Hace bien poco tiempo, una pareja de
la antigua edición de Gran Hermano salió en Crónicas Marcianas contando su caso. Los dos se habían
enamorado atropelladamente, como si de actores de comedia americana se tratara,
y se habían jurado amor eterno. Fruto del asunto fue que ella se
había quedado embarazada, pero la cosa se rompió inesperadamente,
y se rompió además sin tragedias ni desguaces interiores, se
rompió como si hubieran decidido ir al cine en vez de al teatro, sin
desgracias personales, como cuando deja de llover y uno dice "menos
mal que el sol ha vuelto a salir".
Pues cuando a Rilke se le
marchó la mujer de su vida se quedó sumido en una desgracia sin
cuento, todo se precipitó a su alrededor, se le nubló la vista y
escribió un maravilloso documento cuyo protagonista es el dolor. Porque
cuando uno entrega su corazón a alguien no ofrece una porción de
sí mismo sino hasta los pliegues de su alma. Rilke, en El testamento dice que "todo lo que me rodea me ha
pertenecido a través del oído", porque al oído le llegaba la voz de la enamorada, el
sonido de su presencia y su pertenencia, "estábamos unidos para
que el silencio pudiera subsistir entre nosotros", "el rostro de ella vino a ser
el futuro: a través de los ojos de ella miraba hacia lo abierto", "¿debo llamarme por
siempre desgraciado porque no puedo tomar el amor tan a la ligera como para
arrancar de él una elevación de mis facultades?". Rilke sabía que era incapaz de tomarse
el amor a la ligera, porque como ser humano se ve imposibilitado para abaratar
lo que de por sí no tiene precio. Por eso, en esta obrita maravillosa
juzga duramente a los que promueven ese lanzamiento del corazón que se
agota en el abrazo, en la aceleración del encuentro, en la impaciencia
de la posesión del amante, y exalta la posición de peregrino de
todo verdadero enamorado, la del buscador que encuentra y no agota, que halla y
sigue buscando. "Vivir en los abrazos - dice - sólo puede hacerlo quien pueda
morir en ellos. Porque el abrazo por
el abrazo lleva en sí mismo la flor de la corrupción, el
éxtasis del amor físico conduce rápidamente a la cima de
una montaña pero enseguida arrastra al abismo. En cambio, cuando uno
pone toda la carne en el asador y se ha jugado la propia vida en el amor
entonces descubre quién es el ser humano.
Así, El testamento de Rilke es una obra cuyo protagonista es el desconsuelo de ese amor
auténtico que se evaporó. Sólo recomendable para
auténticos enamorados.