|
|||||||
![]() |
![]() |
||||||
|
Cuando Charles Péguy quiso pintar la esperanza, la retrató como una frágil y débil niña. La imagen es extraordinariamente acertada; en el texto de este escritor francés, muerto en 1915, la esperanza avanza en medio de sus dos hermanas mayores, como una niña que se deja llevar. Es una criatura tan pequeña que nadie la tiene en cuenta, ninguno la ve, camina a la sombra de sus dos hermanas robustas, a un lado la hermana que es madre, al otro lado, la hermana que es esposa y, en medio ella, a la que nadie presta atención. Es la pequeña que va todavía a la escuela y a la que casi no se ve entre las figuras de sus hermanas. Es cierto la presencia de la esperanza es tan discreta en la vida de los hombres que podría parecer prescindible y, sin embargo, ¡cuánto se siente su ausencia en una historia!, ¡cómo sufren los personajes que no se dejan llevar por esta niña!, y ¡qué melancolía insatisfecha la de una historia sin esperanza! Así es en las obras de Antón Chèjov y, especialmente, en El tío Vania, obra estrenada en 1899 en el Teatro de Arte de Moscú con la ayuda del gran director Stanislawski. En Madrid estamos a la espera de una nueva adaptación en el teatro Albéniz a partir de enero, versión de Andrés Trapiello. La reunión en estas páginas de Péguy y de Chéjov no se debe a que compartieran treinta y un años de vida, es casi seguro que no se conocieron, más bien se trata de señalar cómo el francés describe lo que a las piezas del ruso le falta. No hay ni una sola de las obras del autor ruso que no muestre una nostalgia apesadumbrada, una tristeza sin esperanza por algo que no llega. En Ivanov (1887) el protagonista homónimo nos introduce en su personal proceso de desencanto en sí y a su alrededor; La gaviota (1896) muestra la añoranza de la belleza artística y humana, al mismo tiempo que presenta una serie de personajes marcados trágicamente porque no hallan correspondencia en nada ni en nadie; Las tres hermanas sueñan con volver a Moscú, esperan algo de novedad para sus vidas, pero toda posibilidad de cambio se va derrumbando a su alrededor (1901); en El jardín de los cerezos (1903), la última de sus piezas y su testamento, la tala del huerto es sinónimo del final de muchas vidas y signo de la nostalgia del pasado. En definitiva, las piezas chejovianas se caracterizan por un tono triste, donde todo parece que se marchita pero no sin que los personajes se rebelen frente a una situación que no les satisface. A. M.Ripellino describía a los personajes chejovianos: "Clavados en un punto muerto, languidecen en un duermevela, solitarios, espectrales ... se mueven en el vacío, cual si tocaran instrumentos sin cuerdas; con un ritmo torpe, casi estancado, hipnótico ... La vida se escurre como agua de sus manos, y los arrastra, los engulle como una vorágine a tapones de corcho. Pero cuanto más plúmbea es la inercia, tanto más agudos se vuelven sus anhelos de futuro. Sensibles a todo rumor, máquinas de presagios, ansían un indefinido mañana, una época lejana, en que será más armoniosa la vida". En El tío Vania, los personajes parecen sumergidos en una calma donde no es posible la novedad y, sin embargo, ese aparente vacío del que habla Ripellino esconde corazones que no se resignan a que sus vidas transcurran por el anunciado tobogán de la rutina. Fundamentalmente son dos los que llevan la voz de este anhelo Astrov, el médico, y Voinitski o tío Vania. El primero declara ante Sonia sus contradicciones, quiere amar la vida, a sus pacientes, los hermosos bosques rusos pero está cansado de amar y trabajar sin vislumbrar el sentido: "En realidad, yo amo la vida ... en cuanto a mi vida propia personal, le juro que no hay absolutamente nada bueno en ella. Mire usted: cuando va uno caminando de noche por un bosque y en cierto momento vislumbra una lucecita a lo lejos, ya no se da cuenta del cansancio, de la oscuridad ni de las ramas espinosas que le fustigan la cara... Yo trabajo, usted lo sabe, como nadie trabaja en el distrito ... Pero no vislumbro ninguna lucecilla a lo lejos. Yo no espero ya nada para mí, no amo a las personas... Hace tiempo que no amo a nadie". Por otro lado, Vania, más vehemente y menos cínico que el médico se pregunta una y otra vez por una vida nueva: "¿Cómo voy a vivir esos trece años? ¿Qué voy a hacer, en qué voy a emplearlos? ¡Oh! ¿Comprendes? Si fuera posible vivir el resto de la existencia de alguna forma nueva... ¿Comprendes? Despertarte una mañana clara y tranquila y notar que has empezado a vivir de nuevo, que todo lo pasado ha caído en el olvido, que se ha disipado como el humo (Llora) Comenzar una vida nueva... Sugiéreme tú cómo empezarla... por dónde empezar...". A su alrededor y con formas diversas, todos proclaman su deseo insatisfecho: Vania hablando de su madre dice: "Con un pie en el otro mundo, aún busca en sus libracos, la aurora de una vida nueva"; la hermosa Elena dice que se muere de aburrimiento; y Serebriakov, el dueño de la finca, ve que la vida no puede reposar sólo en la fama porque es efímera: "Yo quiero vivir. A mí me gusta el éxito, me gusta la fama y el ruido. Pero esto es como un destierro. Añorar el pasado a cada momento, enterarse de los triunfos de otros, temerle a la muerte...¡No puedo! ¿Es superior a mis fuerzas! Y, por si fuera poco, no quieren perdonarme mi vejez". Mientras Sonia, la trabajadora y resignada Sonia, sueña con el Paraíso.
Pero no son sólo los personajes los que se desvanecen en sus melancolías, también, como ha señalado la profesora Bobes Naves, las categorías fundamentales del texto dramático (acción, diálogo, tiempo y espacio) se apagan. No hay acción, en El tío Vania no pasa nada, los personajes relatan ante los espectadores sus insatisfacciones, sus tristezas, se entrecruzan las frustraciones y se exacerban los anhelos. Incluso el disparo del tío Vania contra Serebriakov en el tercer acto se hunde en un mar de pasividad. Lo que podría haber constituido un acontecimiento revulsivo en la obra se resuelve en un hecho casi anecdótico de este tedioso fluir del tiempo. El diálogo se realiza como sucesión de soliloquios donde el recorrido propio de cada personaje se produce de manera aislada y sordo a cualquier intervención ajena, es decir, negando cualquier posibilidad real de interlocución. El espacio refleja un lugar cerrado, tranquilo y poco significativo en el que todo se resuelve en rutina. El tiempo no responde a una ordenación clásica de planteamiento, nudo y desenlace sino que asistimos a un discurrir indiferente del tiempo, si no fuese porque los personajes y especialmente el médico Astrov y el tío Vania anhelasen, a veces con urgencia, otras con profunda melancolía, una novedad. Además el tiempo de la obra parece sobrepasar los márgenes de la representación: cuando se abre el telón asistimos a un fluir del tiempo que ha comenzado mucho antes, el discurrir temporal no trae ni novedades ni cambios y cuando cae el telón, al final de la pieza, podemos imaginar que todo seguirá igual hasta que llegue la hora del descanso, la muerte. Así Sonia en las palabras que dirige a su tío al final de la obra intenta hallar consuelo en el Paraíso, y en lo que llegará después de la vida. Ahora bien, pero qué inmensa tristeza ante ese anhelo del que no se puede gozar en el presente: "Y nosotros viviremos, tío Vania. Viviremos una larga sucesión de días y de largas veladas ... Luego, más allá de la tumba, diremos que hemos sufrido, que hemos llorado, que hemos tenido penas, y Dios se compadecerá de nosotros, y tú y yo, querido tío, veremos una vida radiante, espléndida, hermosa, nos sentiremos gozosos y contemplaremos nuestros sufrimientos de ahora con indulgencia, con una sonrisa...y descansaremos ... Oiremos a los ángeles, veremos todo el cielo tachonado de diamantes, veremos cómo son sumergidos todos nuestros sufrimientos y todo el mal existente sobre la tierra por la misericordia que inundará el mundo entero y La gran ausente en El tío Vania es la esperanza y, como he intentado demostrar, lo que genera su carencia habla de su vigor. ¿Cuál es la fuerza de la esperanza? O recogiendo de nuevo la pregunta que nos hacíamos al principio: ¿En qué consiste la esperanza para qué se sienta tanto su ausencia? Péguy continuaba su descripción porque su fragilidad es sólo una de sus caras, posee además una extraordinaria fortaleza: "esa niñita atravesará los mundos./Esa niñita de nada/ Sola, llevando a las otras, atravesará los mundos concluidos ... Y en medio entre sus dos hermanas mayores aparenta dejarse arrastrar/ Como una niña que no tuviera fuerza para andar/ Y a la que se arrastraría por esa senda a pesar suyo./ Y en realidad es ella la que hace andar a las otras dos/ Y las arrastra/ y hace andar a todo el mundo/ Y lo arrastra/ porque sólo se trabaja por los niños/ y las dos grandes no andan sino por la pequeña". Y esto es lo que, dramáticamente, les falta a los personajes que van desfilando por el jardín de Serebriakov en El tío Vania. Voinitski ha soñado la felicidad, la desea ardientemente, la ha perseguido en aspectos particulares, Astrov sueña con los bosques, Sonia con ser amada, Elena persigue la fama... pero no han sido felices de verdad, su esperanza no es la de una niña casi despreciable pero contenta y tampoco la de una gran gracia ya experimentada. Solamente la nodriza y sirvienta Marina parece tener esperanza. Marina, cuya figura vemos nada más abrirse el telón, vive de la realidad sencilla de cuidar a los que le rodean, en ella encuentran consuelo Sonia y Voinitski, de Astrov es confidente. Marina ama la verdad, llama a las cosas por su nombre, es el único personaje con esperanza y por tanto parece despreciable, como la frágil niña de Péguy. Además arrastra a su hermana mayor, la fe, porque tal y como declara no actúa para demostrar su bondad sino porque se sabe hija de Dios: "lo que no agradece la gente, lo agradece Dios". Cuando da y ama gratuitamente es porque, de nuevo, la esperanza ha tirado de su segunda hermana, la caridad: "A los viejos, como a los niños, les gusta que los atiendan. Pero, ¿quién va a entender a los viejos? (Besa a SEREBRIAKOV en un hombro.) Vamos a la cama, bátiushka... Vamos... Te haré una taza de tila, te abrigaré bien las piernas... Rezaré a Dios por ti..." La caridad y la fe, de la mano de la esperanza son una presencia discreta, la de la vieja nodriza en el jardín de Serebriakov. Marina y de su mano todos los personajes de El tío Vania entra en esa galería de personajes chejovianos que se hacen amables por su belleza y tristeza infinitas. Lo decía Nabokov en Curso de Literatura rusa: "Yo recomiendo vivamente tomar cuantas veces sea posible los libros de Chejov y leerlos como deben ser leídos, soñando a su través. En una era de fornidos goliats viene muy bien leer cosas sobre davides delicados. Esos paisajes desnudos, los sauces secos al borde de los caminos tristes y enlodados, los grajos grises que aletean sobre cielos grises, el súbito tufillo de un recuerdo asombroso en un rincón extrañísimo: toda esa vaguedad conmovedora, toda esa debilidad hermosa, todo ese grisáceo mundo chejoviano es algo que vale la pena atesorar frente a la luz cegadora de esos otros mundos fuertes, autosuficientes, que nos prometen los devotos de los estados totalitarios". "Y esto es lo que, dramáticamente, les falta a los personajes que van desfilando por el jardín de Serebriakov en El tío Vania. Voinitski ha soñado la felicidad, la desea ardientemente, la ha perseguido en aspectos particulares, Astrov sueña con los bosques, Sonia con ser amada, Elena persigue la fama... pero no han sido felices de verdad, su esperanza no es la de una niña casi despreciable pero contenta y tampoco la de una gran gracia ya experimentada" Texto: Guadalupe Arbona Abascal |
|||||||
|
|||||||