Número 34, noviembre 2002

Emily Dickinson
Editorial Hiperión

    Tiene gracia que siendo la poetisa más importante de Norteamérica no hayamos leído todavía nada de ella, ni siquiera No puedo vivir contigo, unos versos amorosos de pelos de punta. Hiperión nos pone al alcance de la mano una selección de los poemas más representativos de la escritora de Massachussetts. Una mujer rara, curiosa, honda, vulnerable. Una artista de la cabeza a los pies que tenía miedo de la gente, por eso se refugiaba en su hogar y no salía de él ni para visitar a los vecinos colindantes. Pero le bastó la aventura de meterse en su alma para descubrir ese punto de unión entre hombres y mujeres y así labrar una poesía universal.

    Su religiosidad se empañó de puritanismo debido a ese ambiente insalubre que se adhería a las puertas y ventanas de su pueblo natal y que hacía pecaminoso todo lo que sonara extraño a la comunidad. Sin embargo, la joven Emily tuvo la sensatez suficiente como para diseccionar su hambre de Dios del duro normativismo de aquellas leyes claustrofóbicas. Su relación con Dios no era de "espera milagrera", le entusiasmaba la finura casi insignificante de las cosas de Dios en el mundo, de ahí que dijera: "Mi fe, que adora la Oscuridad", "Sabré por qué - cuando finalice el Tiempo y haya dejado de preguntarme por qué - Cristo me explicará cada angustia por separado". Sus piezas son pequeñas obras maestras de grandes batallas libradas en el alma: las batallas de las humillaciones, las impotencias, las necesidades, las incomprensiones(...) Y una mujer que quiere expresarse en verso, en verso siempre, "me encierran en la prosa igual que de niña me encerraban en el armario, para tenerme callada, ¡callada!".

José Luis Olaizola
Editorial Temas de hoy

    José Luis Olaizola tiene la suerte de conocer al dedillo la historia de Iberoamérica. Ya ha hecho incursiones en la jungla americana en otras obras con Pizarro, Cortés y Bartolomé de las Casas como protagonistas. En este caso, nos narra la aventura de Juan Sebastián Elcano y su periplo por el mundo entero. La novela tiene un tono muy del XVI, con ese corte capitular del castellano antiguo, escrito en primera persona por el hombre de confianza de Magallanes y posteriormente de Elcano. Para qué nos vamos a engañar, uno está deseando que el autor nos narre las aventuras en alta mar desde la primera línea, pero no lo hace, se recrea más bien en el perfil del ayudante, Mateo Zubileta, sus amores y sus primeros contactos con los capitanes de los distintos barcos. Olaizola se entretiene demasiado en el arranque pero sale airoso del envite literario porque el sonido de la obra tiene los ecos de aquellos tiempos y enseguida cumple con el propósito de entretener.

    Esta biografía tiene la virtud de ajustarse a la historia con interés milimétrico, así lo ha manifestado su autor en otras ocasiones. En este caso, asistimos a los conflictos de autoridad entre los mandos de los distintos barcos y su relación con la nao capitana, pero más interesante resulta la descripción de los personajes, sin concesiones al maquillaje de la dulcificación, sino mostrando la crudeza de sus intereses al tiempo que su fe y sus hondos sentimientos. Delicioso resulta el personaje de Martichu, la enamorada de Zubileta, una mujer muy de su tiempo y temperamental como pocas, "si el tiempo era calmo y lucía el sol se quedaba adormecida. Y si venía tormenta se encendía de entusiasmo y ofrecía su cara al viento y a las olas, y también daba gracias a Dios porque era muy religiosa y en todo veía su mano providencial". Un libro muy completito que nos lleva del cabo de las Agujas a las islas de San Lázaro sin movernos del salón de casa.