![]()
En todo tiempo y lugar el hombre se ha interrogado sobre si el velo de la muerte cierra una etapa y un camino o si, por el contrario, abre la vía a otro tipo de realidad distinta. La reflexión sobre el más allá siempre ha ido acompañada de un pensar sobre la muerte. Pero analizar la muerte no es tarea de la que uno tenga conocimiento personal y algunas experiencias clínicas que certifican procesos de resucitación de determinadas pacientes, no suelen arrojar luz sobre esa realidad que supera los límites estrictamente científicos. Sin entrar en consideraciones médicas o psicológicas, biológicas o culturales, pensar la muerte es experimentar la pérdida del otro. Aproximarse a la muerte es siempre una cuestión ajena, aunque nos interpela con fuerza sobre lo que a cada uno de nosotros nos acontecerá cuando llegue nuestra hora. La respuesta a este interrogante está siempre muy ligada a la visión que se tenga acerca del hombre. La visión sobre la muerte es correlato de la visión sobre la vida. Con aplastante, cuanto estéril, lógica, quien defienda una concepción antropológica en la que el hombre es un engranaje más, quizá mejor evolucionado, de la realidad material que le circunda, afirmará que su destino es la completa desaparición. A una vida sin sentido, absurda, corresponde una muerte sin futuro, una nada abisal. Es el drama de los modernos existencialismos, es la esencia de la frase de Heidegger cuando habla del hombre como de "un ser para la muerte", sin posible apertura transcendente. Es la tragedia de la angustia de Sartre, cuya náusea vital desemboca en un estéril infierno de imposible convivencia, que devora al hombre y lo aniquila. De las antropologías sin hombre y sin Dios no cabe sino esperar un fundirse la persona en el abismo del olvido sin memoria. Ni siquiera vale anhelar que la muerte se presente como liberación, pues el hombre de la angustia se ha agotado en su nihilista pasión de construir un mundo liberado de cualquier tipo de ataduras. Al hastío y sin sentido de tal muerte y de tal vida, se contrapone la certeza del que fía sus días de estancia en esta tierra a una vocación de transcendencia. El tiempo de vivencia se prolonga, con dialógica confianza, en instancias de eternidad. Tal hombre no procede en clave de prometeica actividad, sino en sintonía con la amorosa certidumbre de sentirse criatura para un destino de inmortalidad. Es la vida del creyente. "Lamento molestarte tanto, mi buena Margarita; pero más lamentaría tener que seguir así después de mañana, porque es la víspera de Santo Tomás y la octava de San Pedro. Yo espero irme mañana a Dios. Es un día muy apropiado y conveniente para mí. Nunca me gustó más tu comportamiento que cuando me besaste por última vez, pues me encanta el amor filial y el cariño sincero, a los que nada les importan los cumplidos mundanos". Así escribía Tomás Moro a su querida hija Margarita la víspera de ser ejecutado. Con indudable esperanza y no sin desgarro; con actitud plenamente humana y con sobrenatural visión. Ocuparse del encuentro con Dios y preocuparse de quienes van a quedar huérfanos de su presencia es un rasgo de total humanidad, ciertamente propio de quienes han sabido vivir la integridad de su condición de personas. ¿Acaso Cristo no se sintió dolido con la separación de su madre, hasta el punto de entregar su cuidado al discípulo más amado; acaso no encomendó su espíritu a las manos amorosas de su Padre?
La muerte, toda muerte de un creyente, presenta tal bifronte rostro: consuelo por el futuro que se acerca, desvelo por el horizonte que se pierde. Es el corte más radical y más profundo de la existencia humana. La muerte no se desea, la muerte llega; no se quiere perecer, se ansía seguir siendo de otro modo, inefable, para el que las palabras quedan escasas. El ser que somos se escinde y se separa. No es sólo que el cuerpo muera, cumpliendo con su ciclo y el alma inmortal siga viviendo, despojada del peso de la carne. Eso sería un platónico dualismo. Es que muere la persona, el yo que es cuerpo y alma sustancialmente inseparables. La muerte, en suma, sitúa al creyente no tanto frente a la luz de la inmortalidad del alma, sino ante el misterio de la resurrección; le proyecta, por extraño que parezca, ante la vida. La liturgia, que es expresión simbólica de densas realidades, ayuda a comprender este misterio tan hermoso, al comentar que "aunque la cer El rechazo de la muerte no es gratuito, ni una afirmación de rebeldía del hombre frente al destino inexorable. Sabemos que vamos a morir, pero este morir es una herencia que quisiéramos no haber recibido. "Aun cuando la muerte", dice el papa Juan Pablo II en su hermosa Carta a los Ancianos del año 1999, "sea racionalmente comprensible bajo el aspecto biológico, no es posible vivirla como algo que nos resulta natural. Contrasta con el instinto más profundo del hombre". El tránsito de esta vida anclada al legado del tiempo que marca la desobediencia de Adán, el pasar del espacio definido por el pecado original, a la realidad hermosa de la resurrección en Cristo, no deja de ser traumático. Este paso, añade el papa, con la legitimidad de su digna ancianidad, "presenta, en la condición humana marcada por el pecado, una dimensión de oscuridad que necesariamente nos entristece y nos da miedo. En realidad, ¿cómo podría ser de otro modo? El hombre está hecho para la vida, mientras que la muerte - como la Escritura nos explica desde las primeras páginas (Gn 2-3) - no estaba en el proyecto original de Dios, sino que ha entrado sutilmente a consecuencia del pecado, fruto de la "envidia del diablo" (Sb 2, 24). Se comprende entonces por qué, ante esta tenebrosa realidad, el hombre reacciona y se rebela". El propio Cristo, insiste el pontífice, tuvo "miedo ante la muerte" y pidió a su Padre que, si era posible, pasara de Él "esta copa". ¡Hermoso ejemplo al que agarrarse en el instante decisivo! Es Cristo quien introduce el profundo significado a nuestra historia personal y a la historia colectiva. Como principio y fin fundantes de nuestra existencia, plenifica el drama de nuestra muerte y restaura aquel orden diseñado por el Padre. "En Cristo, la muerte, realidad dramática y desconcertante, es rescatada y transformada, hasta presentarse como una "hermana" que nos conduce a los brazos del Padre", recuerda el papa. La muerte, sí, es un desgarro. Pero es la antesala necesaria para la resurrección. La pascua imprescindible para el renacer de la persona (cuerpo y alma indisolubles) a esa realidad inenarrable preparada por el Padre, que "ni ojo vio, ni oído oyó" y que se conjuga con todas las flexiones del verbo AMAR. Texto: Pablo Domínguez. Ilustración:Alejandra Díaz Font |