Número 35, diciembre 2002


LOS LUNES NO SALE EL SOL

Desde arriba, desde muy arriba, no se ve al hombre. El volcán Etna, con todo su mal humor y sus vapores de aprendiz de brujo, sí que se ve en esas fotografías que se hacen desde arriba, desde los satélites. De repente, aparece una columna de humo, como una inmensa chimenea de fábrica en medio de un inmenso campo de fútbol. Pero el hombre no se ve. Bueno, desde tan arriba no se ven ni los pueblos, ni los viñedos de Sicilia, sólo una orografía informe, como la planta de un pie, llenita de pliegues, con una personalidad de pantalón mal planchado.

Desde cerca, desde muy cerca, tampoco se ve al hombre. Hace nada, los ingleses pudieron ver en el televisor de su casa la autopsia en directo que se montó ese tipo siniestro que es el profesor alemán Von Hagens. A su cadáver de más de 70 años lo trepanó, le metió los dedos más allá de los intestinos, le hurgó donde pudo y todo lo hizo delante de la cámara. Allí, en el anciano, estaba el hombre de cerca, el hombre por dentro. Pero por mucho que aquel sicario de la morgue sacara vísceras a la luz, allí tampoco se veía al hombre, "aquí el intestino delgado", "aquí la aorta", "aquí el corazón"...

Al hombre se le ve a cierta distancia, digamos que a la distancia justa. Se le ve cuando de niño te cuenta que de mayor quiere comprarse un tren, uno de los grandes, de esos que echan humo; o cuando tu chico te dice una tarde de velitas para dos: "si soy como soy desde el día que te conocí, es por ti"; o cuando dejas que tu abuelo te cuente mil y una veces que en la plaza del pueblo nadie le arrancaba de la pista de baile y las chicas no paraban de rondarle con la mirada. El cine tiene el privilegio de ver estas cosas, tiene en la mano la varita mágica de la distancia justa. Aún así, hay películas que por mucho que nos ofrezcan un despliegue de relaciones humanas no llegan a enseñarnos más que un escaparate distorsionado, una postal curva del hombre. Lo digo por Los lunes al sol, la flamante Concha de Oro del festival de San Sebastián en su última edición. Para no alargarme, me da la impresión de que el hombre se mide por el tamaño de su esperanza, por ese horizonte de sentido que le concede una visión absolutamente positiva de la realidad, aunque ésta se le muestre más feroz que el mismísimo Etna. ¡Qué bien nos lo contó Roberto Benigni en La vida es bella!, un padre capaz de transformar el infierno en un parque temático, porque en el horizonte brillaba el amor a su hijo. No digamos menos de las relaciones humanas de los protagonistas de Full Monty, capaces de encender hogueras de esperanza en las más deprimentes grutas del paro. También Javier Corcuera nos mostraba ese rostro tan genuinamente esperanzador, tan humano, en La espalda del mundo. En una de las tres historias de la película-reportaje se ve a unos chavales de las afueras de Lima (más pobres que las latas oxidadas que les rodean) absolutamente felices, porque sacan brillo a la miseria de tener que picar piedra de sol a sol echando a diario un partido de fútbol y quitándose el dolor como se quita uno la camiseta. En Los lunes al sol no hay un solo atisbo de esperanza, ese sol de los lunes no se filtra por ningún hueco de persiana, hasta el humor de Fernando León de Aranoa se muere, es corrosivo, letal, a cada chiste se le escapa la vida.

Qué curioso, un país tan lleno de posibilidades para la desesperanza como Argentina, con una corrupción endógena y los niños muriéndose en Tucumán, está llenando nuestra cartelera con más luz que nuestros tan queridos lunes. Carlos Sorín lleva a cuestas un par de largos e Historias Mínimas es su tercera película. Le ha salido una joya. Sorín hace del erial de la Patagonia un mar con peces de colores y sirenas y barcos de pescadores. Retazos de realidad donde sus pequeñas gentes buscan, tras sus pequeñas historias, el sentido de la vida, siempre acompañados de esas breves sonrisas que nos dirigimos los unos a los otros para ir siempre más allá. Vidas cargaditas de horizontes que escapan al desaliento: un anciano que emprende una aventura de carretera para reconciliarse con su perro, el enamorado en busca de la enamorada, la ingenuidad de los sencillos y esos segundones que aparecen inesperadamente pero dispuestos siempre a echar una mano. Aquí sí que sale el sol, pero los lunes... los lunes no.