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LA MUERTE ESCAMOTEADA
César Vidal
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Cuando yo era niño - y de eso no hace tanto tiempo- todos sabían que iban a morir. Era común que los abuelos vivieran en casa y aparte de que se asistía con naturalidad a su envejecimiento, por lo general bastante activo, formaba parte de lo cotidiano el saber que la gente moría. No sólo morían ellos por supuesto. En la mente de mi abuela Remedios estaba tan
claro el recuerdo de las personas fallecidas de hambre o enfermedades tan
sólo unos años atrás que la insistencia para que yo
comiera estaba muy relacionada con el temor a que contrajera alguna enfermedad
-tuberculosis, anemia- que me arrancara de este mundo. Creo que
precisamente porque la muerte formaba parte de la realidad cotidiana no pocos
de los comportamientos diarios estaban marcados por esa consciencia. Resultaba
obvio que la muerte podía sorprender a todos en cualquier momento y que
por ello había que tener presente que, dado que esta vida no era la
única, en cualquier instante se podía comparecer ante Dios que
nos juzgaría. Las cosas -no cabe duda- han cambiado mucho
desde mi infancia y uno de los cambios más significativos es la
negación de la muerte. No sólo es que la gente no muere - y
si muere es otra que nadie tiene que ver con nosotros - sino que incluso
asistimos a un meticuloso borrado de huellas de que la muerte existe. Los
ancianos han desaparecido para convertirse en una difusa tercera edad en que
incluso se les obliga a vivir de una manera hasta ahora impensable; el
envejecimiento natural es opacado con el uso de cremas, maquillajes o incluso
bisturíes del cirujano plástico y, por supuesto, la idea de que
haya que responder de esta vida ante Alguien es apartada con una enorme
incomodidad que afecta incluso a los creyentes. Ha señalado David
Burt en un lucidísimo libro escrito precisamente tras estar a un paso
de la muerte, que no pocas de las personas que niegan la trascendencia en realidad
desean apartar el miedo a un juicio divino. Comparto en buena medida ese juicio
que explica, por ejemplo, el odio con que se ataca el cristianismo a la vez que
se es indiferente o se coquetea con el hinduísmo o el islam. Con todo,
me parece fatalmente errónea la estrategia del avestruz de tantos
contemporáneos consistente en creer que el no mencionar la muerte la
saca de nuestra existencia. El mensaje del Evangelio reconoce la realidad de la
muerte, su carácter terrible y angustioso, pero frente a esa situación
ni calla ni mira hacia otro lado. Por el contrario, anuncia que la muerte fue
vencida por Jesús en su resurrección, que un
día El vendrá para juzgar a vivos y muertos y que debemos estar
preparados para tan gozosa perspectiva. No neguemos por ello la realidad.
Afirmémosla y con ella anunciemos la esperanza alegre de la
resurrección para vida encerrada en Jesús de Nazaret. Comportarse
de otra manera es simplemente meter la cabeza debajo de tierra.
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