Desde arriba, desde muy arriba, no se ve al hombre. El volcán Etna, con todo su mal humor y sus vapores de aprendiz de brujo, sí que se ve en esas fotografías que se hacen desde arriba, desde los satélites. De repente, aparece una columna de humo, como una inmensa chimenea de fábrica en medio de un inmenso campo de fútbol. Pero el hombre no se ve. Bueno, desde tan arriba no se ven ni los pueblos, ni los viñedos de Sicilia, sólo una orografía informe, como la planta de un pie, llenita de pliegues, con una personalidad de pantalón mal planchado. Desde cerca, desde muy cerca, tampoco se ve al hombre. Hace nada, los ingleses pudieron ver en el televisor de su casa la autopsia en directo que se montó ese tipo siniestro que es el profesor alemán Von Hagens. A su cadáver de más de 70 años lo trepanó, le metió los dedos más allá de los intestinos, le hurgó donde pudo y todo lo hizo delante de la cámara. Allí, en el anciano, estaba el hombre de cerca, el hombre por dentro. Pero por mucho que aquel sicario de la morgue sacara vísceras a la luz, allí tampoco se veía al hombre, "aquí el intestino delgado", "aquí la aorta", "aquí el corazón"... Al hombre se le ve a cier Qué curioso, un país tan lleno de posibilidades para la desesperanza como Argentina, con una corrupción endógena y los niños muriéndose en Tucumán, está llenando nuestra cartelera con más luz que nuestros tan queridos lunes. Carlos Sorín lleva a cuestas un par de largos e Historias Mínimas es su tercera película. Le ha salido una joya. Sorín hace del erial de la Patagonia un mar con peces de colores y sirenas y barcos de pescadores. Retazos de realidad donde sus pequeñas gentes buscan, tras sus pequeñas historias, el sentido de la vida, siempre acompañados de esas breves sonrisas que nos dirigimos los unos a los otros para ir siempre más allá. Vidas cargaditas de horizontes que escapan al desaliento: un anciano que emprende una aventura de carretera para reconciliarse con su perro, el enamorado en busca de la enamorada, la ingenuidad de los sencillos y esos segundones que aparecen inesperadamente pero dispuestos siempre a echar una mano. Aquí sí que sale el sol, pero los lunes... los lunes no. |