Número 35, diciembre 2002

No resultó tan sencillo crear la ilusión del movimiento, y lo que ahora parece fácil, ha sido una persecución que el hombre ha tardado siglos en concluir. No nos engañemos, la pared a la que miramos embobados en cualquier cine de cualquier ciudad es blanca y solamente blanca. El resto es ilusión y una extraña complicidad entre la luz que se proyecta y el espectador, que siempre está dispuesto a creer que la luz es vida y la oscuridad no existe. Es la magia del movimiento la que nos tiene con la mirada fija en ese rectángulo lleno de falsa realidad. Ese juego de querer creer en lo que vemos se complica aún más cuando los personajes no son "reales", si no dibujados, y ante nuestros ojos parecen mucho más vivos que el vecino.

Y fueron ellos, los dibujos, los que de una forma involuntaria pero lógica, nacieron primero y se mantienen vivos saltándose las modas mejor que los actores, que parecen niños cuando han pasado unos años.

Ahora el ordenador les ha dotado de volumen, de realismo, de movimientos más fluidos, y ahora los quieren cambiar el nombre y llamarlos "animación", pero siguen siendo dibujos animados, la esencia del cine, con historias que sólo ellos saben contarnos y sobre todo con historias que sólo a ellos les están permitidas, porque cuando algo no se puede decir los dibujos no corren el peligro de caer en lo políticamente incorrecto y sirven de perfecta máscara para arremeter contra lo que no se debe arremeter.

Cuando uno es niño tan sólo quiere ver dibujos, por que la imaginación de un niño no tiene limites y sus ojos ven lo que les está prohibido a los mayores, pero siempre se vuelve a ellos tarde o temprano, porque cada segundo encierra veinticuatro dibujos que hacen que el tiempo sea eterno, y tienen en sus trazos el ansiado elixir de juventud.

En esencia, los dibujos son los mejores ilusionistas de la historia del cine, cantan bajo el mar, son aplastados por pianos y vuelan con las orejas a pesar de ser elefantes. Además ganan Oscars, y nunca le tuvieron miedo a la televisión o al vídeo. Supieron adaptarse mejor que nadie al interior de aquella caja que invadió los salones de todos los hogares hace más de medio siglo, y se reinventaron a sí mismos.

Hoy son el espejo más crítico del mundo donde vivimos, basta con echar un vistazo a cualquier capítulo de Los Sipmsons para observar sin escandalizarnos lo que ningún otro nos podría mostrar. Así son los dibujos animados, tan descarados como nos gustaría serlo a nosotros mismos.

Forman parte de la cultura y tienen vida propia. Hablamos del ratón Mickey como si se tratara de alguien cercano, o del Coyote y el Correcaminos, y muchos se sienten agredidos por los personajes de South Park, sabemos que Bambi lo pasó muy mal, que Peter Pan vuela sobre Londres y Campanilla le acompaña, que la Dama y el Vagabundo están enamorados y comen espaguetis a la puerta trasera de un restaurante italiano, que la novia de Shrek no es tan guapa cuando se hace de noche. Sabemos que todo eso existe porque ellos existen, todo es verdad porque ellos son de verdad.

José Cabanach