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CRISTIANOS Y POLÍTICA
César Vidal
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Pongamos las cosas claras desde el principio. No creo en los partidos de carácter confesional. Posiblemente, su papel haya sido interesante en otras épocas y en otros lugares. En la España actual ha demostrado ser un camino seguro al desastre electoral en la generalidad del territorio de la nación y un camino inquietante hacia la descristianización de la sociedad en aquellas regiones donde gobiernan los nacionalistas. Por si esto fuera poco, aunque no creo en absoluto que las opciones políticas sean intercambiables o igualmente positivas, sí que sostengo la legitimidad de apoyar o sustentar una visión u otra. Un cristiano puede ser liberal o socialista, conservador o socialdemócrata, partidario del déficit cero o del endeudamiento creciente del estado, defensor de la bajada de impuestos o del incremento de la presión fiscal. ¿Significa esto que los cristianos no tienen nada específico que decir en el turbulento terreno de la política? No, todo lo contrario y permítaseme poner algunos ejemplos. En la actualidad, en el parlamento británico los diputados cristianos -que lo mismo son reformados que católicos, anglicanos que "dissenters" como era la señora Thatcher- se reunen periódicamente para comentar los asuntos importantes, para intentar verlos bajo una perspectiva cercana e incluso para orar semanalmente buscando la dirección de Dios. Ninguno de ellos pretende traicionar a su partido o a sus electores ni tampoco promocionarse sobre la base de la identidad de criterios de muchos de sus adversarios políticos. Lo que buscan realmente es arrojar luz sobre un mundo tan entenebrecido como el de la brega política. Algo similar -y posiblemente más importante- sucede en el parlamento europeo. Por encima de su filiación -populares, socialistas, liberales, etc.- los diputados cristianos (protestantes, católicos y ortodoxos) mantienen un contacto periódico con la finalidad de formar frente común en cuestiones como el aborto, la eutanasia, los experimentos genéticos o la lucha contra la esclavitud por citar sólo cuatro ejemplos significativos. Personalmente, creo que en ese tipo de participación en la vida política e incluso la considero indispensable. Es una participación que no se limita a votar a su tiempo ni a tener un carnet de partido sino que incluye ser fiel a unos principios en los que se cree por encima de cualquier formación política y que pueden llevar, como sucedió con el socialista Paco Vázquez, a abstenerse o a votar en contra de una propuesta de ampliación de los supuestos de aborto. Se trata de una militancia que se sabe sobre todo sustentada en principios morales que, en primer lugar, pretenden el bien de la sociedad y que por ello no negociará con la vida de los no-natos o con el derecho a la vida para crear mayorías parlamentarias ni tampoco en un momento dado aprobará la adopción de niños por parejas homosexuales para intentar buscar la simpatía de los sectores progres de la sociedad. Una actitud así puede ser verdaderamente sal y luz- por usar dos imágenes utilizadas por Jesús en el Sermón del monte -en una sociedad que se debate en el océano del relativismo moral y que ya está recogiendo una cosecha de frutos amargos que van del rebrote de enfermedades venéreas al alcoholismo entre adolescentes, del desplome del sistema educativo al incremento del número anual de abortos, del acoso a la institución familiar a la negación del papel esencial del cristianismo en la cultura occidental. Una actitud así es ahora -en el proceso de construcción de una nueva Europa- más necesaria que nunca.
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