Número 35, diciembre 2002

Joseph Roth
Editorial Península

Tenemos en las manos un alegato de naturaleza mayúscula contra la violencia, el totalitarismo, la sinrazón y el abuso de poder. Es un libro visceral. Frente a la tiranía, el autor responde con un verbo inquieto y en ocasiones está a un tris de la arenga. No podía ser menos ya que Joseph Roth (padre de aquella maravillosa Leyenda del santo bebedor) fue un humanista nato, que se creyó que el hombre no se satisface con un mendrugo de pan y una docena de discursos, por eso hierve exaltado por estas páginas. Roth padeció en vida como pocos, su padre se volvió loco al poco de tenerlo, y su mujer sufrió una terrible esquizofrenia hasta que la internaron. Los hijos del Tercer Reich se encargaron a su tiempo de matarla, con ese maldito afán de subrayar que la pureza de la raza humana debía pisotear la debilidad como si de una excrecencia superflua se tratara. Cuando habla de la guerra a uno de le ponen los pelos de punta. Está hasta el gorro de esos cuadritos que nos hablan de las maravillosas contiendas en las que hubo vencedores, de esos cuadros que adornan los salones de nuestras casas. "Vemos cómo nos pintan, cómo pintan a nuestros padres y a nuestros hermanos menores. Ruedan películas con nosotros y pintan cuadros de guerra para colgarlos en las paredes. Apenas han pasado diez años... ¡y pintan cuadros!". Habla de los EEUU como de esa tierra grande y extensa, pero cara, "por eso, la gente del país no construye una casa junto a otra, sino una sobre otra, ya que el aire no cuesta todavía nada. Así pues, la gente prefiere rascar los cielos que amoldarse a la tierra. De ahí les viene su arrogancia". Usa el perdigón de sus palabras contra esa mentalidad burguesa occidental de animal satisfecho cuando dice que nuestra saciedad no ha dejado de ser hambre. Y de la Rusia comunista no se queda manco, de esa tierra donde sus gobernantes se han creído aquello de que la religión es el opio del pueblo y pensaban que las gentes dejarían por sí mismas de hacerse las preguntas trascendentales y se quedarían con las respuestas suficientes, "y comenzaron a proponer a los habitantes del país todas las preguntas que ya tenían una respuesta provisional, aunque no sintieran deseo alguno de plantearlas". Que no le hablen de racistas y xenófobos, porque sus insultos tocan terreno sagrado, "si injuriamos la nariz del judío o la boca del negro o lo s ojos del mongol o la palidez del hombre blanco estaremos injuriando la nariz, los ojos, la boca y el color de Dios". Interesante y muy ilustrativa es también la introducción de Vidal-Foch para la presente edición de Península.

Dora Rivas