Hay un viejo dicho entre cinéfilos que bromea, así, en bruto, sin ninguna finura intelectual, con el siguiente asunto: si el cine fuera un buen negocio, lo harían los políticos. Todo está mal planteado en esa frase: sabemos que el cine, en muchos casos, es un grandísimo negocio, y sabemos también que algunos personajes del cine han llegado a la cima de la política (el ejemplo más clar
o y más tonto es el de Ronald Reagan, pero los hay quizá no tan claros pero igual de tontos)... Tal vez se quería decir: si el cine malo y barato fuera un grandísimo negocio, ese negocio estaría controlado por políticos... Pero, entonces, ya no sería un viejo dicho, sino la mera realidad del noventa por ciento (soy optimista) de todo el cine que se hace, se vende y se consume en el planeta. Veremos de aproximarnos a este problema del cine y la política mediante la construcción de un silogismo (la última vez que lo intenté, olía a quemado): si los Estados Unidos es la primera potencia del mundo, por no decir el imperio..., y si el cine y sus derivados es la primera potencia, por no decir el imperio, de los Estados Unidos..., habrá que deducir entonces que el gran negocio de los políticos estadounidenses es inocularnos por vía visual (y otras vías no tan inocuas) todo su cine, especialmente el ramplón. Su peor cine es su mejor arma, pero mejor es que nos bombardeen con eso y no con cualquier otro de sus excedentes. Y ésa es, sin entrar en menudo, la gran relación de la política con el cine. En cambio, el cine le ha dedicado a la política algunas de sus mejores películas, como la que hizo Robert Rossen, El político, con un Broderick Crawford revelador de lo que es el poder y sus pústulas; o la que hizo John Ford, El último hurra, con un Spencer Tracy crepuscular y desolador, o la que hizo, ya más próxima, Alan J. Pakula, Todos los hombres del presidente, sobre cómo remover en el vaso de la historia una píldora llamada Watergate. Estos son ejemplos de la relación entre el cine y la política; aunque luego, los demás tenemos cierta tendencia a confundir los términos: cine político con cine ideológico (el que hacen, además de los políticos en el poder, directores como Costa Gavras, John Sayles, Marco Bellocchio, Fernando León de Aranoa, Adolfo Aristaráin o Ken Loach). Incluso, entre este cine ideológico a veces es complicadísimo desgajarlo de lo que es, sólo, cine pura y sutilmente propagandístico: en el caso de Ken Loach, por ejemplo, la segunda parte de La canción de Carla o el pequeño, impresionante, efectivo y efectista (además de justo y justificado) episodio firmado por él en 11 de septiembre.