Número 36, enero 2003

El cine no iba a ser menos. Desde que el arte es arte y el poder es poder, ambos han coqueteado en un interminable juego de amistades peligrosas, en el que es imposible determinar quién es el esclavo de quién. Por un lado, la política se ha servido del mejor medio de comunicación jamás inventado, y por el otro, el cine ha podido desarrollarse con el dinero que al poder no le cuesta gastar cuando se trata de convencer.

Los experimentos de Eisenstein en El acorazado Potemkin, definiendo la edición como parte esencial del lenguaje cinematográfico, en una cinta totalmente financiada por la entonces recién nacida Unión Soviética, que por aquel entonces, 1925, necesitaba darse a conocer, abrió un nuevo horizonte a los creadores que estaban por llegar.

Años después, Adolf Hitler vio en el cine el vehículo más rápido para extender sus teorías nacionalsocialistas, y no reparó en gastos para que Leni Riefensthal rodara kilómetros de celuloide, no sin antes hacerse fabricar ópticas que hasta entonces parecían imposibles, y poder juguetear con atrevidas posiciones de cámara sabiéndose siempre cubierta por un despliegue de medios en el que no faltaría una toma correcta en el documental sobre la Olimpiadas de Berlín de 1936, exaltación del superhombre y la supremacía de la raza aria.

Por su lado, Mussolini, prefirió levantar Cinecitta, y poder maquillar con teléfonos blancos, símbolo del lujo más absoluto, una realidad italiana tan miserable que no podía ser fotografiada sino era reconstruida en unos estudios, que hoy en día son la joya de la industria cinematográfica europea.

En España, Franco dio rienda suelta a sus fantasías sobre "la cruzada" que había liberado a la patria, y las grandezas del nuevo orden que reinaban desde el final de la Guerra Civil, con la película Raza, escrita por él mismo bajo el seudónimo de Jaime de Andrade y que no era más que un instrumento político como lo habían sido el de sus predecesores.

Estos son sólo algunos ejemplos de la intromisión política en la más internacional de las artes, que independientemente de su significado ideológico, alguna de estas obras han dejado una huella indispensable para entender el cine que ha llegado hasta nosotros. Lo preocupante es que la política siga influyendo de forma determinante en la creación de películas, y en Europa se siga arrastrando la tradición de subvencionar el cine del mismo modo que se subvenciona a la agricultura o a la pesca, y en lugar de invertir ese dinero en el desarrollo de una industria que a muy corto plazo daría enormes beneficios, se siguen invirtiendo recursos del Estado en producir películas a unos cuantos, aplicando unos dudosos criterios de calidad que habitualmente no se corresponden con los resultados finales en la pantalla. De este modo, es imposible competir con el poderoso entramado industrial norteamericano, que hace de su cine una de las mayores fuentes de riqueza para las arcas de su hacienda, siendo uno de sus productos más exportados, y no un agujero sin fondo y un lastre en sus presupuestos nacionales. Así, en Europa, el círculo nunca se abre, y el cine sigue siendo rehén de la política de turno, sea cual sea su color.

José Cabanach