la esperanza de encontrarla de nuevo, pero no la encontré, ya jamás encontré a ninguna Teresa. Viajé a París borracho de soledad, y allí vi con mis propios ojos como Napoleón se autocoronaba Emperador de La France en Notre Dame. Después vino Roma y el estudio de su gobierno republicano, una obsesión para libertar a América de los españoles a los que ahora odiaba, una obsesión para libertarme de mis fantasmas. Tu aún amabas a España y la defendiste con tu querida espada contra los franceses en Bailén, Arjonilla y Albuera, y llegaste a coronel, y llegaron con tu ayuda a vencer a Napoleón. Pero hasta a ti también llegó el aroma de la liberación de tu propio país, quizás viste demasiada sangre, demasiada injusticia, quién sabe. Te escribo a ti, viejo compañero, que no viejo amigo, porque creo que nuestras vidas fueron tan paralelas que hablar contigo es hablar conmigo. Tú, José San Martín, El Pacificador, yo, Simón Bolívar, El Libertador. Tú echando a los españoles desde el sur, yo empujándolos desde el norte. Lamento, no sabes cuánto, haber sido tan presumido contigo cuando nos encontramos aquella única vez en Guayaquil, ¿recuerdas?, cómo ibas a olvidarlo, fue aquel espantoso verano del 22, donde el calor causaba más bajas que los españoles. Allí decidimos el destino del Continente sin decirle nada a nadie, solos, tú y yo. Tú generoso y soñador, yo ambicioso y sin escrúpulos, con el corazón roto desde siempre. Decidimos plantarle cara a Fernando VII, aquel rey tan estúpido como su padre, pero mucho más cruel. Y hablamos de Madrid, de sus calles empedradas, de los coches de caballos, y de sus mujeres, mujeres de piel blanca sin curtir bajo el sol, mujeres como Teresa. Mi Teresa. El destino estaba marcado y nuestras vidas también. Tú volviste a Argentina, pero ya nadie confiaba en ti. Yo conquisté Perú, y a punto estuvieron de hacerme Emperador como a Napoleón, y a punto estuvieron de cortarme la cabeza poco después. Así es la vida. Me dijeron que volviste a Europa. Primero a Bélgica, después París y que ahora vives retirado en Boulogne-sur-Mer, gracias a la generosidad de un español llamado Alejandro Aguado, Marqués de las Marismas del Guadalquivir, amigo de los de verdad, de cuando la guerra contra los franceses, y que sólo te queda tu espada y el estandarte que portó Pizarro en la conquista. Ya es más de lo que yo poseo, que no tengo nada, excepto la amistad de otro español llamado Joaquín Mier, que me ha permitido quedarme aquí a esperar una muerte que siento no está muy lejos. Espero que la muerte te llegue tarde, y que la soledad no te llegue nunca. De qué sirve hacer una revolución cuando estás solo. De qué sirve vivir cuando no está ella. Se despide hasta siempre, tu compañero,
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