Número 36, enero 2003

Le preguntó un periodista a Valle-Inclán:

- ¿Podía usted indicarme qué le parece eso de la inhibición de los intelectuales en política? ¿Cree que deben inhibirse?

- "¡Hombre! Es como si me pregunta usted que si creo que los zapateros o los rubios deben mezclarse en política... ¿por qué no van a intervenir? ¿Es que los intelectuales no son ciudadanos como los demás?"

Nada más lejos de mi intención que comenzar con una burla sin tregua sobre si los políticos son actores que muestran un personaje sólo real en "la escena" o "cómo interpretan", etc. Por varios motivos; el primero porque no puedo evitar aborrecer esa manía del ciudadano de tachar de teatrero, con desprecio, por supuesto, todo lo que le resulta falso o artificial. Ese símil directo entre lo falso y el teatro, entre actor y mentiroso, que continuamente se hace en la vida real. Es algo que me subleva. La mentira, la falsedad, es condición humana y no precisamente una cualidad del teatro. En segundo lugar, porque de la misma manera que me resulta superficial y arbitrario lo anterior, lo mismo me sucede con esa insistente fama de que todos los políticos mienten, que todos lo políticos son falsos. La administración, la política, el poder, el convencimiento, no son sencillos, ni siempre se hacen bien, pero de ahí a que todo lo político es engaño, hay un gran paso.

La política, es incuestionablemente escénica. Tiene una parte fundamental de diálogo público, de escenario. Por lo que, lógicamente, utiliza en su desarrollo elementos escénicos, como el teatro.

El discurso: En la política, lo más importante son los contenidos del discurso, pero también éste se encuentra sometido a las reglas de lo escénico. Para el político, es fundamental dominar la oralidad, para que el mensaje resulte directo y eficaz. En el lenguaje no sólo existe el significado gramatical y semántico de las palabras, el tono y la intención son tanto o más importantes. En este caso, tanto el político como el actor, utilizan la voz, la entonación y la interpretación para que su mensaje llegue a un interlocutor múltiple. No es un diálogo, es el mensaje de uno a muchos. La gran diferencia es que el actor interpreta a un personaje, y el político representa a un grupo ideológico, entre el que él y sus opiniones están incluidos.

Los elementos escénicos: Desde la antigüedad en la política se han empleado elementos escénicos. Ese es el caso de la bandera, que es un elemento gráfico que se emplea como insignia de una nación. Los himnos nacionales y la música de propaganda de los diferentes partidos políticos realizan su función para la ambientación escénica. Y por supuesto, el escenario, es un elemento fundamental en la política.

Todos los políticos, conocen, en definitiva, el pánico escénico, como el actor.

TEATRO Y ARGUMENTOS POLÍTICOS

Un mensaje para los políticos escrito entre líneas, una pregunta a quien corresponda. No hay mejor lugar que un escenario, no hay mejor vehículo que una obra de teatro para tocar el corazón y la razón de un pueblo.

A lo largo de la historia, y sobre todo en las sociedades donde el teatro ha tenido un gran peso, y cuando la expresión ideológica no ha resultado sencilla; el teatro ha jugado un papel fundamental para la denuncia de injusticias sociales, de abusos de poder político, etc.

Dijo Federico García Lorca, "el teatro hay que escribirlo desde el pueblo y para el pueblo". Y es que son célebres las denuncias de Lope de Vega en obras como Fuenteovejuna; aún hoy, se sigue empleando la frase más famosa: "Fuenteovejuna, todos a una"; cuando un pueblo se levanta entero frente al poder político que les rige y que es claramente injusto. Victor Hugo con Los miserables, Buero Vallejo en obras maestras como Historia de una escalera, Brecht con Madre Coraje, etc., son distintos estilos de denuncia social, de la descripción de un pueblo en un momento político, en un momento histórico.

Podríamos mencionar miles de ejemplos donde el teatro trata sobre política. Bonito tema para una tertulia literaria en extinción o para una tesis doctoral. Sin embargo, hay un punto que me interesa más, y es el de la libertad política del teatro. Las subvenciones para el teatro, escasas en nuestro país, resultan un filtro político fundamental. Hoy por hoy no existe la censura como tal pero, ¿es la subvención y lo políticamente correcto un tipo de censura, al igual que la ilegalidad de personas en los países "desarrollados" es la esclavitud actual? Curioso resulta al menos, que los cargos de dirección de teatros importantes, de las consejerías de cultura sean tan sumamente políticos. Es una pregunta para quien corresponda. Flaco favor se hace al teatro y al arte con la politización de su esencia. Y los homenajes y "redescubrimientos" de autores etiquetados de un bando u otro no deja de ser una vergüenza y una pesadez. Claro que cada uno tendría sus ideas políticas, como los rubios o los zapateros, pero de ahí a convertirlos en bandera o pasquín, va un mundo. El elegido suele estar muerto para no poder defenderse, y uno se pregunta por quétodavía no hablan los muertos. Le tocó su triste turno reivindicativo a Lorca, ahora a Jardiel. ¡Ay!, si los muertos hablaran dirían: "ni os habéis enterado ni os enteráis de nada".

Texto: Paloma Merino



Uno de los políticos con mayor carisma de la historia de España fue Antonio Maura, hombre de gran corpulencia, llevaba los amplios pantalones con tirantes. Durante una de sus oratorias los tirantes se resbalaron haciendo que los pantalones cayeran hasta sus tobillos. Todo el congreso en pleno, comenzó a reírse. Antonio Maura se agachó, y con muchas tablas, se puso los pantalones. Continuó: "Una vez puestas las cosas en su sitio..."