Número 34, noviembre 2002


LA MUERTE ES EL FINAL DEL CAMINO, ¿O NO?

Dedicamos un número especial de Calibán al tema de la muerte. Y no lo hacemos con ese morbillo que nos invita a asomamos con excitación a las lápidas de los cementerios, o porque nos gusta leer las rimas de Béquer paseando entre esos cipreses que tienen talle de esqueletos, o porque nos dejamos las pestañas consumiendo un domingo sí y otro también mucho cine gore, o porque la güija nos pone, o nos van las historias de los difuntos que vienen a visitarnos(...) sino que nos apetecía echar algunas páginas sobre un tema que, en su densidad, pasa tan inadvertido como Ben Laden por Afganistán (si es que sigue allí).

Este verano se nos marchó Chillida al otro barrio y nos dejó su fe grabada en cientos de hierros. Él decía que leyó alguna vez un aserto, adagio o frasecilla curiosa que le hizo mucho que pensar: "La razón, cuando se pregunta por la muerte, nos dice que con ella acaba todo. Sin embargo, cuando la razón se interroga a sí misma nos dice que es limitada, entonces la razón nunca nos podrá decir con seguridad que con la muerte todo se termina". Es verdad, si uno exprime la razón descubrirá que es frágil como un niño sin abrigo en pleno invierno. Jamás podrá facilitarnos una respuesta cumplida de las cuestiones que nos ponen los pelos de punta: el amor a una madre, la muerte, el encuentro con el enamorado, con la enamorada, la belleza del amarillo de Van Gogh(...) La razón por sí sola (la razón racionalista, la que se basta a sí misma, la madrastra que mira de soslayo a todo lo demás) llega a un punto en el que se vuelve loca porque no sabe por dónde tirar, y cuando llega a la laguna Estigia ve que no hay barca a la vista ni sabe nadar. Por eso, de la muerte hemos hecho un juguete. Más que pedirle con urgencia una respuesta, a la muerte ya no le hacemos preguntas, la aderezamos con bromas, silencios u obsesiones. Es más, a veces suena políticamente correcto enredarse en una "cultura de la muerte". Sin ir más lejos, este verano aparecía en un artículo de un semanario cultural de un periódico de gran tirada todo un homenaje al suicidio del escritor y periodista Arthur Koestler, cuya decisión, se decía, fue un "acto heroico". Otra semana, y en otro medio, se hizo todo un despliegue informativo de escritores malditos, un homenaje a aquellos que optaron por la muerte como solución desesperada a sus fracasos y miedos personales. El homenaje no nacía de la calidad literaria de los mismos sino de la decisión de meter la cabeza en el horno, pegarse un tiro o tirar de la soga. A José Luis Alvite, uno de los columnistas españoles más prestigiosos, sólo le queda pedir socorro en sus artículos de La Razón. En agosto, dijo a sus lectores que le quedaba poco tiempo de vida, que se encontraba más sólo que un perro apaleado y que le llueve la nostalgia de una muerte querida. Cultura de la muerte, cultura de la muerte.

Es interesante escaparse a Roma de vez en cuando, siempre que las pelas no lo impidan, para pasearse por las catacumbas que se ubican en las afueras de la ciudad y detenerse en esas expresiones de arte paleocristiano en las que, sin un desarrollo pictórico magnífico (ni falta que hace) aparecen escenas de la vida cotidiana de los primeros cristianos. Si en las inscripciones funerarias romanas y griegas duerme ese magma latente de la desesperación, porque las miradas se pierden entre las manos y los rostros, y en esas piedras milenarias la muerte se muestra como un lugar definitivo y aterrador, en las pinturas cristianas observamos que las manos están alzadas, que las miradas tienen un tiro hacia lo alto, los rostros resplandecen(...) está claro que a los cristianos la muerte les hacía pupa, no iba a ser menos, no eran carne de Crónicas marcianas o bichos raros, ¿cómo les iba a dejar indiferentes el fallecimiento de un crío de dos años que acababa de caerse a una zanja?, pero guardaban en sus vidas una respuesta de más allá que podía sonar en su tiempo a chacota o ser el fruto de una locura colectiva. Pues esa locura colectiva es la que ha heredado nuestra Europa del siglo XXI, está en sus raíces y en ella nos anclamos. Esa novedad de que la muerte es un humo negro, que tan pronto viene se disipa, la hemos heredado de nuestros primeros padres cristianos y ahí tenemos a Chillida, que asumió en hierro y en materiales no perecederos, esa certeza de que el hombre vivo siempre vive y aguanta (como su Peine del viento) las espumas de los mares; que el hombre es mucho más que el hombre y que hay una respuesta definitiva ante el interrogante sobre la muerte.