|
Imre Kertész
Editorial El acantilado
Teníamos que leer al nobel de este año. Era el paso literario obligado del 2002. Pero, puf, la sorpresa del húngaro la recibes de inmediato cuando te metes un pelo en sus obras. Una escritura soberbia, bien, a veces depurada, otras improvisada, agitanada, llena de remiendos pero siempre grácil y corrosiva. Sin embargo, su obra es un empeño imposible, es el entusiasmo de un cordero orondo y tiernecillo por ganarse la amistad de un lobo que lleva dos semanas sin probar bocado. Kertész escribe e hila fino, sí, pero anda apuñalado por su pasado y eso le pesa mucho. Anduvo en su Hungría natal en tiempos difíciles, los nazis... los comunistas... ellos le quitaron la alegría y le regalaron un dolor del tamaño de las torres gemelas. Por eso, Yo, otro es una prueba palpable de que el húngaro necesita una UVI móvil que lo saque de su desprecio por todo lo humano, por todo apetito de vivir, por todo proyecto, todo deseo de proponer lo mejor... Así descarga, "ni Dios, ni el hombre, ni la sociedad, ni las obligaciones astutamente elucubradas... Sólo la presencia continua de nuestra muerte nos obliga a una profunda creación artística". Y habla de nuestro tiempo,"cuando se grita ¡amor!, todos saben que ha llegado el momento del asesinato; cuando se grita ¡ley!, todos saben que es la hora del robo, del atraco". La obra de arte es una aventura para cavarse la propia tumba, "en la obra me condeno a mí mismo a muerte y, si sobrevivo a la sentencia, seguiré huyendo en pos de nuevas muertes". No encuentro mejor imagen para hablar del estado vital de nuestro Nobel que la que él mismo utiliza cuando cita la anécdota de la chelista de una orquesta de cámara de Budapest, que se movía con crispación agitada, se arqueaba como una enferma cuando interpretaba a Bach y, sin embargo, la música salía de sus manos soberbia y con absoluto equilibrio. Así Kertész, suena brillante, pero el poder de su obra nace de un corazón crispado, cerrado a la vida. Auschwitz le aniquiló la esperanza y le ha dejado un pensamiento de asfalto hollado, una palabra sin romances, contaminada, "me gusta mi destino, que tiende a desmoronarse". Kertész necesita una mano amiga.
|
Federico Suárez Editorial Rialp
El libro intelectuales antifascistas es la crónica de una tristeza. Las cosas que se analizan con la distancia del tiempo ganan en perspectiva, y los nuevos datos hacen que al mosaico le falten menos teselas. Lo digo porque la tesis del historiador Federico Suárez consiste en demostrar que muchos de los intelectuales españoles y extranjeros que lucharon en contra de las dictaduras fascistas cayeron en garras de dictaduras mayores, en muchos casos sin apenas advertirlo. Hay un par de ejemplos en nuestro país evidentes, el de Alberti y el de Machado, dos monstruos de nuestra literatura pero dos ejemplos palmarios de caída libre en brazos de la dictadura comunista, vamos, salir de la Málaga totalitaria para entrar en una Malagón igualmente desaforada contra el hombre. El caso del autor de Juan de Mairena fue de una ingenuidad bárbara, hablaba de Lenin como del hombre modesto y gigantesco, tiene frases alabando la grandeza de su corazón eslavo. El pobre Machado, más que nada, desconocía el marxismo y sus raíces envenenadas. Lo de Alberti, que llamara a Stalin el mayor filósofo de todos los tiempos es, cuando menos, surrealista. No son más que ejemplos que el autor del libro saca a colación para hablarnos de ese diseño que el partido comunista ruso realizó con tiralíneas para ganarse adeptos, partidarios, cómplices, camaradas en Europa. Hicieron creer a muchos que el comunismo sería la culminación de las nuevas vanguardias artísticas que nacían en el viejo continente y el detonante del orden nuevo. El planteamiento venía de lejos, cuando Bakunin, hacia 1878 publica el periódico L'Avant-garde, con el objetivo de rediseñar y desmitificar las sensibilidades artísticas precedentes, fruto de concepciones burguesas. Desde luego, si alguno quiere leer con provecho uno de los desencantos más sonados de la literatura con relación al paraguas comunista no tiene más que ojear la conocidísima autobiografía del periodista A. Koestler.
|