Número 35, diciembre 2002

La producción artística está ligadísima al horizonte vital del artista. Así dicho suena a perogrullada, pero bueno. Si un pintor se duele de la pérdida de un amor, su pintura se teñirá de una lamentación, del color de las hojas del otoño; si el músico pierde en un accidente de tráfico a sus hijas su música no tiene, ni por asomo, tintes de aire nupcial; y si al arquitecto le arde una pasión inconmensurable por la vida, sus edificios tienen simetrías de danza y andan siempre en un tris de salirse de sus cimientos. Pero todavía más, si el artista no tiene un horizonte vital al que destinar su día a día, su obra se resentirá de oscuridad, desesperanza, desarraigo, muerte anunciada. Nada más ajeno a Balthus. Balthus es el pintor del misterio, de la búsqueda de la verdad... sin un paso más allá de lo real.

A Balthus le ponía de los nervios Mondrian, porque un día fue a verle con su amigo Giacometti. Ambos se quedaron extasiados ante una puesta de sol bellísima que se observaba desde la habitación del francés. A Mondrian sólo se le ocurrió correr las cortinas y decir que no quería ver eso, vamos que había cerrado los ojos ante la belleza inscrita en los pliegues de la realidad, de ahí su afición a esos equilibrios de colores planos que todos conocemos. Balthus sí que amaba la naturaleza, y no es que quisiera reproducirla, sino observar en ella ese sentido profundo de la que está vestida. Por eso, su pintura está a años luz del surrealismo, por eso no le gustaba Chagall, le parecía anecdótico. Sus violinistas en el tejado, sus figuras que aparecían como por arte de magia saliendo de la oreja de una jovencita le parecían una ligereza excesiva. Él en cambio se metía a fondo en las cosas y los seres, y extraía de ellos "un misterio abrupto e inesperado". No hacía falta recurrir al collage, a la pintura automática, sino a la realidad misma. Sólo había que saber mirar. Para él, la pintura era algo absolutamente material y, al tiempo, absolutamente espiritual. "Nadie puede aspirar a la pintura si antes no ha experimentado el júbilo que se siente al pasar la mano por el lienzo, al preparar los pigmentos, al comprobar la tensión del lienzo. Los desvaríos intelectuales de los ejercicios surrealistas son la antipintura. Lo cerebral, la farsa en exceso, estorban el trabajo manual, artesanal, e impiden subir hasta el alma". Por eso, clamaba por la agudeza visual del artista, el ir más lejos de lo real ya está en lo real (vaya frase). A él no le importaba que en los últimos momentos de su vida perdiera vista, ya que mantenía intacta la mirada interior sobre las cosas.

Una frase de Balthus para el cuaderno diario de todo artista en ciernes: "Hay que retrasarse para llegar". La contemplación de la realidad merece tomarse su tiempo, el ready made es un esputo a la creación artística. Detestaba la prisa de los pintores contemporáneos, porque su precipitación rechazaba de plano el principio artesanal que la pintura demanda. Detestaba esa exhibición de muchos pintores, su arrogancia de creerse creadores, sus inspiraciones espontáneas o impulsivas. "No se consigue nada sin ese lento movimiento del espíritu que es la humildad, la pobreza a la que debemos obligarnos". Tuvo como modelos a infinidad de niñas. Muchos críticos impertinentes han juzgado su obra pictórica con niñas como estupendos juegos eróticos, sin embargo, sus largas sesiones con ellas fueron apuestas del alma, porque ante todo se trataba de que el tiempo permitiera que saliera el alma, la dulzura del alma, la inocencia del espíritu de sus modelos.

"Pintar no es representar, sino penetrar. Ir al fondo del secreto. Ser capaz de sacar la imagen interior. De modo que el pintor también es un espejo. Refleja el espíritu, el rasgo de luz interior". Su profundidad la demostró desde muy pronto. Siendo todavía un crío, Rilke le regaló por Navidad unos pequeños volúmenes encuadernados de la Divina Comedia de Dante. Al terminar de leerlos dijo, "esto me eleva y me exalta". Con lo que quería decir que el arte tenía un poder espiritual de elevar y arrebatar literalmente, y que sólo se podía crear en estados de abandono espiritual. Un insatisfecho, así era Balthus. Nada le complacía si no era fruto de una profunda meditación, había que despojarse de la vulgaridad. Por eso había muchas repeticiones en sus cuadros, que para nada eran frutos de una obsesión compulsiva, sino respuestas, apoyos, lugares de paso para llegar al secreto de cada obra. Ojo a la frase: "Pintar es un estado de gracia. No entras impunemente en la pintura, tienes que ser digno de ella. Tienes que olvidarte de ti mismo. Limitarte a oír el ruido sordo, seco y suave a la vez del pincel en el lienzo tenso como un tambor, y darle luz".

Balthus era un cristiano tan sencillo como una piedra de río, "la pintura es un modo de acercarme al misterio de Dios". Hacía mucho hincapié en la necesidad de poner al hombre en disposición de dialogar con Dios, "siempre empiezo un cuadro rezando, un acto ritual que me da la posibilidad de atravesar, de salir de mí mismo". Y, además, había que pintar como se rezaba. Por eso, en la manera que tenía de hablar de su pintura, no podía prescindir del vocabulario religioso (utilizaba palabras como gracia, disposición del alma...) Lo encontraba idóneo para expresar el misterio de la creación artística. No hay que olvidar que Balthus es el gran maestro de lo real, y eso lo aprendió de su fe, "como religión de la encarnación, el cristianismo es también una religión de la proximidad de lo divino, presencia palpable e invisible a la vez". Invisible, sí, pero palpable. Por eso, no se salió del más acá para meterse en el más allá.

Texto: Rafael Orozco