Dedicamos un número especial de Calibán al tema de la muerte. Y no lo hacemos con ese morbillo que nos invita a asomamos con excitación a las lápidas de los cementerios, o porque nos gusta leer las rimas de Béquer paseando entre esos cipreses que tienen talle de esqueletos, o porque nos dejamos las pestañas consumiendo un domingo sí y otro también mucho cine gore, o porque la güija nos pone, o nos van las historias de los difuntos que vienen a visitarnos(...) sino que nos apetecía echar algunas páginas sobre un tema que, en su densidad, pasa tan inadvertido como Ben Laden por Afganistán (si es que sigue allí).
Es interesante escaparse a Roma de vez en cuando, siempre que las pelas no lo impidan, para pasearse por las catacumbas que se ubican en las afueras de la ciudad y detenerse en esas expresiones de arte paleocristiano en las que, sin un desarrollo pictórico magnífico (ni falta que hace) aparecen escenas de la vida cotidiana de los primeros cristianos. Si en las inscripciones funerarias romanas y griegas duerme ese magma latente de la desesperación, porque las miradas se pierden entre las manos y los rostros, y en esas piedras milenarias la muerte se muestra como un lugar definitivo y aterrador, en las pinturas cristianas observamos que las manos están alzadas, que las miradas tienen un tiro hacia lo alto, los rostros resplandecen(...) está claro que a los cristianos la muerte les hacía pupa, no iba a ser menos, no eran carne de Crónicas marcianas o bichos raros, ¿cómo les iba a dejar indiferentes el fallecimiento de un crío de dos años que acababa de caerse a una zanja?, pero guardaban en sus vidas una respuesta de más allá que podía sonar en su tiempo a chacota o ser el fruto de una locura colectiva. Pues esa locura colectiva es la que ha heredado nuestra Europa del siglo XXI, está en sus raíces y en ella nos anclamos. Esa novedad de que la muerte es un humo negro, que tan pronto viene se disipa, la hemos heredado de nuestros primeros padres cristianos y ahí tenemos a Chillida, que asumió en hierro y en materiales no perecederos, esa certeza de que el hombre vivo siempre vive y aguanta (como su Peine del viento) las espumas de los mares; que el hombre es mucho más que el hombre y que hay una respuesta definitiva ante el interrogante sobre la muerte. |