Número 36, enero 2003


LA COSA RELIGIOSA Y LA CONSTITUCIÓN EUROPEA

Estos días se habla mucho de que si la Constitución Europea debiera o no hacer alusión al hecho religioso, a las raíces cristianas de Europa, etc., que de ser así la cosa podría oler a confesionalismo de antaño, a nacionalcatolicismo rancio y por ahí. Vaya por delante que Calibán opina que tanto la Constitución como las instituciones europeas tienen que ser de naturaleza aconfesional, tan evidente como que inauguramos año. Nada de aquella Ley de Sucesión de la Jefatura del Estado del año 1947 en España, según la cual, nuestro país era una "estado católico, social y representativo". ¡Ni en pintura! Pero esta condición aconfesional no puede confundirse con la falta de reconocimiento de una realidad social absolutamente esencial, y es que el hecho cristiano ha configurado un tipo de ser humano tan original, novedoso y fundante para nuestra civilización que sería una irresponsabilidad obviarlo. La fe cristiana no ha sido una cosa privada a la que se han adherido un grupito de beatorras para entretenerse los domingos por la tarde, sino una serie de principios que se han calzado una dimensión colectiva. Vamos a echar un vistazo al ser humano y a ver los kilos que ha ganado desde la novedosa perspectiva cristiana.

La dignidad de la persona ha ganado en profundidad desde el hecho cristiano, ya que se considera a cada ser humano como una realidad sagrada desde el primerísimo instante de su concepción hasta el ultimísimo aliento. No es que el cristianismo sea una ideología de cruzada con una especie de programa que afecta más o menos al hombre, sino que nace con la pretensión de ser su mismo esqueleto. Por eso, un cristiano se toma en serio al ser humano como nadie, y exige a los poderes públicos una misión coherente de servicio al bien común, garantizando y respetando los derechos fundamentales de la persona, protegiendo, por ejemplo, al embrión y evitando las manipulaciones genéticas contrarias a su dignidad. Quizá un elemento cardinal del hecho cristiano en la historia europea haya sido la trascendental recuperación de todo lo que aparenta ser débil. Recordemos que era el gran reproche que Nietzsche largaba a los cristianos: "buah, una religión de débiles", decía. El filósofo, que enloqueció y murió abrazado al cuello de un caballo, nunca entendió que una perspectiva verdaderamente humana que no acoja la debilidad desde su raíz no puede progresar jamás: los enfermos, los niños, los ancianos, los países en vías de desarrollo, lo que no cuenta... todo ello es una materia prima valiosísima, susceptible de dignidad y transformación. De ahí que la Iglesia siempre cuente entre sus miembros con gente que se ha partido en dos por salvar a los que no tienen voz y hable del advenimiento de la paz en los países en conflicto siempre y cuando anide la justicia.

Más cosas. La solidaridad es una realidad que se entiende en plenitud desde la concepción cristiana, porque conduce las relaciones humanas hasta el extremo de la fraternidad. En este sentido, las propuestas cristianas siempre tienden a ese cambio de paradigma tan necesario en las relaciones internacionales, negando el capitalismo salvaje, que lo tiñe todo de discriminación, y promoviendo políticas de desarrollo sostenible. Por eso, tiene razón el húngaro George Soros cuando dice que EEUU debería dirigir la lucha contra la pobreza, la ignorancia y la represión con la misma urgencia, determinación y compromiso que la guerra contra el terrorismo. En cuanto a la familia y los hijos, el cristianismo supuso desde sus orígenes un giro copernicano con relación a las antiguas tradiciones. Si en Esparta muchas de las criaturas que nacían eran arrojadas sin más al vacío, y en Roma la institución del Pater familias suponía una discriminación manifiesta de los hijos y la mujer (ya que el sometimiento era rigurosísimo), con el advenimiento del cristianismo cada hijo se consideraba sagrado y la igualdad entre los miembros de la familia era manifiesta. La igualdad, en cuanto a que todo ser humano gozaba de la misma dignidad, era moneda tan de curso legal que se llegaba a considerar normal que se nombrara Papa a un siervo romano y que tuviera autoridad sobre aquél que había sido su propio amo.

Por ello, parece que lo más coherente es que la formulación de la cosa religiosa en la nueva Constitución venga por la asunción del hecho religioso en general, y del hecho cristiano en particular dentro de un contexto plural. ¿No?