Número 36, enero 2003

Joseph E. Stiglitz
Editorial Taurus

    El autor de este tratado sobre lo que le está pasando a nuestro mundo no tiene pelos en la lengua. No hace falta entender una pasada de economía para hacerse con este ensayo de trescientas y pico páginas. Stiglitz te lo pone fácil, porque es preciso, va al grano. Explica magníficamente el origen del FMI y del Banco Mundial, como parte del esfuerzo por reconstruir Europa tras los horrores de la gran guerra y para evitar el coladero de nuevas depresiones económicas. Pero ambas instituciones se han creído en la actualidad con patente de corso para dictar todo un paradigma de actuación económica que se basa exclusivamente en la voluntad colectiva de los gobiernos del G-7, ese grupo de los más grandes entre los grandes (los más industrializados, vamos), que plantean una veneración-sacralización absoluta del libre mercado. Además de servir a tan grandes señores, el FMI y el BM sirven también a su manera de plantear la economía y a sus propios intereses comerciales. Lo bueno de Stiglitz es que te pone muchos ejemplos, y no sacados al voleo de la demagogia, ya que fue el mismísimo vicepresidente del banco Mundial. Cuenta que en la Etiopía que estaba saliendo adelante después de la calamitosa dictadura de Mengistu, el FMI le obligó a que pasara por el aro de determinados compromisos económicos, sin embargo, el gobierno de Meles Zenawi había planteado una estrategia lenta de desarrollo rural, centrada en los más pobres, lenta pero segura. Y a pesar de los logros propios, el FMI suspendió su programa de ayudas. Si es que el FMI tiene obsesiones, por ejemplo, que las privatizaciones de los países en vías de desarrollo se hagan a la velocidad del AVE, y así los que privatizan del comunismo al mercado de formas más rápida reciben mejores clasificaciones. Madre mía. ¿Cuándo se darán cuenta estas macro instituciones que el paradigma de la verdadera globalización sólo puede ser el del desarrollo sostenible, y no el impuesto por los intereses comerciales de los poderosos?

Rubén Darío
Editorial Plaza y Janés

    El que aún no se ha metido de bruces en la obra del gran poeta nicaragüense es que no conoce la música que duerme en brazos de la poesía, la belleza de los mejores versos y la pasión de un hombre que gustó de casi todo para sacar a las palabras el alma por la boca. En esta brevísima antología realizada por Cristina Peri Rossi encontramos un buen acicate para comprarse Azul o Prosas profanas. Los versos de Rubén andan siempre envueltos en un manto de exigencia al lector por no quedarse con lo banal de la vida, con su ganga. "Escucha la retórica divina del pájaro del aire y la nocturna irradiación geométrica adivina - dice en sus Prosas profanas - ; mata la indiferencia taciturna, y engarza perla y perla cristalina en donde la verdad vuelca su urna". Sólo la verdad vuelca su urna en la exigencia, en las perlas, no en el oropel, "corta la flor al paso, deja la dura espina".

    Rubén hizo de todo en la vida, se vistió de periodista, cónsul, fundador de revistas culturales y borracho de penas inconfesables. Anduvo atento a aunar las fuerzas de Iberoamérica y España porque se sentía español de América y americano de España, jamás extraño en ninguna de sus orillas. Decía de sí mismo que era "pagano por amor a la vida y cristiano por temor a la muerte". Sí, la muerte lo torturaba, como un chacal que le rondaba desde su más tierna infancia, "¿no oyes caer las gotas de mi melancolía?". Pero amaba la vida con ojos de niño, con ojos de enamorado, "saluda al sol araña, no seas rencorosa. Da gracias a Dios, oh sapo, pues que eres", y en la vida siempre apuntaba a lo más alto, por eso sus últimos versos, los aparentemente más físicos, eran disfraz de metafísica.