Número 37, febrero 2003

Soy una venezolana madre de dos niños. Vivimos bajo un demagogo que pretende una masa homogénea, dúctil, simple y fácilmente excitable, por lo tanto manejable para lograr sus fines. Me siento impotente viendo cómo destruyen a mi país por querer vivir en democracia. Sin poderlo creer todavía, Caracas tiene una guerrilla urbana, que con la venia del gobierno atemoriza a los ciudadanos. Las fuerzas armadas tristemente ya no son nuestras, no son imparciales, ahora están para sacar adelante una revolución, no para defender la democracia ni las instituciones. El Ejército, en vez de combatir el contrabando, colapsar las acciones de la guerrilla o cuidar de nuestras fronteras, ataca a un pueblo de compatriotas desarmados, que con cacerolas vacías reclama democracia y libertad. Esa guerrilla está a favor del gobierno y protesta porque hay oposición.¿Y es que acaso no es normal que en democracia haya oposición?, ¿que todos opinemos como bien nos parezca y no tengamos que sufrir por eso atropellos? El propio presidente, si no le gusta la decisión de un juez o del tribunal supremo de justicia, se atreve a amenazar a las instituciones. ¿Es que su mandato esta por encima de las leyes? ¿Puede un presidente pedirle a un país que "no importa que no se tenga qué comer, no importa que no tengan con qué vestirse, lo que importa es defender la revolución"? Y encima dice que esos son los sacrificios de la revolución, ¡precisamente en un país donde los ingresos por petróleo, por las industrias del hierro y del aluminio son inmensos! Sólo con trabajo, educación y principios morales se construye y se mantiene un país, pero no sembrando desunión, odios y rencores. Definitivamente, esa "revolución de los pobres", como el presidente Chávez la denomina, nos esta haciendo a todos verdaderamente pobres.

Adriana Cárdenas de Azpúrua (Caracas)


El otro día comentaba el escritor Günter Grass en un periódico que la culpa de la situación del Tercer Mundo la tienen los grandes del primero. Desde luego no ha tenido que deslomarse mucho para llegar a esa conclusión. Sin embargo, cuando se ponen ejemplos es cuando a la evidencia le vienen los datos. Palestina sufre en sus tripas porque los EEUU han puesto todo su interés en garantizar un territorio que geoestratégicamente les es imprescindible para evitar que Oriente se desmelene, de ahí su apoyo incondicional a la política reaccionaria de Israel. En Irak otro tanto, ahora los norteamericanos no se llevan con los socios de Arabia Saudí, de ahí que busquen en Irak un nuevo emplazamiento territorial para sus estrategias económico-políticas y, claro, sobra Sadam. Creo que los grandes problemas políticos son problemas de desconfianzas, porque nadie se fía de nadie, no hay verdaderos intereses por llegar a acuerdos, no existen las alianzas, tan sólo contratos parciales con fecha de caducidad a la vista. Pero, como se decía en el número anterior de Calibán, la política es una cuestión de servicio, y nadie se lo toma en serio.

Julián Barahona Ortíz