Número 36, enero 2003

Si se quiere hablar de política y, por tanto, de la idea de Poder, resulta imprescindible comenzar por la distinción que Aristóteles estableciera en su tratado de Política entre un dominio despótico o servil y otro político. Es servil cuando el poder o dominio se ejerce en interés de quien lo posee; es político, en cambio, cuando el poder es ejercido en beneficio de los gobernados. Respecto de la primera forma de poder, la servil o despótica, asegura Aristóteles que "no tiene nada de grande ni de venerable". En sentido contrario, la forma política del poder, es decir, aquella que se dirige a hombres libres y procurando su bien, resulta ser una de las más nobles entre las actividades humanas. Para Aristóteles, cuando la acción política no se entiende en clave de servicio a un bien común, dicha acción queda despojada automáticamente de dicha naturaleza, se transforma o corrompe en otra cosa de naturaleza ya no política, y que no es otra que el despotismo. El despotismo consistiría en una forma de poder esencialmente antipolítico. Así, pues, las ideas de política y servicio se implican, lo que supone afirmar que la política tiene un carácter "ministerial" para quien ejerce la acción política. El político es un "minister", palabra que, si nos fijamos, deriva del latín "minus", menor, lo que da a entender su intrínseca vocación de servicio y de "delegación" que acompaña a esta vocación. Todo político resulta ser así un delegado de algo o alguien mayor que él, de un "magister", del latín "magis", más, y de quien deriva su poder. El magister o maestro es quien se halla investido de autoridad. Y he aquí otra categoría clave para poder entender la vocación política como una vocación de servicio: la distinción entre poder y autoridad, entre auctoritas y potestas.

Autoridad viene de actor, en latín auctor, que a su vez deriva del verbo augeo que significa acrecentar, aumentar o dar vigor. Autor es quien introduce una novedad, quien da inicio a algo que no existía y que con él ha empezado a ser. Las cosas son porque alguien las ha introducido o generado y las hace crecer, es decir, porque poseen un autor. Quien posee la condición de origen o principio, ese posee la autoridad. Pero la expresión humana más próxima a la idea de generación y principio es la de paternidad. Quien es padre resulta ser, para con sus hijos, la máxima autoridad. Por eso, realmente, ser padre es a lo máximo que se puede aspirar en la vida, por la sencilla razón de que implica la máxima autoridad. Así pues, todo poder requiere de una autoridad, de algo o alguien que le dé una razón de principio. Pero también porque sólo cuando el poder va acompañado de autoridad resulta ser una acción eficaz en orden a procurar el incremento de bien en aquellos a quienes se dirige. "La autoridad implica una obediencia - ha observado Hanna Arendt - en la que los hombres conservan su libertad". El poder puede imponerse, mas sólo la autoridad sabe hacerse obedecer. En efecto, el poder supone la posibilidad de que quien no atiende a razones sea constreñido a hacer o a no hacer algo. Pero esto no es obediencia. Obediencia deriva de ob-audiencia y, por tanto, de oír. Obedece quien oye las razones que otro, con autoridad, le da y las hace suyas como principio de su acción.

Esta primacía de la autoridad sobre el poder no significa que la autoridad no necesite de éste. Porque, ¿qué sucede si quien debiera obedecer no lo hace, si se niega a hacerlo? En estos casos es necesario el poder. El poder completa y llega allí donde la sola autoridad no basta, concediendo a la acción, que nace de la autoridad, la garantía de su eficacia. Sucede, sin embargo, que esta posibilidad de imposición que el poder entraña no ha de confundirse tampoco con la idea de fuerza, error extraordinariamente frecuente. El poder no es fuerza. Cuanto más poder ostenta alguien menor uso de la fuerza requiere para imponer una conducta; y al contrario, cuanto menos poder más requerirá del uso de la fuerza para imponerse. Un uso generalizado de la fuerza lo único que pone de manifiesto es un poder muy débil. Hanna Arendt ha propuesto una imagen muy clarificadora de la diferencia entre poder y fuerza: es poder cuando son muchos contra uno; y fuerza, cuando es uno contra muchos. Cuanto más poder menos "forzadas" serán las cosas, y viceversa.

 Pero el ejercicio del poder cuando no es acompañado de autoridad siempre acaba por ser algo forzado y en última instancia violento. Veámoslo en un ejemplo. Imaginemos un profesor de quien sus alumnos han empezado a sospechar que no sabe, que no domina la materia que explica, sospecha que no deja de crecer hasta convertirse en certeza con el paso del tiempo. No resulta difícil de imaginar el clima de tensión que se irá generando en la clase en la misma medida que el profesor quiera imponer su docencia sobre un auditorio que hace tiempo que ha comprendido que dicho profesor no puede enseñarle nada, que no puede incrementar su saber y que, estar en la clase, callados y tomando apuntes es, cuanto menos, una terrible pérdida de tiempo. Será una cuestión de tiempo que la situación estalle. Porque la autoridad implica igualmente un saber, un saber socialmente reconocido en la definición de Alvaro D'Ors. Así es, porque lo primero que cabe pedir a quien quiera actuar, o mandar es que sepa, porque sin saber no hay posibilidad de acción. El padre conserva la autoridad sobre el hijo en la medida que ostenta una anterioridad ontológica que se traduce en capacidad explicativa de la vida. Cuando el padre no es ya capaz de desvelar al hijo el significado y valor de las cosas, el sentido del mundo en el que se halla, el hijo dejará de oír a su padre e irá en busca de una nueva autoridad a quien prestar oído. Pero llegados a este punto conviene ir recapitulando nuestras breves reflexiones sobre la política y el ejercicio del poder como vocación de servicio.

 Señalábamos al principio como la verdadera idea de la política suponía un carácter "ministerial", de servicio por parte de quienes se hallan investidos de poder respecto de aquellos a quienes se dirige su acción de gobierno, de cómo la acción para poseer una naturaleza política debía tomar como finalidad el bien humano. Pero, ¿dónde hallar este bien humano? ¿En quéconsiste? Preguntas a las que el simple Poder no puede contestar sin el auxilio de una Autoridad. Porque todo ejercicio de poder está presuponiendo una idea del hombre, de la cuál toma su finalidad. Observa Tomás de Aquino a este respecto que, si el fin del hombre fuese la salud corporal el oficio de Gobernar consistiría en proporcionar medicamentos y en atender a los enfermos; pero si el fin consistiese en el incremento de riquezas la función del Gobernante sería la del economista, o si, finalmente, fuese la educación, el Gobierno consistiría en la escolarización de los ciudadanos. Estos fines no tienen porque ser alternativos entre ellos y bien pudieran darse los tres al mismo tiempo. Y si nos fijamos en el moderno Estado de Bienestar caeremos en la cuenta que todo él gira entorno a la satisfacción de estos tres tipos de bienes. Pero conviene caer también en la cuenta de que una acción política así entendida está presuponiendo un hombre cuya finalidad es inmanente a él mismo, es decir, que no se ordena a algo otro que lo transcienda. La autoridad que un Poder político así entendido necesita se halla en el hombre mismo y en su capacidad de eficacia a la hora de prestar tales servicios. Pero si la finalidad del hombre no consistiese en la mera conservación de la vida, sino que tuviese un fin más alto y transcendente, un fin "divino", el Poder político se tendría que ordenar al logro y satisfacción de dicho bien, sería algo que no podría obviar y sin embargo, un fin así, escaparía a su propia capacidad de poder, requeriría de una Autoridad mayor y más alta, de una Autoridad que como origen radical de lo humano ostentase al mismo tiempo la condición de último fin. Desde esta perspectiva el mejor servicio que el Poder político podría prestar a una sociedad consistiría en el reconocimiento de su "límite", de su incapacidad para poder cumplir la vida del hombre, consciente de su carácter ministerial y delegado respecto de Aquél a quien le compete ser Autoridad en exclusiva cuando del fin último del hombre se trata.

Texto: Elio Gallego