A Imre Kertész le dieron este año el Nobel de Literatura. Escritor húngaro, nacido entre dos fuegos cruzados de horror: el nazismo y el comunismo. En 1944 los alemanes invadieron su Hungría natal y el escritor fue testigo de primera magnitud del exterminio de la población judía. En 1948, bien poco tiempo después, se inició la dictadura comunista. Kertész ha dicho que en sus obras trata de narrar la frágil experiencia del individuo frente a las barbáricas arbitrariedades de la historia. Nadie como él vivió tan de cerca la delgadez de ser hombre frente a ese buitre del mal que despliega sus alas negras. Padeció el espanto del campo de concentración de Auschwitz, y de aquel infierno nació la flor de la creación literaria y llegó ser fuente de inspiración de una de sus obras más conocidas, Sin destino, con la que se nos abrumará estos días con infinidad de nuevas ediciones, "con esta novela- dice el autor - yo mismo descubrí a un personaje: el hombre sin destino, un individuo que ha vivido bajo una dictadura y al que no se le permite tener una biografía continua".
La obra trata la historia de un niño de 14 años que es deportado a tres campos de concentración (Auschwitz, Buchenwald y Zeitz). Si Roberto Benigni nos habló en La vida es bella de un padre que quiere entretener a su hijo para que en ningún momento sepa que está un infierno donde se aniquila a la gente, la perspectiva de la obra de Kertész es también original. Koves, el protagonista no ha oído hablar jamás de los campos de concentración y no entiende lo que pasa, no entiende nada, toda una metáfora del porqué sobre el mal.
"Mi obra - son palabras del nuevo Nobel - es un compromiso conmigo mismo, con la memoria y con la humanidad". Desde aquí saludamos al nuevo galardonado, que no le hacía falta el Nobel para aupar su obra, pero ya que anda en boca de todos bien está que recordemos sus palabras, "mi obra es un compromiso con la humanidad". La memoria siempre recuerda las glorias que ensalzan la dignidad humana y las durezas que tienen que ser reparadas.