Número 35, diciembre 2002

Sólo por el olor se podía adivinar el nombre de la siguiente esquina, no necesitabas abrir los ojos para saber dónde pisaban tus pies. El perfume fresco de los adoquines recién regados, el aroma a embutidos que se escapaba por la puerta de Lhardy cada vez que un cliente entraba o salía de tomar una taza de caldo, y el viento cálido capaz de empañar los cristales de las gafas cada vez que se pasaba cerca de la tahona de la calle del Pozo, era un camino de sensaciones que conducía desde Sol hasta las Cuatro Calles.

Al llegar a Canalejas llegabas a la primavera, fuera invierno o verano, llegabas a la primavera. Después de haber saboreado aquel muestrario de aromas que inundaban todos los sentidos, la fragancia dulzona con sabor a piel de naranja llegaba hasta los pulmones como un regalo de la gran ciudad.

Era Belle Epoque hasta para el olfato, en un mundo en guerra, en un Madrid siempre en fiesta. Los primeros automóviles, los primeros hoteles de lujo, la miseria de los de siempre, los primeros teléfonos y el nuevo olor para una ciudad.

Entre la calle Peligros y la calle Sevilla se instaló en el ultimo suspiro del siglo XIX la perfumería Alvarez Gómez. Buscadores de fortuna, tres primos huyeron de León soñando con el éxito y se encontraron con aquel local, idóneo para abrir un negocio de olores, porque no sólo de pan vive el hombre.

Nada cambió en la ciudad durante la primera década, en la que los mostradores y escaparates siempre estaban llenos de productos venidos de otros países, hasta que en 1910 llegó a la capital un viajante alemán con la fórmula de una fragancia en su maleta de cosas a vender.

Una mezcla de cítricos, matizada con espliego, tomillo, bergamota, geranio, lavanda e ingredientes indescifrables mezclados, todos ellos, en proporciones perfectas y secretas por la mano de los alquimistas del aroma de una ciudad que no podía ser otra que Colonia.

Vistieron aquel perfume con una etiqueta amarilla, tan eterna como el olor que escondía y lo sacaron a sus escaparates. Y pronto todo cambió en la calle Sevilla, allí se empaquetaban miles de frascos casi a diario, que impregnaron desde entonces a las calles que rodeaban aquellos sótanos con el olor de Madrid.

Cuando en verano se abrían las pequeñas puertas metálicas del almacén y una ola de Álvarez Gómez recorría el centro como si por él hubieran pasado todas las damas recién arregladas para ir al baile del Círculo de Bellas Artes.

El tiempo fue pasando para envejecerlo todo, y llegó la guerra y después la dictadura, pero la etiqueta continuó siendo amarilla con la alegría de la Belle Epoque y el aroma azucarado de la calle Sevilla transportaba en el tiempo tan rápido como el viento y llenaba de melancolía los pulmones que habían olido tiempos mejores.

No faltaba en el tocador de cualquier madrileño un pequeño frasco de cristal encerrando aquel soplo de aire clásico. Perico Chicote, Jorge Negrete, Antonio Machín, Domingo Ortega, eran el mejor reclamo para una perfumería que había crecido hasta fundar siete establecimientos, sin necesidad de contratar a famosos que posaran junto a su marca para convencer de algo de lo que no estaban convencidos.

Las modas mandan, y la elegante tienda de Sevilla con Peligros se envolvió en formica de los sesenta con la segunda generación de perfumeros. El local perdió la magia pero el olor permaneció inalterable y siguió acompañando al aroma de los embutidos de Lhardy, y al calor de la pastelería de la calle del Pozo.

Más de cien años han pasado y ya no se empaquetan en Canalejas las botellas de colonia, el olor ya no es tan intenso, la perfumería a recobrado su aspecto original, el amarillo sigue siendo el color de su etiqueta, y Álvarez Gómez sigue siendo el perfume de Madrid.