Número 35, diciembre 2002


Ya se habla por ahí de los long sellers en contraposición a los best sellers. Los libros que duran por su propio mérito y calidad y los que, agotada la promoción y unos meses de consolación, se acartonan en la última balda del último rincón de la librería. No por mucho pegar fuerte, el libro tiene más peso o nos informa más de quiénes somos. Entonces surge la pregunta, ¿cómo encontrar la diferencia entre un best seller de fin de semana y un long seller para toda la vida? Apenas recibimos información en la enseñanza secundaria sobre cómo descifrar calidades, por eso aquí seguimos apegados a los Grisham, Crichton, Allende y Follet. Decía Picasso que para entender sus cuadros y poder juzgarlos había que conocer su lenguaje, él decía que si queremos entender la obra literaria de un autor en su idioma original hay que conocer justamente ese idioma original, si no el intento de penetrar en el asunto sería del todo surrealista. La cosa es de cajón. Pero en España no hay inquietud profunda por enseñar el idioma de lo verdadero en literatura. No solamente si la novela está bien o mal escrita, sino si lo que dice encaja o no con nuestra naturaleza, si habla o no de nosotros, si recoge o no nuestras contradicciones y nuestro afán de buscar la belleza de las cosas. Y para eso hace falta tirar por la ventana esos cuatro o cinco best sellers que tiene momificada nuestra inteligencia. En cambio, en centro Europa la cosa es bien distinta. Este verano anduve una temporadita por Berlín, un Berlín inusualmente caluroso. El metro es a todas horas un hervidero de lectores, una librería subterránea de ratas de biblioteca que devoran los minutos hundiéndose en sus libros. Y lo inédito es caer en la cuenta de los títulos que se manejan: muchos son de filosofía, hay muchos clásicos y también libros de actualidad, pero no están Tom Clancy ni Stephen King ni J.K. Rowling. Los berlineses pescan más allá de las lagunas habituales, de ahí que exista una última generación floreciente de escritores alemanes. Ya se ve que la lectura invita a la escritura. ¿Cuándo nos pondremos las pilas?