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Llamaron a la puerta con un golpe de nudillos y el silencio se rompió. - ¡Maestro! Hay que vestirse. - ¿Por qué? - Salimos para la plaza en una hora. - ¿Por qué? - Qué preguntas, maestro, qué preguntas. Extraña profesión -dijo entre dientes el matador incorporándose lentamente mientras veía su figura reflejada en el espejo. Y ya no dijeron más hasta que terminó el interminable ritual de meter el cuerpo en el rígido traje de luces verde y oro. El sol caía a plomo, era un falso sol estival como sólo la primavera de Madrid sabe hacerlo. Mirándose a los ojos en el espejo del armario se caló la montera hasta las cejas y estiró su chaquetilla con un tirón seco de ambas manos. - ¿Vamos, maestro? Y el maestro se dio la vuelta hacia la mesilla, y besó las estampitas y el retrato de su madre. - ¡Vamos! Él bajaba las escaleras a la cabeza de su cuadrilla. Firme, estirado, con el gesto serio y casi descompuesto, y el miedo comiendo las entrañas. Detrás, uno con las muletas, el otro con los capotes, y el último con las espadas de matar enfundadas en un estuche de cuero viejo. El paso era lento y silencioso hasta que llegaron a la puerta del Hotel Victoria que sale a la Plaza del Angel. Allí periodistas, fotógrafos, aficionados y curiosos, aplaudiendo al maestro, que se metió como pudo en el Ford negro que les estaba esperando. Dentro casi no se podía respirar, olía a muerte, y se apretaban demasiado los unos a los otros. El estómago estaba vacío y al llegar a la calle de Alcalá, dolía. El maestro miraba por la ventanilla. La gente caminaba arreglada de domingo en dirección a la plaza. Iban a ver la muerte. De la bestia o del hombre, del toro o el torero. Alguno debía morir. "Extraño país el nuestro, que hace de la muerte su Fiesta Nacional" pensaba durante el interminable paseíllo que le llevaba a matar o morir hasta las Ventas del Espíritu Santo. Un coliseo como tuvieron los romanos que ahora llamaban "La Monumental" y que inauguraron en el 31 Marcial Lalanda, Fortuna, Bienvenida y Villalta, jubilando así el antiguo coso de la calle Goya. - ¡Qué majadería señores! Colocar la plaza de toros a las afueras de Madrid -gritaba Ramón del Valle-Inclán desde su cátedra en el Café Lion. Un escalofrío recorrió el espinazo del matador cuando vio al gigante de ladrillo cocido emerger entre un puñado de casas pobres. - Suerte maestro, suerte -gritaban entusiasmados al verle llegar a la plaza. Al entrar, derecho a la capilla. Fuera un murmullo como de teatro esperando que se abra el telón y comience la farsa. Pero aquí no hay mentiras, el artista se juega la vida. Pánico suicida. Suenan los clarines, las cuadrillas en el callejón oscuro, en la barrera Hemingway, en las gradas, Valle, Lorca y Alberti. Cruzan la arena fresca precedidos de caballos y música de pasodoble. Miedo, fiesta, miedo. "Que sean toros buenos", piensan todos. Y sale por chiqueros el primero de la tarde. Y el matador vestido de verde y oro lo recibe a porta gayola, de rodillas, esperando que el sol no ciegue al toro y pueda ver el trapo y no lo confunda con su cuerpo, y todo acabe antes de empezar. Silencio de muerte. El capote acaricia el lomo y su divisa y el toro pasa y el público agradece el valor con el aplauso. Y los dos, hombre y bestia, dan lo mejor que tienen en una tarde de falso sol de verano. Muere el toro, vence el hombre. El arte por el arte, el arte por la muerte, el arte por la vida. "Extraño país el nuestro" piensa de nuevo el matador cuando sale a hombros por la puerta grande, ya sin miedo pero jurándose no volver jamás a enfrentarse a un toro, hasta mañana, que volverá a salir de la habitación de cualquier hotel después de besar el retrato de su madre. Mañana ya habrá tiempo para volver a sentir miedo. La fiesta continúa. Texto: José Cabanach |