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El día que encuentre a un mono en la biblioteca leyendo a Homero creeré que es ciertamente inteligente; si al día siguiente lo encuentro hojeando las obras completas de Carlos Marx no dejaré por ello de alabar su inquietud intelectual, aunque discreparé de su buen gusto ideológico. Ese día le felicitaría no por ser mono, sino por haberse convertido - ¡Dios sabe cómo! - en un ejemplar de nuestra especie, lo cual por otra parte tiene sus riesgos, entre ellos el de comportarnos muchas veces como un simio. Leída la reseña periodística de un experimento que publica la revista Science sobre las capacidades matemáticas de algunos primates, uno no sabe qué admirar más: si la ingenuidad de los científicos del Instituto Tecnológico de Massachusetts o la inteligencia de los monos a la hora de contar del uno al cinco. Sin embargo, más que a demostrar que los monos pueden alcanzar la grandeza matemática de Einstein, Pitágoras o Leibnitz, el experimento contribuye a animar nuestra anémica dosis de humor, aportación seguramente no buscada por los científicos, pero loable en estos tiempos como singular efecto colateral. Véase de qué va el experimento: los monos aprenden a distinguir en dos grupos de pantallas si cada caja tonta presenta igual número de puntos, del uno al cinco, independientemente del lugar que ocupen. Como los monos no tienen un pelo de tontos y son más listos que el hambre, cada vez que aparece igual número de puntos activan una palanca. |
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Ríase, por favor, pero eso les sirve a los científicos para apuntar que los monos poseen habilidades matemáticas. No me diga usted que no es un rasgo de humor, y del bueno, semejante conclusión. Concluirá usted conmigo en que más muestras de inteligencia ofrecían la mona Chita o el mono Amedio, aderezadas de dosis de humanidad que se echan en falta en algún homo sapiens. Está muy difundida por el mundo adelante la idea de que cualquier aportación científica, o pseudocientífica, que es lo que ocurre en la mayoría de las ocasiones, comporta un poso de verdad absoluta que permite extrapolar resultados e instalarse en una cómoda cosmovisión global, ayuna de capacidad crítica. En esta mentalidad, el dios es la ciencia y sus representantes en la tierra los científicos. La cuestión, lejos de hacer sonreír ahora, incita a una pequeña reflexión sobre cúal haya de ser el papel de la ciencia, como disciplina autónoma que estudia la realidad experiencial, y cuál el papel de una visión que, transcendiendo los datos empíricos, otorgue al hombre la posibilidad de salir de su egotismo, de la contemplación extasiada de su ombligo - actualización del antiguo dicho de que el el ser humano es la medida de todas las cosas-, para abrirse a la realidad mistérica, pero no menos real, del espíritu. El doble relato bíblico en el que se narra la creación del hombre no es - nunca lo ha sido, a pesar de que en algunos momentos de la historia se quisiese presentar de otra manera - un tratado sobre el origen biológico de la especie humana, sino una hermosa alegoría sobre la realidad constitutiva de la persona humana: criatura libre; hechura de Dios; nacida del amor creativo; llamada al amor creador. El Génesis no es tampoco un estudio cosmológico de los orígenes del universo, pero sí contiene una cosmovisión lo suficientemente explícita como para garantizar una serie de postulados básicos, que no entran en colisión con ningún descubrimiento de las ciencias positivas: el universo tuvo un origen; experimentó una evolución que propició las condiciones necesarias para la aparición de la vida; y hizo que el surgimiento de una vida inteligente iniciase el camino de una historia, que es la crónica de la actuación del hombre sobre la tierra. Muchas veces se ha intentado con estos mimbres del relato del Génesis urdir el ropaje de un radical enfrentamiento entre ciencia y fe, entre creencia religiosa y evidencia empírica. Nada más lejos de la verdad, si un ejercicio honesto de la capacidad intelectiva del hombre distingue claramente sobre los respectivos objetos de ambas realidades. Todas las investigaciones tendentes a establecer la prelación evolutiva que desemboca en el homo sapiens sapiens son, por su carácter cientifista, absolutamente loables. Su intento es explicar cómo el hombre ha devenido a ser lo que es en la actualidad, con los cambios biológicos, fisiológicos y contextuales que le convirtieron en un ser sociable, con vocación de vida intelectual. Extrapolar, sin embargo, de las tesis evolucionistas conclusiones sobre ese componente humano, el espíritu, no sujeto a explicaciones puramente químicas ni estrictamente medibles, en la línea de afirmar que el hombre es un precipitado de la necesidad o del azar, evidencia una notable confusión y entraña un riesgo evidente: presentar al hombre como un producto y no como una criatura; hacerlo uno más entre los seres diversos que han poblado la tierra (con más complejidad que un trilobites, pero de su misma entraña material) y descartar la singularidad del hombre como excelso buscador de transcendencias. La secuencia que se establece en la taxonomía de las especies para clasificar al ser humano como homo sapiens, tiene su continuación en la definición aristotélica como animal racional. En ambas, sin embargo, se prescinde del espíritu del hombre, de su capacidad estética, de su carga afectiva, sentimental. En el fondo, se prescinde de la entraña amorosa que rige su relación con el creador. La singularidad del hombre es tal que incluso un científico como Jean Rostand, muy alejado de cualquier visión de contenido religioso, no duda en afirmar sobre el hombre que "la posibilidad de que el azar llegue a formar dos combinaciones de genes absolutamente idénticas, es prácticamente nula. En la lotería del nacimiento, jamás sale dos veces el mismo número" (en Ciencia falsa y falsas ciencias). La pretensión de explicar el cosmos y entender el hombre por razones únicamente científicas - que, por otra parte, existen y operan - constituye un reduccionismo en toda regla. Reduccionismo, además, que planta sus raíces justo en aquello que pretende combatir: una concepción a priori sobre la realidad, la materia y el hombre. La mentalidad cientifista, como muy acertadamente recuerda Juan Luis Ruiz de la Peña, tiene por fundamento "una teología antideísta", que no por ser anti-Dios deja de ser teología. Tal concepción teológica está presente en los postulados deterministas e indeterministas, más acusada en estos últimos que tienen por máximo defensor a Jacques Monod. La total gratuidad de sus planteamientos ha sido puesta en solfa por Hoyle, al afirmar que "la probabilidad de que se produzca por casualidad una sola de las 200.000 proteínas que se dan cita en el cuerpo humano, es igual a la que tiene una persona de resolver a ciegas el cubo de Rubick", como atinadamente recuerda Ruiz de la Peña, para remachar diciendo que "pensar que el edificio de la vida se ha levantado al azar es tan irracional como esperar que un tifón recomponga correctamente un Boeing 747 despiezado y convertido en chatarra" (en Una fe que crea cultura). Nada hay más patético que forzar el ámbito de actuación de la ciencia para intentar explicar lo no material con criterios materiales; y a la inversa, nada hay más estéril que tratar de adentrarse en la realidad material con criterios no materiales, propios de disciplinas filosóficas o teológicas. Al César, lo que es del César; a Dios, lo que es de Dios. En su intervención en Madrid para analizar el contenido de la encíclica Fides et Ratio, el cardenal Ratzinger aludía expresamente a la necesidad de recuperar un discurso sobre las verdades de las ciencias y sobre la verdad de la fe: "Naturalmente es difícil volver a dar carta de ciudadanía a la cuestión de la verdad en el debate público, debido al canon metodológico que se ha impuesto hoy como sello acreditativo de la cientificidad. Por eso, es necesario un debate fundamental sobre la esencia de la ciencia, sobre la verdad y el método, sobre el cometido de la filosofía y sus posibles caminos. El Papa no ha considerado que sea tarea suya tratar en la encíclica la cuestión, totalmente práctica, de si la verdad puede llegar a ser nuevamente científica y cómo. Pero muestra por qué nosotros debemos acometer esta tarea. No quería realizar él mismo la tarea de los filósofos, pero ha cumplido la tarea de la denuncia admonitoria que se opone a una tendencia autodestructiva de la cultura "en cuanto tal". Una reflexión serena - propia de hombres de buena voluntad - sobre estas cuestiones podría consistir en la aproximación a una sencilla interrogante. ¿Quién garantiza mejor la dignidad intrínseca del hombre-persona: una ciencia que ofrece un hombre-producto o una fe que presenta un hombre-criatura? Tengo para mí que no habría ninguna duda sobre la respuesta. Texto: Pablo Domínguez. |
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