Número 35, diciembre 2002

MEMORIA HISTÓRICA
César Vidal

Se está convirtiendo en un tópico especialmente esgrimido en los últimos meses el afirmar la necesidad de conservar la memoria histórica. De entrada debo decir que no encuentro nada que objetar ante semejante afirmación. De hecho, buena parte de mi trayectoria como historiador ha venido relacionada con el deseo de mantener viva esa memoria e incluso ha llegado en alguna ocasión a reflejarse en la redacción de libros de la denominada "Historia oral". Sin embargo, debo decir con pesar que lo que se contempla últimamente no es un ejercicio de memoria histórica sino de intoxicación histórica. Los supuestos defensores de la memoria tienen un especial interés en recordar los fusilamientos cometido por uno de los bandos de la guerra civil española pero corren un tupido velo sobre las checas y las tropelías perpetradas por el otro; insisten en recordar el alzamiento de julio de 1936 contra el gobierno del frente popular pero ocultan el alzamiento de octubre de 1934 contra el gobierno legítimo de centro-derecha que regía la segunda república; pasean el exilio sufrido por el bando vencido en aquel conflicto pero pasan por alto el padecido por los huidos de la zona frente-populista y que incluyó a personajes como Ortega y Gasset y Marañón; vocean las casas del pueblo incautadas pero silencian las iglesias quemadas y, sobre todo, insisten en condenar a los nietos de los combatientes de un lado para favorecer a los de aquellos que lucharon en el otro. Durante la Transición, los españoles pactamos tácitamente no mencionar el pasado. Era lógico y razonable porque gente responsable de viles asesinatos como Santiago Carrillo o Rafael Alberti estaban sentados en el congreso y nadie deseaba ver repetidos los enfrentamientos y las amenazas de la primavera trágica de 1936. Quizá ahora, cuando, aprovechando la ignorancia que nace del silencio, algunos desean falsear la Historia deberíamos recordarla se- renamente y en su totalidad, aunque disguste a tirios y a troyanos. Deberíamos hacerlo no con ánimo de venganza ni espíritu rencoroso sino guiados por el deseo de que las nuevas generaciones sepan lo que sucedió y al saberlo eviten andar por caminos que conducen al desastre. Y es que reescribir el pasado lejano para ocultar los crímenes, la ineficacia y la corrupción de otro pasado mucho más cercano no constituye un ejercicio de memoria histórica sino de cinismo y demagogia.