Número 36, enero 2003


Todos los años, el premio Turner al mejor artista del año suscita las más enconadas críticas, expectación, ruido informativo, gente guapa, gente de pelas (qué mal suena ya lo de pelas). Este año la nota inteligente la ha puesto el mismísimo ministro inglés de Cultura, Kim Howells, al definir como "mierda conceptual" la obra de los cuatros seleccionados de la presente edición. Hoy nadie se atreve a plantarle cara a la mediocridad y a un arte que lleva el nombre de prestado. Los que manejan el cotarro de lo que se lleva y de lo que no, de lo que se vende y de lo que no, nos dicen que todavía tenemos una idea añeja de arte, decimonónica, conservadora, y que el arte se ha convertido en algo acelerado que hay que degustar. Yo creo que la fractura de conexión entre el gran público y ese arte contemporáneo acelerado no radica en que la gente no conozca el nuevo idioma, sino que en nuestros días vivimos tiempos de incertidumbre sobre quiénes somos, de filosofías huecas como árboles heridos por el rayo, de inapetencias por pasiones que merezcan verdaderamente la pena, y el arte se resiente de tanta angostura, por eso usa de sus mimbres para quedarse en divertimentos y jugueteos conceptuales. Como dice Francisco Umbral de ese Borges de verborrea inimitable pero que tras sus fachada de gran fabulador sólo había un crío juguetón que le traían al pairo las grandes cuestiones de la Humanidad, que para él sólo eran "un pasatiempo no mucho más conflictivo que el ajedrez". Y eso mismo le está pasando al arte, en la más anchurosa de sus definiciones. Echemos un vistazo atrás, pero no muy atrás. En Cezanne, el maestro de los maestros, había otra cosa. En él lo sólido y lo fluido andaban siempre en equilibrio porque el artista creía que había un orden en la naturaleza y, según sus propias palabras, una "amistad entre todas las cosas", una armonía profunda, una belleza interior. Por eso decía de sí mismo que era "el hombre primitivo de un nuevo arte". Para ser verdaderamente innovador no hay que buscar la provocación primera sino la verdad inalterable de las cosas dicha de manera novedosísima.