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Emily Dickinson
Su religiosidad se empañó de puritanismo debido a ese ambiente insalubre que se adhería a las puertas y ventanas de su pueblo natal y que hacía pecaminoso todo lo que sonara extraño a la comunidad. Sin embargo, la joven Emily tuvo la sensatez suficiente como para diseccionar su hambre de Dios del duro normativismo de aquellas leyes claustrofóbicas. Su relación con Dios no era de "espera milagrera", le entusiasmaba la finura casi insignificante de las cosas de Dios en el mundo, de ahí que dijera: "Mi fe, que adora la Oscuridad", "Sabré por qué - cuando finalice el Tiempo y haya dejado de preguntarme por qué - Cristo me explicará cada angustia por separado". Sus piezas son pequeñas obras maestras de grandes batallas libradas en el alma: las batallas de las humillaciones, las impotencias, las necesidades, las incomprensiones(...) Y una mujer que quiere expresarse en verso, en verso siempre, "me encierran en la prosa igual que de niña me encerraban en el armario, para tenerme callada, ¡callada!". |
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José Luis Olaizola
Esta biografía tiene la virtud de ajustarse a la historia con interés milimétrico, así lo ha manifestado su autor en otras ocasiones. En este caso, asistimos a los conflictos de autoridad entre los mandos de los distintos barcos y su relación con la nao capitana, pero más interesante resulta la descripción de los personajes, sin concesiones al maquillaje de la dulcificación, sino mostrando la crudeza de sus intereses al tiempo que su fe y sus hondos sentimientos. Delicioso resulta el personaje de Martichu, la enamorada de Zubileta, una mujer muy de su tiempo y temperamental como pocas, "si el tiempo era calmo y lucía el sol se quedaba adormecida. Y si venía tormenta se encendía de entusiasmo y ofrecía su cara al viento y a las olas, y también daba gracias a Dios porque era muy religiosa y en todo veía su mano providencial". Un libro muy completito que nos lleva del cabo de las Agujas a las islas de San Lázaro sin movernos del salón de casa. |