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César Vidal
En lo tocante a la esclavitud se mantuvo abolicionista por principio en circunstancias en las que lo políticamente correcto era la aceptación de aquella situación que llevaron a cabo los ingleses en el último cuarto del siglo XVII, al ver que el cultivo de tabaco exigía una mano de obra abundante. Allí se pusieron los colonos, a importar esclavos africanos. Con tal precedente, en enero de 1837 se aprobaron unas resoluciones en las que se afirmaba que la convicción abolicionista era de por sí una amenaza o un peligro. Pues ya Lincoln, que tenía 28 añitos, fue uno de los contadísimos políticos que votaron en contra de las resoluciones. Eso, un hombre de principios. Cuando oímos a Bush aquello de Dios bendiga a América, sabemos que en sus labios suena a coletilla falaz, porque la fe le sirve como herramienta de unidad nacional, como ya hicieran Napoleón o Constantino. Sin embargo, en Lincoln el asunto religioso era el bread and butter de su orden del día. "Díganle - habla de su padre moribundo - que se acuerde de volver los ojos y de confiar en nuestro Hacedor, que es grande, bueno y misericordioso y que no lo abandonará en ninguna situación, por difícil que sea. Se entera de la caída de un gorrión y conoce los cabellos que tenemos en la cabeza". Y cuando se buscan soluciones para salvar la secesión del país, hubo políticos frívolos que plantearon la necesidad de aglutinar a la nación en torno a un objetivo común, como provocar una guerra con algún país extranjero. Una irresponsabilidad que distaba enormemente de los planteamientos de Lincoln. La biografía es espléndida se mire por donde se mire. Además, viene acompañada de un análisis, incorrectísimo políticamente hablando, de La cabaña del tío Tom y una sucinta cata histórica a los orígenes del Ku Klux Klan. Dora Rivas |