Número 35, diciembre 2002

La verdad es que nos olíamos que la operación de los norteamericanos contra los talibanes no podía ser trigo limpio, y ha tenido que ser el periodista del Caso Watergate, Bob Woodward, el que haya descubierto el pastel. La operación se llamaba Caramelo y consistía en untar hasta las cejas a los señores de la guerra y de la Alianza del Norte. ¡Qué perdida de inocencia para muchos! Seguro que ha habido almas cándidas que han llegado a pensar que los norteamericanos andaban convenciendo a los compatriotas de los talibanes con discursos sobre el american dream, la libertad, el american way of life, un par de pelis de Tarantino y perritos calientes. Pues no. Ha sido el dinero, el vil metal que a todos incita a olvidar los principios. Entraron los espías en Afganistán, con gafas de Caiga quien caiga y maletines tipo novela de Tom Clancy, y allí empezaron el mercadeo, ¡cuánto dar tú!, ¡cuánto dar tú! Al soborno hay que llamarlo por su nombre, S-O-B-O-R-N-O, que no nos vengan luego con discursitos cargados de moral barata.

Andrés Harrell


Alguien dijo que los hombres somos mucho más que hombres, pues yo creo que los niños son inmensamente más que niños. Y los maltratamos. En Argentina se están muriendo literalmente, y el gobierno los ignora, porque se fija en esas macrocifras que no cuadran. En España apenas nacen, porque quedan pocos con el valor de afrontar el riesgo, la aventura de fundar una familia. Además, en nuestro país secuestrar a un hijo no es un delito. El padre que así lo hace, sólo incurre en desobediencia grave a la autoridad y santas pascuas. Se ha dado el caso de una madre cuya hija fue raptada por su marido marroquí, que se la llevó a su país de origen. El gobierno de España, para no montar una trifulca con el país vecino, sugirió a la madre que pagara el rescate. Lo que digo, los niños son los más maltratados de nuestra sociedad, incluso desde las mismas leyes.

José María García Hernán


Queridos amigos de Calibán, es la primera vez que escribo una carta al director y lo hago para criticar duramente la actuación tanto del primer ministro israelí, Ariel Sharon, como del presidente Arafat, después de uno de los muchos atentados en el que murieron víctimas judías. Me parece muy mal que, cuando la sangre de los muertos está aún caliente, los israelíes aprovechen para hacer avanzar la vanguardia de sus colonos, machacando cada centímetro cuadrado con la feroz política de asentamientos. También es de lamentar la provocación permanente de la autoridad palestina que, en vez de hacer razonar a los terroristas, los jalean con actitudes provocativas y precisamente en Hebrón, donde más árabes hay (130.000). La hora de la paz es la hora de la supresión de los cabecillas de ambos bandos, sí bandos, porque de contendientes hablamos, no de defensores de posiciones razonables, sino de locos que necesitan las armas de la democracia.

Antonio Abad Flores